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Especial: Las mil caras del racismo: NO a la discriminación, NO al racismo
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Artículo
"Martha Hildebrant es lingüicista"
Nilia Vigil
Para Martha Hildebrandt el artículo de la constitución que reconoce que todas las lenguas habladas en el país son oficiales donde predominen está equivocado y es demagógico. “Se le da la misma importancia a lenguas que hablan quinientos hablantes perdidos por allí y eso es lo que está mal”, sostiene. Para Martha Hildebrandt el artículo de la constitución que reconoce que todas las lenguas habladas en el país son oficiales donde predominen está equivocado y es demagógico. “Se le da la misma importancia a lenguas que hablan quinientos hablantes perdidos por allí y eso es lo que está mal”, sostiene.
Resulta vergonzoso que una persona que se autocalifica de intelectual piense que las expresiones culturales son importantes en cuanto sean cuantitativamente elevadas.
De igual modo, no deja de sorprender que una congresista que se supone que debe velar por el cumplimiento de la constitución, sea la primera en desautorizarla y calificarla de demagógica.
El 6 de setiembre de este año (2007), la congresista Hildebrandt fue protagonista de las más tristes declaraciones sobre las lenguas indígenas y sobre su superioridad frente a la congresista Sumire: “cada uno en su sitio” dijo Hildebrandt, pisando una vez más la constitución que reconoce a los seres humanos como iguales y acercándose al pensamiento nazi que pregonaba la superioridad de los arios; con la diferencia de que en su discurso, el concepto de “superioridad de la raza aria” se ha reemplazado por “sitio de la clase intelectual.”
Las palabras de Hildebrandt fueron repudiables pero a excepción de un diario que las condenó, el resto de la prensa se limitó a informar el escándalo y a calificar de polémicas (sic) las declaraciones de la congresista. En más de un programa de televisión Hildebrandt fue entrevistada, se supone que para hacer un “mea culpa” pero lo que en verdad se hizo fue darle tribunas para hablar de la “inviabilidad de la ley.”
No puede dejar de extrañarnos que periodistas que se creen paladines de los derechos humanos no hayan dicho nada ante los comentarios lingüicistas de Hildebrandt. Sus ideas no expresan solo el sentir de una anciana decrépita, racista y admiradora de las dictaduras sino que encarnan el pensamiento de élites nacionales que siguen invisibilizando a los indígenas y considerándolos ciudadanos de segunda, sujetos sin derechos.
El argumento de quienes se oponen a la oficialización de las lenguas indígenas es que ello originará gastos. La cuestión económica se sobrepone al reconocimiento de un derecho. Este es el seudoargumento de las élites cuando de derechos de los excluidos se trata. Pensemos, por ejemplo, en lo que ocurre cuando se habla de las reparaciones a las víctimas del conflicto armado interno: “no puede haber reparaciones individuales”, se oye decir. Y es que indemnizar por cada uno de los asesinados terminará costando mucho. Y la vida de estas personas no vale nada, como dice la canción de Milanés.
No se pueden buscar razones para vulnerar los derechos humanos y resulta aberrante poner la cuestión económica como justificante para el desconocimiento de estos. El artículo 5 de la declaración universal sobre la diversidad cultural señala que los derechos culturales son parte integrante de los derechos humanos, que son universales, indisociables e interdependientes. Esa Declaración también subraya la importancia del respeto a la diversidad cultural y la obligación de los estados de protegerla.
La lengua es una de las expresiones culturales más “evidentes” y no puede menos que escandalizarnos el hecho de que haya personas que consideren que no todas las lenguas son iguales y que las que hablan unos pocos no tienen ninguna validez.
Hace unos años los talibanes destruyeron los budas de Bamiyan y eso fue calificado como un crimen cultural por parte del jefe de la UNESCO. Afirmar que las lenguas que las hablan pocas personas son inferiores a las que tienen más hablantes y que nada se debe hacer ante la situación vulnerable en la que se encuentran es ser autor de un aniquilamiento lingüístico. No condenar esos actos, nos convierte en cómplices de un crimen cultural.
Ninguna persona civilizada puede estar a favor de la limpieza étnica, pero de la “limpieza lingüística” se habla sin ningún pudor. Quizá sea porque no se ha tomado conciencia de lo que significa la lengua para una persona y para un pueblo. Hablar de derechos lingüísticos no es demagogia. Es reconocer “a nivel individual, que todo el mundo pueda tener una identificación positiva con su(s) lengua(s) materna(s), y que dicha identificación sea aceptada y respetada por otros, sin importar qué lengua o variedad se hable, o qué acento se tenga... [y], a nivel colectivo, el derecho de los grupos minoritarios a existir... y a usar y desarrollar su lengua... a establecer y mantener escuelas... También incluye contar con la garantía de ser representados en los asuntos políticos del Estado, y la concesión de autonomía para administrar asuntos internos del grupo... [y] los medios financieros... para cumplir con estas funciones (Skutnabb-Kangas, 1994: 7-8).
Un lingüista reconocido y respetado como Ken Hale observa que hay más preocupación por la extinción de animales que por la desaparición de las lenguas y cree que ello es porque la extinción de animales es una señal evidente de la destrucción de nuestro planeta, pero «aunque no veamos la extinción de una lengua, la muerte de una lengua y de una cultura es parte del deterioro general de nuestro mundo», nos dice Hale.
Espero que haya quedado claro que las lenguas no se mueren por “causas naturales” sino que son asesinadas. Las “limpiezas lingüísticas” se dan a partir de varias estrategias y es necesario alzar una voz de protesta y luchar para acabar con los lingüicidios. Esa no es una tarea que le competa solo a los hablantes de las lenguas minorizadas sino que es el deber moral de todo aquel que crea en los derechos humanos y en las sociedades democráticas.

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