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El Mero Macho De Miami De Jorge “Cucho” Sarmiento cucho_sar@yahoo.com
Cuento ganador del Premio Juan Rulfo 2003 La noche en que Chente fue arrestado por la policía de Miami, decidió aceptar su culpa por todos los delitos cometidos desde que entró al país. Por todos menos por uno. Que se había quedado a vivir de ilegal, lo aceptaba, que tuvo que pagar por un “social” chueco para ganarse la vida, lo aceptaba, que después se había casado con una boricua sólo para arreglar sus papeles, también lo aceptaba, pero de allí a que lo acusen de ser el violador de la Pequeña Habana eso no lo iba a aceptar, así lo colgasen de su gran orgullo mejicano. Sí, señor, porque esa es la verdadera razón por la que me acusan las señoritas aquí presentes, porque no quieren reconocer que fueron ellas las que deseaban estar conmigo, luego, lueguito, que descubrieron esa big cosa que llevo entre las piernas. Y no es que yo me esté alabando ni me crea el muy macho, señor policía, pero esa también es la razón por la que me escogieron para este trabajo, y si no me cree a las pruebas me remito. Y ¡Zaz, zaz! Con dos movimientos muy rápidos y profesionales, Chente aflojó su correa y abrió la bragueta de su pantalón, tratando de mostrar la contundente prueba de su alegato. Pero no pudo proseguir, porque, justo en ese momento, apareció la prensa en el lugar pidiendo que les dejen hacer unas tomas del rostro del inculpado, porque necesitaban hacerlo coincidir, de manera muy objetiva, con el retrato del violador que hace meses venía desatando el pánico entre las mujeres de Miami. Fue, entonces, que Chente se acordó de lo que le había dicho una adivina de su pueblo antes que él viajara a los Estados Unidos. Vete, Chentito, no seas tonto, este viaje va a cambiar tu vida entera, vas a ser famoso, mi'jito, fíjate que hasta vas a salir en la tele. ¡Pinche vieja! Con la prensa en la puerta de la casa donde habían capturado a Chente, la cosa se complicaba, no sólo para él sino para Filomeno, el policía cubano americano que lo atrapó con las manos en la masa, muchacho. El uniformado aún no había pedido los refuerzos de ley porque, sin ser viejo, era uno de esos policías a la antigua, de los que todavía creen en la mirada de la gente. Y, a decir verdad, este joven tendrá cara de pícaro pero no tiene malicia en el alma, qué va. Por eso es que tampoco lo había esposado, por ahora no, hasta cerciorarse que Chente era el tan mentado violador de la Calle Ocho. Y por eso tampoco entendía cómo la prensa ya estaba metiendo las narices en un asunto donde, precisamente, no había que seguir metiendo nada. Así que se puso firme y alargó, mejor dicho dilató, el tiempo lo más que pudo, para que le cuenten las cosas tal y como sucedieron, con la condición de que el detenido se suba la bragueta, porque en dicha casa aún estaban las testigos del hecho que, nuevamente, habían vuelto a suspirar sin disimulo. Entonces, los presentes volvieron a reconstruir la historia, ahora matizada con detalles que antes habían omitido por premura y por pudor. Lo cierto es que Chente había entrado a la casa con una pistola en la mano y con la cara cubierta con un pasamontañas, al más puro estilo zapatista, mismo comandante Marcos pero más light y con sabor tropical. En ese momento, había en el lugar siete suculentas jóvenes, gente muy decente por supuesto, que se habían reunido a celebrar la despedida de soltera de Carmelita, la novia más chula de Miami, qué duda cabe. A esas alturas de la fiesta, ellas ya iban por el quinto brindis y no habían dejado en pie ninguno de esos bocaditos que tenían forma de instrumento masculino, en todos sus sabores y tamaños, señor policía, por eso es que estaban preparadas para lo que venga. Para lo que venga, menos para la sorpresiva visita de aquel enmascarado. Tremendo susto que nos llevamos, caballero. Pero antes que ellas pudieran dar un grito, Chente ya las había obligado a cerrar la boca y a poner las manos arriba, a todas, excepto a la mujer que se encontraba en la cocina y, que de puro miedo, se escondió en la despensa de los comestibles. El resto alzó las manos arriba, contra la pared se ha dicho, de espaldas al bandido. Seis hermosos traseros, oiga, era la tentación más grande. Pero él debía terminar el trabajo que le habían encargado hacer. Se acercó a ellas y con la punta de su arma recorrió el contorno de sus cuerpos, y las muchachas empezaron a dudar entre llamar a la policía a o al del aire acondicionado, porque esa sensación de peligro, aunada a los respiros del salvaje, les estaba alborotando la cuchufleta. De pronto, una música de rock, lenta, sensual y viril, irrumpió en el ambiente y el comandante Marcos empezó a bailar y a moverse como Travolta en celo. Hizo girar a cada una de ellas, con la pericia de un bailador de merengue, contorsionó su cuerpo delante de sus víctimas y hasta las hizo que toqueteen su bien formada anatomía. Fue, entonces, que Rebeca, la prima de la novia y organizadora de la fiesta, se dio cuenta de lo que pasaba. ¡Pero si es el stripper que contraté, muchacha! Era la sorpresa que tenía para esa noche, y vaya que los había sorprendido, el muy crápula, qué manera de ingresar a la casa, bestia, salvaje, papito rico quítate la máscara. Y se la quitó, y era un bombón bronceado, para comérselo toditico. Claro que lo que vendría después iba a ser más sabroso, mi vida. Del miedo inicial, las jóvenes pasaron al relajo total, sobre todo cuando el zapatista se arrancó de un solo jalón la camisa y dejó que vean, aprecien y pellizquen su dibujado torso. El rock dio paso a un merengue sabrosón y Chente bailó para sus meneables y chillonas anfitrionas. Se tiró al suelo, dejó que acaricien sus músculos, amasó un poco a esas chulitas ricas, se subió sobre una mesa, se puso de espaldas a ellas, empezó a bajarse el pantalón, ante el chillido de las hembras, se dio vuelta, con la cara hacia ellas, y de un tiro echó al aire la última prenda. Entonces sucedió lo que sucedía en todas las presentaciones que él solía realizar, un gran ¡ohhh! se escuchó en el lugar, y todas las concurrentes se quedaron mirando el semejante atractivo del muchacho. Solamente, Patricia, la más recatada y la única señora del grupo, atinó a reaccionar con premura, alevosía y ventaja, oiga. Ella se dio cuenta que nunca más iba a tener la oportunidad de saludar a semejante monumento en persona, a esa cosa que, ahora lo descubría, era su verdadero sueño americano, aunque el bicho fuera más latino que un taco familiar, así que no lo pensó dos veces y se lanzó sobre el instrumento. Se agarró tan fuerte, que al stripper no le quedó más remedio que cargarla entre sus brazos y ponerla de jinete, mientras ella daba alaridos de pasión. Ese fue, justamente, el momento en que la señorita que se había escondido en la cocina salió a ver qué sucedía, y vio lo que no vio, e interpretó lo que sus malos pensamientos quisieron que interpretara, señor policía. Ciertamente, para molestia de las otras mujeres, que no tuvieron el tiempo ni la suerte de Patricia, la señorita de la cocina pensó que el asaltante no era tal, que tampoco era un secuestrador sino el peor enemigo que había asolado Miami, desde que pasó el último huracán. Era el violador, que había reaparecido luego de varias lunas, y ahora se estaba singando a cada una de sus amigas, a la pobrecita de Patricia, tan correcta ella y tan bien casada, y encima estaba obligando a que el resto viera cómo es que se hace aquella cochinada, que muy bien la sabía hacer aquel degenerado. Y así fue como sucedió lo que pasó, que dicha señorita gateó hasta el teléfono de la cocina y llamó al 911, y por eso es que llegó usted don Filomeno, perdón, señor policía, porque era el que más cerca rondaba estas calles, y esa es la verdad de las cosas y nada más que la mera verdad. Antes que terminaran de contar lo sucedido, la noticia ya había corrido por todo Miami, así como corre cualquier chisme en un barrio, en un callejón o en un solar de nuestros pueblos, porque, a fin de cuentas, Miami no es más que otra ciudad de Latinoamérica. Todos se habían enterado que el violador había vuelto a atacar, y esta vez ni la policía ni la prensa lo iban a dejar escapar, porque ya era casi un año que el braguetero se venía burlando de ellos. Antes que Filomeno decidiera qué iba a hacer con el stripper, apareció el periodista Pedro Romero dentro de la sala, acompañado de un camarógrafo de la cadena hispana más grande de todos los Estados Unidos of América. Se habían colado por atrás, para dar la primicia antes que la competencia, y cuando de primicia se trata no hay verdad más absoluta que la de la tele, eso todos lo sabemos. Por eso mismo le pedimos que no nos interrumpa, señor policía, porque nosotros estamos cumpliendo con nuestra misión, al igual que usted y las señoritas aquí presentes, que luego van a recibir los veinte mil dólares de recompensa por atrapar al degenerado. Todas ellas se miraron y empezaron a realizar cálculos para saber cuánto les iba a tocar a cada una luego de cobrar el dinero, porque en eso sí se diferencia Miami del resto de Latinoamérica, aquí hasta el aire tiene precio. Pero Filomeno dijo que no, y no señor, que los hechos ya se han aclarado y el caballero no es ningún violador ni nada, y se reafirmaba en su postura aunque tuviera que perder los dos mil quinientos dólares que le iba a tocar como parte de la recompensa. Un simple policía no puede discutir con el periodista más influyente de la comunidad hispana y también de la gringa, oiga, no por gusto me ha galardonado hasta en el congreso americano. Y sin mediar más explicaciones, Pedro Romero comenzó a grabar su reportaje: ¡Primicia, atrapamos al violador con las manos en la mera masa! Tenía que decir en la mera, porque todos sabemos que la mayoría de consumidores de la televisión hispana son mejicanos y, además, porque los dueños, que ahora son gringos, fíjese qué contradicción, han ordenado que se despida a todo aquel periodista, artista, modelo o extra que no sepa bailar con la música de los gruperos, o que no conozca a los Tigres del Norte, o que no tenga una estampita de la Virgen de Guadalupe en su billetera, ya lo saben. Y sigue grabando camarógrafo, pero bájale un poquito la resolución a la cámara porque la verdad es que este violador no se parece tanto al de los avisos. Cámara, grabando. Todo sucedió en una humilde vivienda de la Pequeña Habana, donde un grupo de valientes mujeres se enfrentó a este degenerado, para salvaguardar su honorabilidad y su intimidad, estás son las imágenes del violador más buscado de Miami, de esta lacra que tanto daño ha causado a nuestra sociedad. Con un gesto de fiscal, Pedro se acercó a Chente y le pidió que diga su nombre ante la cámara. Me llamo Chente, señor, y no soy lacra, soy mejicano, del mero Tamaulipas, para que lo sepa, Chente de Vicente, igual que nuestro presidente, que aunque tenga apellido de gringo también tiene bigotes y el mismo nombre de Vicente Fernández, que es el segundo más macho después de Pedro Infante. El Pedro periodista sintió que un huracán volvía a pasar por Miami, pero esta vez sólo atravesaba su residencia de la bahía y destrozaba su carrera, su vida y sus tarjetas de crédito. La primicia del violador ya se había anunciado en los avances del noticiero y ahora no podía presentar a un mejicano como el mero culpable de la braguetada que había alborotado la ciudad. Esto no le podía estar pasando a él, un periodista tan experimentado que tenía en su haber quince presidentes finamente entrevistados, tres guerras ganadas por el bando que convenía a los auspiciantes, y una credibilidad tal, que todos los latinos lo veían siempre para tratar de adivinar si era argentino, cubano, chileno o americano, porque su tono de voz cambiaba de acuerdo a quien era su jefe de turno. Por eso es que él tampoco pudo adivinar el origen del susodicho violador, pero si no parecía mejicano, no del tipo que la televisión los clasifica, o sea chaparros, morochos y con bigotes, éste más bien era alto, no tan blanco, pero con pinta de galán de telenovela. Dime que no eres mejicano, cabrón. Pos, claro que lo soy, le respondió Chente, igual que tú, cabrón, que aunque seas güero y tengas los ojos verdes, como la green card que tanto adoras, también eres de abajo del Río Bravo, y no te digo más porque si no fuera por eso no estarías narrando noticias, sino que estarías limpiando baños o metido de jardinero, como el resto de nuestros paisanos. ¿Por qué no grabas eso? ¡Órale, cabrón! Esas acusaciones Pedro las había escuchado siempre, desde la primera vez que se compró esos lentes de contacto verdes y desde aquella vez cuando dejó que le aclaren el cabello de rubio, y años después le pusieran unas canitas coquetas, de manera que se viera más blanco de lo que ya era, porque así lo querían sus jefes, y porque eso es lo que manda el rating, y no hay más que discutir, carajo. Siempre había escuchado que le decían, sin decirle, pinche traidor, pero a Pedro eso no parecía afectarle, quizás porque su alma no lo quiso acompañar cuando él atravesó la frontera, o quizás porque en realidad nunca sintió que pertenecía a ningún lugar, como muchos de los que tienen que salir de sus patrias por el motivo que sea. Pero este braguetero no era el indicado para decirle a Pedro aquellas cosas, menos ahora que una parte de su ser había empezado a recorrer el camino de regreso a su querida Guanajuato, y no porque se sentía una momia, ya que apenas tenía cuarenta y tantos años, sino porque hace poco uno de sus hijos le preguntó si él también se vino en balsa desde Cuba. Entonces fue que volvió a las tortillas en vez de los Mc Donald's, a los tacos en vez de los KFC's, y a los chiles en vez de los chicles, aunque luego le ardiera el back orgullo. Por eso es que ahora no iba a traicionar a un paisano por más insolente que fuera, y no sólo porque la teleaudiencia en su mayoría sea mejicana, no señor, sino porque ya era hora de fajarse por su sangre, para que nadie vuelva a decir que Pedro Romero era un pinche traidor. Pero el camarógrafo, que no era mejicano, estaba muy encabronado y se puso a filmar de nuevo, porque a mí no me interesa si acabas de descubrir que tu abuelo es Pancho Villa, papu, porque para mí el sueldo es lo primero, así que, oye, ven acá, transmite la noticia y déjate de boberías que hace rato que el canal lanzó la primicia. Primicia, esa palabra dicha por su camarógrafo cubano hizo que Pedro volviera a la realidad. Ducho en darle vuelta a las noticias, de manera que las cosas sucedieran tal y como las contaban las telenovelas del canal y no como la realidad mandaba, Pedro miró a Chente y trató de buscarle otro origen, otra historia, de tal forma que al mirarse en la tele, hasta el mismo joven se convenciera que no sólo era el violador sino que tenía conexiones con algún grupo de extremistas árabes. De donde, de qué lugar podría ser... De Nicaragua, de Colombia, de Perú... ¡Ya está, es peruano! Igual que el periodista de la competencia que terminó metido en drogas. Ni más ni menos. Ahora sí, grabando, uno, dos, tres. Y la Tierra se jodió otra vez. Una voz cortante y cocoroca se alzó en el ambiente, era Juanita, otra de las chicas que había estado en la fiesta toqueteando de buena gana al stripper. Nada de peruano, papito, lávate bien la boca antes de hablar de mi tierra, ¿ya? Además, has de saber que este pobre muchacho, que no es tan pobre porque está muy rico el condenado, es, ante todo, un latino, como lo somos todos los aquí presentes, un latino a secas, y punto, porque hay que ser bien ignorante para estar buscando diferencias entre nosotros, y, por otro lado, él no es ningún violador sino un trabajador, escucha bien, un trabajador que se está ganando el pan con el sudor de su frente y sobre todo con ese enorme don que Dios le ha dado, y como todo buen trabajador merece respeto y no que lo traten como un delincuente, he dicho, carajo. ¡Bravo! Todos los presentes aplaudieron y alabaron a Juanita. Con excepción de Pedro y el camarógrafo de la cadena hispana más importante de los Estados Unidos of América, que sentían que el reportaje del año se esfumaba, al igual que el rating del año y el auto del año. Muchacha, tú vas para arriba, oyemeee, le dijo Carmelita, la novia más chula de Miami, a Juanita. Y Patricia agregó que ni ella misma, que era la única que conocía al stripper en toda su magnitud, pudo haberlo defendido mejor y alabar su tremendo desempeño. ¡Y ahora que hable Chente! Dijeron todas, sí que hable. Y el mero macho no podía pronunciar palabra. Nunca nadie se había fajado por él, y menos en este país donde todos somos extraños, aunque tengamos los mismos colores y los mismos dolores. Cómo hubiera querido que Juanita fuera su boricua del alma, la María de sus desvelos. Así se llamaba la mujer con quien se había casado hace dos años para obtener sus papeles, María bonita, la mujer a quien le había hecho firmar un contrato donde indicaba que lo de ellos sólo era un negocio, un “bisnes” donde ella le daba la residencia americana y él le pagaba seis mil dólares, en cuatro cómodas cuotas. Pero así es el pinche destino, como la mariposa traicionera de la canción de Maná. Yo vine de México, sin querer queriendo, dijo Chente, y me quedé porque no tenía lana, y cuando tuve algo ya no quería irme, porque es verdad que duele regresar, y porque más duele que te traten como el que te fuiste, y te duele hasta en el tuétano aunque seas el mero macho. Por eso es que me quedé en los Estados Unidos y decidí hacer ese contrato con María bonita. Pero, luego, luego, díganme cómo le hace uno cuando esa mujer se va convirtiendo en las calles de tu pueblo, en el cielo que dejaste, en la familia que ya no tienes, en el amor que necesitas. Cómo le hace uno para decirle que quieres anular el contrato, cómo le hace uno para decirle que se olvide que dentro de unos días me dan la residencia y que ella puede irse para siempre de mi vida, cómo le hace uno para hablar, para decirle que se quede, si yo sólo soy un macho, y los machos, por muy grande que tengamos el orgullo, no sabemos hablar sino ser machos. Y mejor me callo y les bailo un corrido sensualón, antes que me ponga a llorar, porque uno es hombre y no puede andar llorando por allí, y menos delante de unas viejas lindas como ustedes. Patricia corrió a poner la música y, aunque a todas les hubiera gustado que el muchacho baile, que demuestre y que la muestre, Juanita las contuvo y de un solo grito volvió a poner orden en el gallinero. Luego se acercó al macho más macho y le rascó la cabecita, como si fuera un muchacho malcriado. No seas huevón, Chentito, llora si quieres, que nadie que no ha llorado en Miami merece vivir acá. Quién le mandó decir semejante cosa a Juanita. Un gran silencio invadió la sala, el aire acondicionado se apagó, el ventilador se detuvo, y si alguien más quería llorar, podía hacerlo sin que nadie se enterara, porque las lágrimas en Miami no son lágrimas sino un leve sudor tropical por la falta de aire fresco. Pedro, el periodista más influyente de la televisión en español, veía atónito como su posible premio Pulitzer se iba convirtiendo en una telellorona mejicana, en un culebrón venezolano, en un talk show de Laura Bozzo. Antes que dijera algo, Filomeno lo mandó callar y le hizo saber que si no respetaba ese silencio a quien iba a meter preso era a él, por interrumpir los recuerdos que hace tiempo no recordaba y que hoy habían empezado a regresar a su memoria, esos que él había tratado de no recordar, para no morir en vida, para no vivir odiando por lo que sucedió en la balsa que lo trajo desde Cuba. Para qué recordar si aquello sucedió hace quince años, para qué recordar si de las diez personas que partieron sólo llegaron tres, para qué recordar si cuando despertó estaba casi moribundo en la costa de La Florida y por más que buscó en el mar nunca encontró los ojos de cielo de su pequeña Marisol. Todos tenemos un pasado que cargar, o quizás que enterrar, en Miami. Pero ahora les ordeno que se muevan porque ya no tardan en llegar los refuerzos policiales. Porque ustedes saben que la policía de Miami es una de las más eficientes del país, que ha reducido al mínimo los índices del crimen, y que si no fuera por los políticos latinoamericanos que viven acá, quizás, la ciudad no tendría delincuentes. De repente, sonó el timbre de un teléfono y todos terminaron de salir de sus recuerdos. Chente reconoció la melodía quisquillosa de su celular y contestó de inmediato. Era su boricua linda, la María de sus desvelos, la chula de sus serenatas que nunca pudo darle. Ella estaba alterada y a la vez emocionada, le dijo que prendiera el televisor para saludarlo en vivo y en directo, y Chente pensó que María había vuelto a fumar esa cochinada que a veces le traían sus amigos de Nueva York. Pero no, su María bonita insistía en que prenda de una vez la tele. No lo penso más, tomó un control remoto y prendió el televisor que estaba en un lado de la sala, entonces vio a su María saludándolo mientras le hablaba por el celular. ¿Ya me viste, Chente?. No sólo él la vio sino todos los de la casa, sin entender qué sucedía, sin saber por qué esa muchacha linda, que decía ser la María de Chente, iba rodeada de policías, pero feliz como una perdiz. Pedro, el periodista más influyente de la televisión hispana se dio cuenta que era el canal de la competencia y le dijo a Chente que le pregunte a su María qué pasaba, por qué estaba toda la prensa en el lugar. Y la muchacha contestó que el violador de Miami había intentado atacarla y que ella lo redujo de un solo batazo, y que ahora la estaban conduciendo donde el alcalde de la ciudad para cobrar los veinte mil dólares de recompensa. ¿Escuchaste eso Chente? ¡Veinte mil dólares! Pedro se hizo humo, al igual que su camarógrafo, y al poco rato estaría llamando a otros canales, para ofrecer sus servicios como el periodista más influyente de la televisión hispana. Mientras tanto, Chente empezó a imaginar lo que se le venía encima, su María bonita ya no necesitaba del contrato que firmaron ni de la última cuota que él le debía. Ahora tenía veinte mil dólares y además era la heroína de Miami, y seguro que la contrataban para el próximo reality de La Cenicienta, porque en la pantalla se veía más chula la condenada. Chente ya iba de salida, para subirse a su caballo y abandonar el pueblo, cuando en ese momento su boricua linda se acercó hacia las cámaras y le preguntó, en primer plano, igualito como en las telenovelas, si él deseaba anular el contrato que tenían entre ellos, y él le dijo, sin decirle, que el contrato sí, pero no lo que sentía por ella, y luego María hizo una pausa dramática, igualito como en las telenovelas, y le volvió a preguntar si él la quería tanto como ella lo amaba a él desde el primer día en que lo vio. Y entonces Chente se quedó callado, nunca se había dado cuenta que la María de sus pasiones se había enamorado, tanto como él. Y como él era tan macho no supo qué decir en ese momento. Entonces, las muchachas de la casa, que ya estaban con el corazón en la garganta y el calzón en los tobillos, tomaron el teléfono, se lo llevaron a Chente y le obligaron a que dijera que sí, imbécil, dile que tú también la amas, mira que te lo está pidiendo a través de todos los televisores del país, y te lo dice en español, que ya casi es el idioma oficial de los Estados Unidos of América. Y entonces el macho habló, y su voz entrecortada se escuchó en todos los hogares del país, sí, María bonita, yo también te amo, te he amado toda la vida, aun antes de venir a Miami y aun antes de ser el mero macho. Entonces, María bonita se sintió la mujer más feliz de la Tierra y atravesó la pantalla para sellar su amor con un beso que le llegó a Chente vía cable. En cuestión de segundos el programa se convirtió en el más sintonizado de la historia de la televisión americana, la gente se pasaba la voz, hay un nuevo reality más verídico que los que hacen los gringos, y además es en español. Y fue por eso que el rating voló hasta las nubes, porque ya hay cuarenta millones de latinos en Estados Unidos of América y porque desde este cielo, que también es latino, Santa Rosita de Lima, Santa Bárbara bendita y la Santísima Virgen de Guadalupe bendecían el amor de los amantes. |