> Portada > Expresiones

Cuento
Tres cuentos cortos

Walter Melgar
wmelgar@escuela.org.pe

Cuento 1 | Cuento 2 | Cuento 3

El Ángel

A Humberto

Una banca de maderos añejos recostando su cansancio contra la pared, unas cuantas mesas al parecer traídas de recintos de noble alcurnia, cortinaje de flores ajadas por humos emanados en interminables coloquios, un valse lastimero, servían de escenario no previsto para tan inusual confesión.

No podría ser de otra forma, tratándose de que vamos a hablar de Carlitos. Pensó. Mientras caía en cuenta de que el lienzo que se dibujaba a su alrededor le era especialmente familiar. Como aquellas chinganas visitadas en los pueblos que nos tocó trabajar juntos. Se dijo a sí mismo, casi susurrando sus recuerdos.

- ¿Te tomas una cerveza? Se adelantó con el ofrecimiento su aún desconocido interlocutor.

Asintió con un gesto mientras acomodaba el paquete sobre la silla del costado, asegurándose de que la bolsa no exponga aún las pertenencias de Carlitos, las mismas que minutos más tarde deberían ser transferidas al hermano desconocido, cual legado póstumo y como preludio a la inevitable confesión, cumpliendo así con su deber y auto liberación.

- Salud.

* * * * *

Ingresé por el portal del jirón Ancash. A la derecha, la oficina de Informes. Una pizarra blancuzca anunciaba los entierros del día. Veintiséis de abril del dos mil dos. Su nombre. Cuartel San Danilo I, F-35. Cuatro de la tarde. Avancé por una vieja avenida empedrada de pasos dolidos, acompañado apenas por aquellas estatuas que emergen como eternos testigos de sufrimientos ajenos. Un leve giro hacia la izquierda me enfrentó a una alta chimenea que luego supe, pertenecía al crematorio.

El elevador de ataúdes dio señas del evento. Una sola presencia. Su chompa negra disimulaba a medias el uniforme verde y el arma de policía, suficientes evidencias para concluir que se trataba del hermano. Sexto nivel, donde descansan aquellos que no pueden pagar más dinero, condenando a los parientes y amigos a darle el último adiós desde la distancia. Un viejo con una cruz exageradamente grande colgándole del cuello declama de memoria un responso por cinco soles que, con cierta vergüenza, cancela el hermano por los servicios prestados.

Desde atrás contemplé la ceremonia, ocultando el malestar que me generaba el sentirme autor de la sugerencia que a boca de jarro le hiciese aquella última noche que me visitó en la oficina. Siempre había recurrido a mí para encontrar salidas, para apaciguar sus días confusos o sus angustias. Estoy movilizado, compadre, me decía. Habilítame veinte luquitas. Las últimos, te lo juro, compadre. De ahí me quito definitivamente de la huevada. Te lo juro compadre.

Ciertamente fueron las últimas. Me dije. Mientras el sepulturero terminaba su tarea dejando claramente estampado en el yeso aún húmedo de la lápida.

Carlos Larrañaga C.
25 – 4 - 2002
Q. E. P. D.

* * * * *

Grises, añejas, mortecinas. Cuánto esplendor debieron haber irradiado en épocas pretéritas. Hoy, habiendo perdido la batalla al tiempo, se resisten a sucumbir, manteniéndose de pie a costa de su vergüenza, exhibiendo sus cicatrices de barro y caña. Agonizantes eternas, exhalan una y otra vez su último aliento, revivificándose sólo por la presencia de aquellas almas en pena que retornan a diario a cobijar en sus entrañas sus angustias. Almas que retornan a diario con sus historias a cuestas, con sus delirios compañeros, con sus humos mortecinos. Invisibles, los murmullos oscuros del río vecino envuelven el rito diario de sus muertes.

Los recorridos en su búsqueda por las viejas casonas del Rímac se habían vuelto habituales, como habitual el desenlace: Carlitos y su mirada extraviada, en algún rincón de alguna derruida casona del jirón Virú.

- Salgamos de aquí, compadre, soy yo, mírame.

Luego que tuvimos que dispersarnos y buscar cada quién cómo resolver nuestras vidas, pude reincorporarme a la universidad, terminar el último curso que debía en la Facultad de Derecho e ingresar (gracias a los contactos de mi padre) a un estaf de abogados no tan prestigiosos, pero con ingresos respetables. Carlitos nunca superó la situación. Solo supo de las tareas clandestinas. Solo supo de la organización de células. Solo supo de los sueños. Nada más. No pudo con esta nueva forma de vida. Perdió.

Le di soporte por tres años, luego de los cuales ya no podía más con esa carga. Las búsquedas por los peores fumaderos del Rímac se hicieron insoportables para mi debilitado estado de ánimo. Había sido mi compadre de correrías, pero ya no podía con sus eternos juramentos incumplidos. Con sus eternos retornos. Con sus eternas solicitudes de dinero para saciar su vicio.

Ya estaba harto de sacarlo del hoyo y conducirlo hacia aquella quinta de Surquillo, en donde vivía su único hermano, el policía. Bajarse del taxi, dejarlo parado en la entrada, un toque de timbre, un escuchar los pasos detrás de la puerta y un salir corriendo para no tener que conocerlo y darle o recibir explicaciones. En esos episodios se fue gestando la idea que luego se convirtió en la sugerencia que a boca de jarro le hiciese aquella última noche que me visitó en la oficina.

- Chau, Carlitos. Nos vemos. ¡No te metas en huevadas, pues!
- Oe, te busco compadre, mañana compadre, en tu chamba compadre.

* * * * *

- Gracias por avisarme lo del entierro de Carlos- ensayé como preludio de una conversación que –lo supe desde siempre- sería breve. Mientras, los vasos de cerveza sobre la mesa exhibían sus frescas burbujas, invitando a los recuerdos, a la palabra sincera, al desahogo final, a la confesión.

Sí; entiendo cuando me dices que no podías hacer menos. Que Carlos te había hablado de mí y de cómo lo he estado ayudando en estos años. Que encontraste mi número entre sus cosas y me llamaste. Comprendo que lamentas el hecho de que, en realidad, ya no había nada que hacer. También entiendo cuando reconoces que me convertí quizá en su único amigo, ese amigo que tú no pudiste ser. Claro que me doy cuenta de cómo sufres al saber que te necesitó y no estuviste. No fue tu culpa, te lo aseguro. Claro que advierto tu dolor, aunque en esta oportunidad sólo te aliente con mis palabras ausentes.

Estoy totalmente de acuerdo contigo cuando dices que en el fondo fue un buen hombre. Sí, pues, tenía sus cosas. Buen cantor, eso sí, de eso soy testigo de excepción. Sus valses, claro que sí. No se haga de rogar carreta y tómese otro trago, porque entre copa y copa, le quiero hacer saber, por qué es que estoy tan triste, tan solo y amargado, que hasta la remaceta, hoy me quiero poner. Infaltable en las tertulias. Me vas a decir. Salud.

Claro que me imagino la impresión que debió causarte el llegar a tu casa de la quinta de Surquillo y encontrarte con ese macabro espectáculo. Sí, yo sé que jamás imaginaste que fuese capaz de hacer algo así. Claro, por eso no tuviste cuidado en esconderla, en dejarla fuera de su alcance. Entiendo que el solo hecho de haber escogido tu arma para matarse te hace sentir culpable.

* * * * *

Ya solo, con cuatro cervezas a cuestas y luego de haber entregado la bolsa con las pertenencias que Carlitos le fue dejando en prenda por los “préstamos” que le hacía para aplacar su vicio, se dispone a abandonar ese extraño paraje al cual llegó esta tarde convocado por aquella llamada del hermano comunicándole la muerte y entierro, noticia que sin embargo, no fue una sorpresa.

Por alguna extraña razón regresa sobre sus pasos y se detiene delante de la puerta del Cementerio, se deja transportar por esa particular atmósfera que resulta de la combinación de fragancias de flores y el olor del agua estancada de los baldes de las vendedoras. Recuerda aquella última noche en que Carlitos fue a visitarlo a su oficina a pedirle dinero. Recuerda que harto ya de ser su ángel guardián, le sugirió a boca de jarro que acabe con todo de una vez, que vaya a la casa de la quinta de Surquillo, coja el arma de su hermano policía y se meta un buen tiro en la cabeza. Recuerda y lamenta no haber podido contar la verdad antes que culminen las cuatro cervezas, de aquella tarde.

Toma el jirón Ancash. Se escucha un susurro … Yo la quería, patita, era la gila más buena moza del callejón……….

Walter Melgar Paz
Diciembre 2002

Cuento 1 | Cuento 2 | Cuento 3

Altillo

Una vez más recoge hacendosamente los puchos depositados en los ceniceros de porcelana francesa, las copas de cristal italiano y las habituales botellas de tinto Tannat Viejo del Castel de H. Stagnari, colocados sin concierto alguno sobre los muebles antiguos de la sala igualmente antigua de aquella casa que empecinadamente su mujer fue transformando, en estos últimos meses, en antigua; tiempo suficiente para que Rigoberto vaya adquiriendo el estatus propio de una pieza más de colección, de una antigüedad más con qué sorprender a las amistades, de un cachivache más en esa especie de museo decadente.

- Finalmente es diseñadora de interiores. Se dice mientras cumple con su labor doméstica de los jueves al entrar la noche, luego que zarpa hacia puertos desconocidos esa suerte de cofradía integrada por arquitectos raros, pintoras extravagantes, decoradores con poses de artistas y donde su esposa es, indudablemente, centro y alma de la reunión. Luego que zarpan llevando consigo sus conversaciones intrincadas, sus críticas de arte, su música clásica y sus refinados modales rumbo a esas convenciones semanales negadas –felizmente- para él.

Jueves nocturnos que supo convertir en enteramente suyos y que lo regocijan mientras retira los rastros casi imperceptibles que alguna aceituna verde rellena con pimiento dejó sobre la mesa de centro de hierro forjado y cristal construida a partir de una reja antigua S. XVII traída de Carrasco; mientras acomoda las copas –ya limpias- cuidadosamente en el interior del armario levantino con celosía de madera de pino y abeto del S. XIX que adorna el paso entre la sala y el comedor; mientras pasa la escobilla sobre el sillón estilo Imperio Mallorquín depositado majestuosamente sobre la esquina derecha de la habitación.

Jueves domésticos, nocturnos y suyos. Como suyos los tintos que recupera de los fondos de las botellas y que convierte en generosa copa que lo acompaña, liberado ya del trajín, a remontar raudo pero cuidadoso, las gradillas que lo conducen al altillo, recinto de última jerarquía en la casona, convertido en aposento de mobiliarios adquiridos en subastas públicas, refugio de olvidados trebejos venidos de familia, camposanto de colecciones incompletas de lámparas y candelabros, confesionario de mórbidos soliloquios, escondrijo de habituales excursiones secretas.

* * * * * *

La caravana de automóviles baja por las estrechas, zigzagueantes y tranquilas calles del barrio pintoresco construido sobre el pequeño promontorio del lado este de la ciudad y que explica el nombre de Loma Azul, deja atrás olivos y cipreses para cruzar primero la autopista y luego el Gran Parque Central, ingresa a la zona oeste y moderna, colmada de edificios de departamentos y oficinas, de comercio y movimiento, de luces nocturnas y bullicio.

Esa suerte de cofradía integrada por arquitectos raros, pintoras extravagantes, decoradores con poses de artistas y donde Sofía es, indudablemente, centro y alma del grupo, toma posesión del departamento del arquitecto, en el sexto piso, el mismo que contrasta con las dimensiones, ambientes, decorado, estilo y suntuosidad de la casa de Loma Azul y que sirve de preludio a los verdaderos jueves por la noche; jueves de música estridente, ron y cerveza en lata, sudor, hierba, vasos de oferta, conversaciones cruzadas, risotadas, hielo derritiéndose en tus pechos, piqueos de minimarket, bailes espontáneos, humo, erecciones prematuras querido, papel higiénico reemplazando el clinex, zapatos de tacos por las esquinas, manos deslizándose por las medias nylon en busca del vello púbico, ella conduciéndolo de la mano a la habitación, murmullos ahora indescifrables detrás de la puerta, cortinas abiertas para tener el cielo de testigo mi amor, hembra encabritada, la brisa fresca del Gran Parque Central por la ventana.

* * * * * *

Sus habituales excursiones secretas habían desarrollado en él una precisión extraordinaria para localizar un único intento, su objetivo.

- Ya deben estar ahí. Se decía en voz baja como para no ser descubierto, mientras aseguraba el pedestal en el que convertía la mesita de centro cada jueves por la noche para alcanzar la claraboya del altillo y en acrobática maniobra tomar posición en su improvisado mirador, con los binoculares en una mano y la copa de vino en la otra.

Nunca pensé verme en condiciones de intruso desvergonzado. Nunca me imaginé de espectador indecoroso de la privacidad de un par de amantes desconocidos. Nunca consideré otorgar utilidad tan singular a este rincón abandonado de la casa. Nunca creí que las parejas dejaran abiertas sus ventanas mientras se entregaban a sus pasiones.

¡¡Nunca me han tirado de esa forma, dios santo!! Exclama mientras calibra la lente para obtener mejor resolución y alcanzar los detalles de esas carnes de cuatro décadas muy bien conservadas por dietas y gimnasios y que -a su pesar- siempre se presentan de espaldas a la ventana negándole, inclementes, su identidad; criatura montaraz, jinete indesmallable de nuca hartamente acariciadas a la distancia; cabellos libertinos rompiendo el espacio en agitado vuelo; sudor que discurre por la carretera de sus vértebras y que siente en su lengua; curvas suficientemente recorridas por sus deseos contenidos; caderas elásticas que –supone- siguen el ritmo cadencioso de alguna melodía romántica; nalgas redondísimas y rozagantes que de tanto observarlas le parecen curiosamente familiares; pechos frescos que le son regalados en inusual escorzo que ambos amantes plasman al acomodarse en posición que adivina y que le permite por primera vez en estos jueves nocturnos, domésticos y solitarios, observar sus rostros ...

- Sofía!!! ¡Y con el arquitecto maricón, conchesumadre!!! Llega a proferir mientras cae aparatosamente de su pedestal, tanto por la sorpresa como traicionado por sus entumecidas piernas.

* * * * * *

Rigoberto oculta los binoculares apresuradamente. Se sienta en la mecedora de cuero tallado por artesanos franceses, buscando algo de sosiego y así poder pensar, esbozar, diseñar, ensayar una estrategia que confronte de manera suficientemente sólida a su mujer, ahora que regrese, y que explique de manera verosímil, cómo diablos se rompió la mesita de centro de la bisabuela.

Walter Melgar Paz
20 de Diciembre del 2004

Cuento 1 | Cuento 2 | Cuento 3

Doxorrubicin

Lo venía siguiendo con la mirada desde que se ubicó en el quinto o sexto lugar en la cola de la ventanilla de Caja número tres.

Luego de varios meses recorriendo esos pasillos, conduciendo sus recetas de un lado a otro, insistiendo en la oficina de Asistencia Social una sustancial rebaja que se ajuste a su magra economía, esperando interminables horas el turno en los consultorios del ala derecha, ingresando debilitada a las salas de quimioterapia y saliendo más debilitada aún, Virginia había adquirido una especial afición por adivinar, en una suerte de juego morboso, los males de los pacientes que, como ella, transitaban habitualmente por el nosocomio con el propósito de arrancarle unos días más de vida a la enfermedad.

Lo sigue con la mirada, mientras él busca pausadamente entre sus bolsillos un lapicero para firmar las partes traseras de las facturas y del oficio sellado como RESERVADO y en donde el Director Ejecutivo del Fondo de Salud de la FAP solicita al Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas la entrega de ocho ampollas de doxorrubicin, cuatro de cisplatino, seis de etoposide y ocho frascos de metilprednisolona 500 mg al suboficial de primera Jorge Ríos Santa Cruz.

- Linfoma No Hodgkin grado III, mínimo; probablemente leucemizado. Virginia ensaya su diagnóstico, guiada más por el contenido de la bolsa de medicamentos que el sujeto retira del mostrador, que por su propia apariencia.

****

Acomodado ya en la cafetería del Neoplásica, teniéndola de interlocutora sin entender aún cómo ocurrió y luego del segundo sorbo de su café, el suboficial Ríos llega a la rápida conclusión de que, dadas las circunstancias, bien valdría la pena dejarse llevar por el azar. Total, seis meses solo en esta ciudad, alejado de su familia, enflaqueciendo irremediablemente en su pequeña habitación alquilada de Miraflores, enfrentando disciplinadamente su enfermedad, le otorgaban suficientes méritos como para pensar en una compañía casual como anticipo a su quinta quimio. Coloca con confianza sus medicinas sobre la silla del lado derecho.

Observa con detenimiento los ademanes de Virginia, quien con una locuacidad que contrasta con su semblante mortecino, lo ponía al tanto de los lugares a los que podía conducirlo, si estás de acuerdo claro está, asumiendo una suerte de guía de turismo en esta ciudad que se le presenta como ajena.

Observa con detenimiento sus labios deshidratados jugueteando con el jugo de papaya; observa la oscuridad de sus uñas en aquellos delgados dedos tomando con ansia no disimulada el sándwich de jamón que, solícita, daba curso sin interrumpir la descripción de puntos que no debes dejar de visitar, el Jockey por ejemplo, que no está lejos de aquí y en donde puedes hacer tus compras aprovechando el fin de mes, porque ya te habrán pagado en la FAP, no?

Con un ligero movimiento de cabeza le da a entender que la seguía en la conversación, cuando en realidad se encuentra explorando detrás de su blusa, tratando de adivinar el sabor de sus pechos, que, aunque de pequeño volumen, se le muestran más apetecibles que sus tostadas que se enfrían en el pequeño plato de loza. Sonríe como respuesta automática a las suyas, mientras la imagina ya en su lecho, delgada como se muestra, ¿también se le habrá caído el vello púbico? Le ofrece algo más que se te antoje, no te preocupes, mientras elucubra sobre los efectos de los químicos en sus erecciones. Vuelve a su taza de café meditando sobre la forma de poseerla sin estropear la fragilidad de su piel o de sus arterias, ni aumentar el riesgo de infecciones y de sangrado. Siente algo de miedo y vergüenza.

Una hora más tarde, es consciente que la caminata por Larco, acompañado por una brisa perfecta, apenas es la antesala a la satisfacción de su verdadero apetito, a estas alturas, incontenible. Avanza sorteando el asomo de cualquier sentimiento de culpabilidad con la maestría con que esquiva los autos en el Ovalo, rumbo a la avenida Arequipa. Ya en la puerta del viejo edificio Marsano advierte que la suerte está echada. Adiós, cáncer, se dice, mientras la toma delicadamente por la cintura con una mano y la conduce por las escaleras, aferrándose -con la otra- a su bolsa de medicamentos.

Los minutos que siguieron no fueron otra cosa que una batalla para sacar de su debilitado cuerpo la potencia suficiente para cumplir como se debe, como un verdadero hombre y soldado del aire, condecorado por lo del Cenepa, carajo, visitante asiduo de los peores burdeles de Chiclayo, levantador de las mejores putas de mi tierra. Suboficial Ríos, el cáncer es una huevada frente a esta hembra. Se alienta.

Los minutos que siguieron no fueron otra cosa que una batalla por no sentirse una mierda por lo que hacía. Un horrible sabor en la boca y en el alma fue lo último que sintió antes de caer dormido, al lado de su eventual y joven compañía limeña.

****

Las primeras sombras de la noche lo cogen en su lecho colmado de una sensación placentera. Se incorpora con cierta dificultad ayudándose con el brazo izquierdo para alcanzar el borde de la cama, de su lado. Observa con displicencia la habitación aceptando su destino. Ella ya no está. Tampoco la bolsa de medicamentos.

Walter Melgar Paz
Lima, 11 de marzo de 2005

Cuento 1 | Cuento 2 | Cuento 3

   

Jorge Miyagui: Arte, política y nueva radicalidad Entrevista por: Arturo Quispe Lázaro y Juan Tokeshi

Sara Joffré y algunas voces jóvenes
Sara Joffré

Tres cuentos cortos
Walter Melgar

El Mero Macho de Miami
Jorge "Cucho" Sarmiento

3 poemas
Willy Gomez

Marita Troiano
Presentación

Mexicanos en Nuevo York
Gabriela Zamorano, Tepeyac

 
   
     
       

Interculturalidad Nº 3
Colaboradores | Contáctenos | Ediciones anteriores
Puntos de vista | De Fondo | Encuentros y Des-encuentros | Cultura Chicha | Lo mágico terrenal | Expresiones | Sonidos

Derechos reservados © Construyendo Nuestra Interculturalidad