> Portada > Lo Mágico Terrenal > Homenaje a Sarita Colonia
Artículos: < 1 2 3 4 > Un Mediodía con Sarita
Gonzalo Portocarrero
Sentido relato de una visita al mausoleo de Sarita en el Cementerio Baquijano y Carrillo de El Callao
EL 20 DE DlCIEMBRE de 1940 falleció Sarita Colonia. Desde hace un tiempo es costumbre que en esa fecha los fieles visiten su tumba. En el taller de estudios de las mentalidades populares, TEMPO, a iniciativa de Ana Maria Quiroz, decidimos acudir a la romería. Pensamos que en la religiosidad se expresan valores y creencias que definen lo esencial de una sensibilidad y visión del mundo. Llegamos hacia la una de la tarde. En la entrada se nos acercan varios vendedores de flores, compro un ramo de claveles amarillos. Una suerte de pasaporte para integrarme entre los fieles. Es la flor que más le gusta a Sarita me asegura el vendedor. Me cuesta un sol. Observo con alivio que muchos las venden pero que piden lo mismo. No abruman al comprador. Me parece un buen augurio. El cementerio Baquíjano del Callao desconcierta por su limpieza y ornato, cualidades de excepción en el Perú de hoy. Entrando por la puerta principal destaca un conjunto de mausoleos, algunos amplios, otros pequeños, muchos de familias italianas. Pero se trata de algo del pasado: son escasas las construcciones nuevas. El cementerio ha dejado de ser parte de la cotidianeidad de los grupos privilegiados. La religiosidad convencional se ha trivial izado, en especial en estos sectores. Y es que desde una perspectiva que se concentra en el éxito y el disfrute, la pregunta sobre los sentidos últimos de la vida aparece como lejana e inoportuna. La única realidad es la presente y lo demás una angustiosa incógnita .
Volteando a la derecha se sale del dominio aristocrático de los mausoleos y las tumbas individuales. Se llega a esa suerte de edificaciones multifamiliares de clase media que son los cuarteles de nichos. Más allá aun, en un lugar periférico, casi terminando el cementerio, donde había una fosa común, se erige una pequeña capillita de unos quince metros cuadrados. Es llana y sin pretensiones. Su arquitectura evoca esas casas lisas y funcionales de muchos pueblos jóvenes. Pero la capillita esta terminada. Las rejas son plateadas y hay muchas flores. Se supone levantada sobre los restos de Sarita Colonia. En realidad está sobre la fosa común que los fieles defendieron y preservaron cuando las autoridades dispusieron limpiar y allanar el terreno a fin de construir nuevos cuarteles de nichos. Sarita es de todos. Para recordarla nos hemos juntado unas 40 ó 50 personas. Mi expectativa era de una mayor concurrencia. Alrededor de la capilla, a unos dos o tres metros de ella, unos cuatro vendedores de imaginería religiosa. Estampas, amuletos, llaveros, de diversas formas, tamaños y colores. Las mercancías bien ordenadas sobre tableros de madera, y las vendedoras sentadas en banquitos al costado o detrás de ellos. La venta no es agresiva sino discreta. Es el comprador quien debe mostrar interés y no hay regateo.
La capilla esta en lo alto, en una suerte de segundo piso. Se sube por una escalera estrecha y bastante inclinada. AI borde lateral de la esca1era, en el segundo piso, un joven de unos 30 años, entrega un pan a cada uno de los visitantes. El obsequio me toma por sorpresa. Pero supero mi desconcierto cuando veo que a todos se nos regala. Hay mucha gente y estamos apiñados. Un joven me pregunta: «hermano, ¿las flores son para Sarita?" Dudo pero le contesto que si, y a una seña se las entrego. Los jarrones están ya totalmente llenos de flores y las que traje son distribuidas entre los fieles. Con esfuerzo logró desplazarme hacia el medio de la capilla. Una loza de cemento de color negro que semeja un ataúd ocupa el centro del espacio. Las paredes están cubiertas de placas de plástico donde los devotos agradecen, en algunas se lee favores, en otras, milagros. Los visitantes pugnamos por colocar nuestra mana encima de la losa, aunque sea por un momento.
Es el objeto mas sagrado, concentra las miradas, ordena el espacio.
De pronto alguien comienza a repartir estampas de Sarita. Veo que la gente frota las imágenes contra la losa. Le pido a Rafael hacer lo propio con la mía. Estamos aglomerados unas treinta personas en unos diez metros cuadrados. Observo que hay tantos hombres como mujeres. Noto, sin embargo, que la mayoría de La gente tiene entre 30 y 50 años. Hay criollos y andinos, próximos pero separados. Toda La concurrencia es de origen popular. Cada uno hace lo que mejor le parece. Algunos rezan, otros miran sin mayor concentración. No hay una iniciativa que convierta la multitud que somos en comunidad. Pero las condiciones están presentes: un ambiente de gratuidad ha sido creado por los regalos, las flores, y la devoción. Nos miramos con respeto, simpatía y complicidad. De pronto se menciona la presencia de Augusto Polo Campos. Su figura alta y gruesa destaca al lado Izquierdo de la losa. La familia de Sarita, sus hermanos, lo saludan con deferencia: lo tratan como a un amigo ilustre. El compositor disculpa a su hija que quiso venir pero no pudo. Las miradas se concentran en torno suyo. En respuesta a la expectativa decide dar un discurso. Habla en forma pausada y sin baches. Su voz es calida e inspirada. Empieza diciendo que los pobres y los ricos somos sustancialmente iguales. La abundancia no hace la felicidad. La envidia es triste, un callejón sin salida. Demasiado pendiente de las cosas que tienen los demás, desatendemos, muchas veces, lo bueno que si poseemos, La salud, por ejemplo. La Navidad implica compartir, generosidad. Sarita fue pobre y humilde pero dadivosa y entregada. Un ejemplo. En todo vecindario hay siempre gente que sufre. Mujeres abandonadas, niños con hambre. Hay que descubrir esas puertas, compartir con ellos. Llevar La felicidad. Se trata de una invocación contra la envidia y la tristeza. No hay por que sentirse pobres y deprimidos cuando podemos estar contentos y ser generosos. Polo Campos invita a rezar. Se vive una atmósfera de mucha espiritualidad, integrativa y regocijada. Reinan sentimientos elevados. Sospecho que los visitantes nos sentimos próximos y confiados. Pero yo sólo susurro mientras La gente reza. Como “ateo nostálgico” me gustaría creer pero como hombre moderno y racionalista me falta la fe. Entre las ganas de creer y La imposibilidad de sentir queda como compromiso susurrar las avemarías.
Casi sumergido en La comunidad de fieles, me impongo observar rostros y actitudes. Serenidad y contrición son las notas dominantes. Siento respeto por la devoción de la gente y hasta me parece un tanto sacrílego estar efectuando una observación sociológica. Pienso que debería envidiar esa credulidad. Razono que de ella debe manar, con fluidez, paz y esperanza.
Hemos acabado de rezar y los organizadores nos piden movernos para que los fieles que aguardan abajo puedan también visitar La capilla. Cuando desciendo, un niño me regala dos tofees y un joven me entrega dos panecillos. Los recibo con naturalidad y agradecimiento. No aceptar un obsequio puede ser muy pretencioso. Negar La generosidad de los demás, rechazar la posición de asistido. En frente de La pared lateral del cuartel más próximo a la capilla, esta instalada una señora con quien trabo conversación. Es mestiza, tirando para negra. Me sonríe. Tiene unos 60 años. La piel de sus brazos esta muy arrugada y sus piernas se encuentran como arqueadas. A su costado derecho, en una botella, tiene un ramo de flores, y al izquierdo, un frasco con un líquido de color claro. Hace 13 años es devota de Sarita, me cuenta. Es muy milagrosa, añade. Tenia una enfermedad a los huesos y apenas podía caminar. Sin garantía de éxito iba a ser operada. Tuvo un sueño: vio a La Virgen Maria volando por los aires. Le encomendó a Sarita pedir el milagro de su curación. Sarita ha sido humilde y ha sufrido mucho, ella me comprende, explica. La operación no fue necesaria y ahora estoy bien. Ud. también encomiéndese joven, me aconseja. Cualquier problema se lo soluciona, hay que pedir con fe. Le pregunto que tiene en el frasco. Me contesta que el agua bendita que cura muchos males. ¿Quiere un poco? me propone. Por un instante malicio que detrás de su ofrecimiento puede haber un interés por venderme algo. Pero le contesto que sí. Destapa el frasco y me hace oler el contenido. Huele agradable, como a lavanda. Pide que me incline y vierte un buen chorro sobre mi cabeza. Le agradezco. Nota en mi mano los panecillos y me dice que ellos pueden servirme para quitarme los males de encima. Debo frotar mi cuerpo -todo- con el pan. Luego tirarlo hacia atrás, sin ver donde cae pero asegurándose que un perro chiquito se lo coma. Ya vera Ud. joven, remarca con entusiasmo. Me despido y voy a la búsqueda de los amigos del taller. Estamos entre desconcertados y contentos. Todos hemos pedido algo a Sarita y comentamos, sin saber si hablamos en broma o en serio, que ella debería ser la patrona del taller. Somos soció1ogos y queremos ser científicos pero también somos personas que quieren abrirse mas a la esperanza.
Al observar la entrega de la gente pienso que ahí donde los sectores medios desesperan, especialmente las generaciones más jóvenes, los sectores populares son capaces de inventar la esperanza. Las bases de su fortaleza están en esa fe ciega. En su credulidad. Creo que las razones de nuestra fragilidad están en lo difícil que nos resulta creer. Demasiado hechos al cálculo de posibilidades se nos antoja como ilusa cualquiera expectativa en lo extraordinario. Preferimos el estoicismo o caemos en la desesperanza. Pero pretenciosamente nos sentimos superiores. Valoramos la fe como superstición y hasta podemos compadecemos de la piedad popular. Nuestra incredulidad, la necesidad de ser convencidos por hechos y argumentos, nos puede alejar de temores infundados y nos fuerza a investigar y dominar los hechos. Nuestro mundo tiene menos encanto pero lo controlamos mejor. El contraste entre racionalismo incrédulo y confianza mágica no debe extremarse. Todos tenemos mucho de los dos. Pero el eclecticismo no basta. Es demasiado impreciso. En realidad se trata de modos de concebir el mundo que son potencialmente conflictivos, cuando uno avanza el otro retrocede, es difícil que funcionen al mismo tiempo. Cuando los dos tienen fuerza en la misma persona el resultado será la duda y el conflicto. La vacilaci6n.
La cultura dominante, laica y materialista, nos ofrece en el éxito, el poder y la riqueza, el equivalente de una religi6n, los sentidos últimos que deben orientar nuestra vida. Los padres, la escuela y los medios de comunicaci6n repiten lo mismo. La salvaci6n es el progreso y la obsesi6n la santidad. Pero estos fines son como espejismos: menos reales cuanto más nos acercamos. En el vértigo de la búsqueda peligra nuestra capacidad de amar; el individualismo y la obsesión la acechan. Aunque disfruten de su herencia nadie llora a los mártires del progreso. Frente a estas orientaciones, tan influyentes y poderosas, el culto a Sarita representa una religiosidad de confianza y comunidad. La reconciliación entre estrechez material y satisfacción espiritual. En ello hay mucho más de sabiduría que de resignación. Se afirma una espiritualidad, se resiste así a la reducción del ser al tener. Además, La expectativa en el favor se acompaña la de un esfuerzo que resulta de esta forma potenciado por la fe. Sarita es un modelo a contracorriente de la cultura dominante. No fue rica ni famosa. Tampoco tuvo poder. Siendo pobre y humilde fue entregada y generosa. En tanto se concibe la santidad como el logro pleno de las virtudes más apreciadas resulta que en la celebración de su memoria sus devotos hacen de la caridad el valor central de su ethos colectivo. Por medio del ritual y la oración se comprometen a tratar de reproducir en ellos mismos esta actitud. Trascender la envidia, construir la comunidad. Lograr así el orgullo, el consuelo y la alegría que el mundo oficial les niega. Mediante la exaltación de Sarita los sectores populares recrean el mensaje evangélico.
Notas
Estuvimos presentes: Ana María Quiroz, Rafael Tapia, Fanni Muñoz, Víctor Huamán, Artemón Ospina, Maria Emilia Yanaylle, Rita Márquez, Arturo Quispe. Extrañamos a Isidro Valentín, EIoy Neyra, Ruth Timaná, Sonia Azcue, Rosa Luisa Esquivel, Daniel del Castillo y Ana Lucia Cosamalón también Integrantes de TEMPO. En el camino nos encontramos con Carmen Rosa Balbi quien también nos acompañó.
Hay ya una bibliografía considerable sobre religiosidad popular. EI lector Interesado puede usar como mapa el trabajo de Cecilia Rivera. Para una visión amplia del tema puede leerse de Manuel Marzal: E1 rostro Indio de Dios. Concentrado en los sectores urbanos puede leerse del mismo autor: Los Caminos religiosos de los inmigrantes en Lima Metropolitana. EI estudio más detenido sobre el culto a Sarita pertenece a Alejandro Ortiz y esta Incluido en el libro Pobreza urbana. Ideas sugerentes sobre el tema se encuentran en el texto de Carlos Franco incluido en La otra modernidad.
Artículos: < 1 2 3 4 >
Investigación
Sarita Colonia, Santa Te Quiere El Pueblo
Ana María Quiroz
El origen y características del culto a Sarita Colonia.
Análisis
Sarita Colonia: Popular Resistance in the everyday life of Transnational Migrants
Ernesto Vásquez
Análisis sobre la resistencia cultural y religiosa presente en el culto a Sarita Colonia.
Exposición Fotográfica
Sarita para todo el mundo
Arturo Quispe
Exposición fotográfica del Mausoleo de Sarita Colonia ubicado en el Cementerio Baquíjano y Carrillo de El Callao |