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Sarita Colonia, Santa Te Quiere El Pueblo

Ana María Quiroz
anamariaquiroz@yahoo.com

El origen y características del culto a Sarita Colonia.

En la memoria:

De las distintas versiones difundidas por los administradores del culto sabemos que los Colonia Zambrano, provenían de la sierra ancashina. A Sarita le tocó ser primera hija y hermana mayor en un humilde hogar en uno de los barrios más pobres de Huaraz.

En esa ciudad Ancashina vino al mundo el 1 de marzo de 1914 y allí pasó buena parte de su infancia junto a sus padres, don Amadeo Colonia Flores y doña Rosalía Zambrano y junto a sus hermanos menores. Cada uno de los cuales: Hipólito, Esther y Rosa, llegó después a formar su propia familia, a tener su propia descendencia; sin embargo a instancias de la administración del culto a Sarita, continúan unidos, apoyados por sus respectivos hijos.

El padre de Sarita se ganaba la vida como carpintero, en tanto que su madre se dedicó a la casa y a cuidar de sus hijos, como hace la gente común. Era gente sin pretensiones ni recursos económicos a su disposición. Y aunque ahora recuerdan que doña Rosalía había servido al Banco de Crédito de Huaraz, ella tuvo que dejar el trabajo para atender a sus hijos.

Eran serranos y pobres como muchísimos peruanos, alejados de las bondades que se concentraban en la capital del país. Ellos emprendieron rumbo a Lima cuando a doña Rosalía le afectaron los bronquios. Se fueron a Lima a buscar atención médica y de paso mejores oportunidades para la familia. Para entonces Sarita tenía unos 10 años.

En Lima, permanecieron por un lapso aproximado de 4 años en una casita alquilada en Barrios Altos. Don Amadeo matriculó a Sarita y a otra de sus hijas, como alumnas internas del colegio católico Santa Teresita de Mavillac. Dicho centro educativo ubicado en el Parque Universitario, estaba dirigido por una congregación de religiosas francesas. Al cabo de tres años en el colegio, Sarita y su hermana habían aprendido a leer, a escribir y a dibujar.

Doña Rosalía recibe la recomendación de vivir en una zona con un clima como el de su tierra natal, debido a esa necesidad don Amadeo decidió el retorno de la familia a Huaraz. Para lo cual tuvieron que interrumpir la vida escolar de sus hijas Sarita y Esther. A ellas no les quedó más que abandonar sus estudios y encargarse de velar por la salud de su madre.

Doña Rosalía falleció a los pocos meses de haber regresado a Huaraz. Pero antes de dejar este mundo, le pidió a su primogénita encargarse de la familia. Sarita ya estaba preparada para eso, porque entre las familias de origen andino, es usual que las primeras hijas lo estén. Su Hermano Hipólito da cuenta de eso cuando dice: Sarita se convirtió en nuestra pequeña madrecita.

La familia se incrementa:

Don Amadeo se volvió a casar y tuvo 4 hijos más. Con el crecimiento de la familia, crecieron las necesidades, pero no los recursos económicos. Sarita trabajaba en una panadería de Huaraz para ayudar a los suyos. En 1930 cuando ya tenía unos 16 años de edad regresó a Lima. Viajó acompañada de su padre, quien, en Casma, cuando los viajeros disponían de un tiempo para alimentarse, aprovechó la oportunidad para conversar con una familia Italiana establecida en el Callao. Esta familia estaba necesitando la ayuda de una joven que cuidara a sus niños y Sarita fue la elegida.

Ella se dedicó a realizar esa labor con agrado por más de tres años, hasta que volvieron a necesitarla su padre y sus hermanos menores. Nuevamente don Amadeo había quedado viudo, con varios hijos pequeños, pensó en Sarita, su primera hija como la encargada de velar por sus hermanos. Primero envió a Lima a sus hijas Esther, Rosa, Graciela y Teófila y posteriormente viajó él mismo con sus hijos Hipólito y Máximo. El papá de Sarita permaneció un año en Lima mientras visitaba el Hospital Dos de Mayo, debido a sus problemas de salud.

La búsqueda de recursos para la familia era una de las principales misiones de Sarita. Pero atender a los suyos implicaba una mayor disposición de tiempo y una mayor independencia que la que permitía el empleo doméstico. No le quedó más alternativa que dejar la casa de la familia italiana, para ir al mercado central como ayudante de una tía, en un puesto de pescado. Un tiempo después se independizó con la idea de tener su propio negocio, pero tuvo que dejarlo porque requería mucho dinero.

Para enfrentar las necesidades de su familia, se dedicó a vender verduras, frutas, ropa de niños y de adultos (damas y caballeros), así como de artículos de tocador. Dicen sus hermanos que también trabajó en cafeterías y lecherías. Sarita no era indiferente a las necesidades de otros pobres, compartía lo poco que tenía. Cocinaba bien, era hacendosa y afectuosa con los niños, con los ancianos, con los enfermos y con los desvalidos. Sarita la pequeña madrecita de muchos, no tuvo ocasión para interesarse en fiestas, ni en hombres; es así como la recuerdan sus hermanos.

No es de extrañar que se resalte de Sarita su gran sensibilidad ante las carencias sufridas por otros tan o más pobres que ella. Con el amor al prójimo, especialmente a los más necesitados, dio a los suyos un ejemplo de gratitud a Dios. Tampoco es de extrañar que se convirtiera en algo semejante a la mamá de sus hermanos, las primeras hijas cumplen ese rol en la tradición andina. Aún conmueve el recuerdo de su disposición a compartir con otros lo poco que tenía. Además de hacendosa y muy buena cocinera, es recordada por su humildad y especial bondad con los necesitados.

Dios se la llevó:

Tenía solo 26 años de edad cuando dejó este mundo en el hospital de Bellavista, un 20 de diciembre de 1940. Se la llevó el paludismo pernicioso; así consta en su certificado de defunción que guarda el obispado del Callao, pero la versión familiar señala que murió de muerte natural.

Fue sepultada sin procesión fúnebre, sus restos fueron enterrados en una fosa común del cementerio Baquíjano del Callao. Y sobre dicha fosa, meses después don Amadeo Colonia colocó una cruz con la fotografía y el nombre de su hija.

En esa fosa común se congregaban diversos grupos de creyentes, que iban a orar a sus muertos y a las almitas milagrosas de otros difuntos, como el soldadito desconocido, fray Ceferino, Isabelita, Sor María, entre otros. Los parientes y vecinos de Sarita iban a visitarla los domingos, le llevaban flores, oraban, le pedían ayuda. Poco a poco se fue convirtiendo en una suerte de representante de las almas milagrosas de la fosa común.

Los estibadores del puerto fueron señalados como el primer grupo social alrededor de la fosa común donde el culto al alma de Sarita se fue imponiendo. Prostitutas, delincuentes, homosexuales se agregaron a esta rutinaria peregrinación y más tarde serán otros los grupos sociales que se suman a la devoción.

El culto adquiere notoriedad y significación a partir de los años 70, con el desborde popular, que acarrea el incremento demográfico urbano sin precedentes, propiciada por el desplazamiento migratorio masivo de la población rural. Durante esa década otros grupos sociales del mundo popular se fueron sumando al culto: madres solteras, subempleados, amas de casa, choferes de micro, taxistas, adivinos y otra gente que inventa oficios. La identificación con Sarita era inminente, ella y los suyos también habían llegado a Lima en busca de progreso. Si bien los migrantes expresaban su esperanza de progreso, en una notoria voluntad de trabajo, esta esperanza también quedaba revelada en su disposición religiosa.

La fosa común o pampón al que se refieren los más antiguos devotos de Sarita, se encontraba en un lugar periférico del cementerio Baquíjano, el lugar estaba prácticamente invadido de creyentes. Los mismos que evitaron el allanamiento del terreno dispuesto por las autoridades del puerto para la expansión del cementerio. Prácticamente se habían apropiado del pampón y haciendo uso de sus propios recursos, edificaron para Sarita Colonia una capilla muy simple, cuya arquitectura, observa Gonzalo Portocarrero es semejante a las casitas, lisas y funcionales de muchos pueblos jóvenes.

Cuenta un antiguo devoto de Sarita, un peluquero bastante mayor, vecino en los barracones del Callao (un lugar bastante pobre, N.E.), que la familia administró la plata de los devotos: “le compraron a la Beneficencia Pública un pedazo de terreno y le hicieron ese mausoleo”, según esta versión esa fue una manera de enfrentar a la iglesia que se había empeñado en evitar el culto.

En la puerta de entrada del cementerio Baquíjano se venden flores y ruda, pero adentro, cerca de la capilla hay un mercado de estampitas, amuletos, medallones, prendedores, cuadros, placas y llaveros con la imagen de Sarita, cuyos devotos saben que por ahora ocupa un lugar especial entre las almitas milagrosas, pero que algún día será santa.

Todos los días, los administradores del culto, Esther Colonia Zambrano y otros parientes, esperan dentro de la capilla, en tanto ofrecen velas en venta. Así es recibida la gran cantidad de gente sencilla que a diario la visita para pedirle “un milagrito” y para testimoniarle su gratitud. Hay quienes no solo dejan flores, velitas encendidas, placas escritas, sino una serie de objetos, entre los que destacan finas joyas de oro y de plata.

Las paredes interiores de la capilla están abarrotadas de placas con nombres, direcciones y hasta fotografías u otros datos de quienes expresan su gratitud por tal o cual milagro recibido. Sobre una cripta descansa el cristo crucificado, a poca distancia hay una estatua de la virgen, próxima al santuario de vidrio de Sarita. Su imagen lleva puestos varios dijes, cadenas, pulsera, anillos, prendedores y otras joyas de oro y plata, dejadas por devotos que han necesitado expresar así su reconocimiento.

En ocasiones algunos devotos prefieren manifestar su gratitud, ofreciendo una misa a Sarita en alguna iglesia y exhiben la convocatoria en la capilla. El sacerdote encargado, la celebra como si se tratara de una misa de difuntos.

El culto tiene dos fechas importantes, el primer día de marzo en que se conmemora el aniversario de su nacimiento y el 20 de diciembre en que se conmemora el aniversario de su muerte. Son importantes estos días de fiesta en el cementerio Baquíjano y es masiva la congregación de los fieles de Sarita. Se celebran misas allí mismo a cargo de sacerdotes y se reparten panes, estampitas y flores benditas entre los asistentes. Luego la familia invita un almuerzo a la gran cantidad de concurrentes.

Rostro del culto:

Más allá de las evidencias aportadas por los testimonios recogidos, es notorio el origen provinciano de los devotos, la gran mayoría de ellos serranos o hijos de migrantes que llegaron a la ciudad en busca de progreso. Podría decirse que lo cholo es el rasgo característico en el rostro de este culto.

La gama de oficios registrados en una muestra de 21 devotos, son los usuales en el mundo popular. Las mujeres dijeron dedicarse cada una a quehaceres distintos: empleada en una imprenta, tejedora de canastas de junco, ahuyentadora de los malos espíritus, amas de casa. Y los hombres mencionaron ganarse la vida, en trabajos como: peluquero, ayudante de joyero, ambulante, marino mercante, pescador, taxistas, chofer de un camión de transporte interprovincial y algunos dueños de negocios con locales propios.

El desarrollo de las diversas capacidades que dichos oficios suponen, muy poco o casi nada le deben a la educación formal. En el grueso de la mencionada muestra, el grado de instrucción al que accedió la mayoría era elemental. Entre los analfabetos por desuso que contaban con primaria incompleta destacaban las mujeres mayores y entre los que no llegaron a concluir la secundaria estaban casi todos los demás. Había un contador, que podemos considerar un indicador de que hay entre los devotos quienes van logrando mayores estudios.

Los vínculos familiares aparecieron como de gran valor para los devotos, casi todos vivían cerca de sus parientes más directos. Y el peluquero que sufría por carecer de vínculos familiares, había construido fuertes lazos de amistad entre los devotos.

Lo que si era un hecho, es que cada quien establece la frecuencia de sus visitas, según la promesa que haya hecho y según sus posibilidades. Uno de los devotos dijo vivir en Iquitos y otro en Chiclayo, pero vienen a Lima con cierta regularidad y en cada ocasión visitan a Sarita. Hay quienes la van a ver una vez por semana y quienes la ven a diario como aquella mujer que sabe deshacer maleficios, porque trabaja en el mismo cementerio, muy cerca de la capilla.

La gente que va a la capilla de Sarita Colonia luce sencilla y humilde, eso sí, mucho más sencilla que pobre y los “milagritos” que le solicitan a su almita milagrosa son del orden de lo cotidiano, relacionados prioritariamente con el trabajo. Le piden un cliente, la concreción de un trabajito, el éxito de una pequeña gestión, de un negocio, de una venta. Las mujeres piden esa ayuditas milagrosas sobre todo para sus hijos y esposos. Una ayudadita para lograr un día agradable, sin molestias causadas por la salud, sin contratiempos con el ser querido, es algo que también le solicitan.

En realidad los devotos solicitan a Sarita una ayudadita milagrosa a su esfuerzo, son de los que saben que dependen en primer lugar de sus propias fuerzas. Confían en sus propios méritos y en la bondad milagrosa de Sarita, así como en el afecto de los suyos para sus logros cotidianos y puntuales.

No le quito, ni le doy:

Hoy en día el alma milagrosa de Sarita Colonia es amiga ya no solo de estibadores y marginales, sino también de todos los que la invocan, empresarios “emergentes” o emprendedores migrantes, comerciantes, taxistas, microbuseros, entre otros. La presencia de Sarita acompaña la vida cotidiana de gente humilde, su imagen circula por todos los rincones de la ciudad, en apartados lugares del país y más allá.

Poco pudo la iglesia católica contra la difusión de este culto informal. Sarita es para sus devotos una presencia sagrada y para algunos estudiosos una santa del catolicismo popular, la más importante en el Perú de las últimas décadas.

Había sido migrante como gran parte de los limeños, vino de la sierra, del Callejón de Huaylas. Había nacido el primer día de marzo de 1914, en un barrio pobre de Huaraz, era la primera de varios hijos de don Amadeo Colonia y doña Rosalía Zambrano.

Alrededor de los años 30 los Colonia Zambrano habían decidido migrar en busca de progreso; así llegaron al Callao. Sarita incluso estudiaba interna en el colegio religioso Santa Teresita de Mavillac y abrigaba la esperanza de convertirse en monja. Al quedar huérfana de madre, tuvo que renunciar a sus sueños y orientar su vocación de servicio a la atención de necesidades muy concretas, como el hambre de los suyos.

Sarita era niña todavía, cuando recibió la responsabilidad materna como legado, pero sabía como atender a sus hermanos y a su padre, conocía la labor doméstica y no le fue difícil conseguir trabajo como empleada de casa. Se dedicó al oficio doméstico por algún tiempo, hasta que tuvo la oportunidad de vender en el mercado; prefirió esta actividad porque le permitía atender mejor a sus hermanos.

La vocación maternal de Sarita desbordó el hogar, fueron testigos de eso: sus hermanos y vecinos. Ellos saben como la conmovía la pobreza de los otros y cuan dispuesta estaba a compartir lo poco que tenía con vecinos que también sufrían carencias. Esa es la Sarita que habita el imaginario popular, está viva en el sentimiento.

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Relato
Un Mediodía con Sarita
Gonzalo Portocarrero
Sentido relato de una visita al mausoleo de Sarita en el Cementerio Baquijano y Carrillo de El Callao

Análisis
Sarita Colonia: Popular Resistance in the everyday life of Transnational Migrants
Ernesto Vásquez
Análisis sobre la resistencia cultural y religiosa presente en el culto a Sarita Colonia.

Exposición Fotográfica
Sarita para todo el mundo
Arturo Quispe
Exposición fotográfica del Mausoleo de Sarita Colonia ubicado en el Cementerio Baquíjano y Carrillo de El Callao

   

Los ángeles y la Iconografía Mochica (cultura Pre-Inka)
Mario Salazar

Homenaje a Sarita Colonia
Ana María Quiroz, Gonzalo Portocarrero, Ernesto Vásquez, Arturo Quispe

 
   

Interculturalidad Nº 3
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