| > Portada > Encuentros y Des-encuentros Carnaval puquiano o la celebración de la vida Víctor Suárez Ilizarbe
Antropólogo …A lo largo de la fiesta, la trasgresión al orden establecido es constante y permitido, nadie se molesta por las bromas pesadas y los insultos procaces que las mujeres y los hombres se endilgan a cada instante; si se entiende que todo ello es en tono de pukllay (juego)… “El amor es eterno mientras dura,
así la fiesta es eterna mientras dura”
Vinicio de Moraes Quienes somos oriundos de alguna pequeña ciudad de la sierra, siempre llevamos en la memoria el pesado fardo de los recuerdos que a cada rato vienen y van en nuestra vida diaria, son parte de nuestro inconsciente y los llevamos siempre a cuestas hasta la muerte. Es la arcadia perdida y nunca recuperada, la nostalgia de todo lo vivido desde nuestros primeros años en la tierra querida. Uno de esos gratos recuerdos son las fiestas de carnavales que llegaban con las lluvias torrenciales de febrero, y pasaban por el pueblo dejando un fuerte olor a tierra mojada, a eucalipto verde, a las cementeras floreando o al ganado gozoso de apareamiento; este regocijo de una naturaleza alborotada era contagiada a los hombres y mujeres, cuya adustez y severidad de sus vidas provincianas de pronto eran alteradas por un momento de irrefrenable alegría que deseábamos eterno. Desde semanas antes, por la periferia de los 4 barrios de Puquio, las comunidades anunciaban con tinyas y pinkullos el advenimiento de la fiesta grande de los carnavales; se preparaba todo el pueblo para tan magna fecha, pero en especial, los solteros y las solteras, porque ese momento corto de la soltería en los andes, es el momento mas valioso de la vida y se debe celebrar con mucha intensidad, pero a la vez también, conjuntamente con la producción agrícola y ganadera; porque es el tiempo de la primera cosecha del año y la reproducción del ganado. Entonces, no había excusa que valga, para no bailar los carnavales; lo ideal y lo material de la existencia de los pobladores se conjugaban plenamente y apuntaban en una sola dirección: la fiesta. La alegría y el jolgorio se asomaban desde muy temprano en la cara de sus habitantes, sean estos mistis o gente de las comunidades. Por un momento cada quien hacia sus labores con satisfacción contagiante. Se relajaban las diferencias de clase y se flexibilizaban el trato entre ellas, pero eso si, respetando cada quien el lugar que les corresponde. Cada sector social celebraba la fiesta de acuerdo a sus raigales costumbres, así, el carnaval misti tenia otra lógica emparentada más bien con la tradición hispana-criolla que devino posteriormente en las “yunzas” o “tumbamonte”. Pero el que destacaban a mis ojos eran los carnavales indígenas de las cuatro comunidades que rodean Puquio, denominadas Pukllay (juego). No solo era diversión y alegría sino tenia una intención restauradora de la cohesión social del grupo, afirmar los lazos parentales de las unidades domésticas de las comunidades y la renovación gozosa de la vida. En esta fiesta como en otras, llevadas a cabo en los andes, el pasado retorna un momento en la vida de la gente, esa arcadia perdida se hace presente mientras dure la fiesta, pero que al escenificarse en el canto y la danza se reinterpreta, se transforma y la fiesta marca en la memoria colectiva de la gente de que hubo en el pasado un hecho feliz una “Edad de oro” que merece la pena celebrar. Los fastos de una vida pasada que ya no esta. Para tener un buen año y haya dicha hay que bailar los carnavales, era la sentencia de los mayores en el pueblo. En el mundo andino como en otras sociedades los tiempos son contrastantes por influencia del cristianismo, hay un tiempo del trabajo y un tiempo para la fiesta. Esta con su cadena de culpas y condenas proscribe la fiesta del trabajo y nos condena a vivir una vida gris y monótona, el cura de la iglesia siempre nos recuerda que: “la vida es un valle de lagrimas”; “ganaras el pan con el sudor de tu frente”, nos dicen, casi con un goce obsceno; axial, la vida y la alegría esta reservado al “mas allá” al “paraíso” que se supone es la salvación eterna. Mientras que en el mundo prehispánico la fiesta no estaba separada de la producción, y el trabajo no era una condena, el calendario agrícola del Tahuantinsuyo coincidìa con las grandes fiestas del imperio como en una suerte de sabio equilibrio entre el esfuerzo de sacarle los frutos a la mamapacha pero a la vez, en el mismo momento, agradecerle con una fiesta por el bien recibido. La prédica cristiana caló hondamente en las culturales andinas, pero los viejos dioses prehispánicos resistieron, y no se callaron, se dieron maña para hacerse un espacio en los apagados atrios de las capillas de los santos cristianos y desde ahí nos siguen interpelando para que continuemos con la realización de las fiestas de cada año. La política de extirpación de idolatrías tampoco pudo con estos dioses a pesar de que el santoral religioso cristiano fuera impuesto sobre las fiestas más importantes del incanato, como queriendo “sellar” para siempre estas manifestaciones profanas y mundanas, pero no pudieron callar sus voces. Por ello, en respuesta a estos hechos “consumados” los carnavales indígenas desafìan cada año la resignación y vida rutinaria de la población, se opone triunfal y gosozo a ese mundo de las formas que canoniza la cultura oficial de los mistis, es transgresiva, desafiante y paródica contra el poder opresivo y como dijimos más arriba es esencialmente restauradora y liberadora. Desde los cuatro barrios: Ccayau, Pichkachuri, Chaupi y Ccollana avanzan las comparsas al compás de la tinya, la quena, el pinkullo y las voces de hombres y mujeres ataviados con sus mejores galas multicolores, talco en la cara y serpentinas al cuello, bailando y cantando canciones de recorrido en un atipanakuy (competencia) inacabable. Esta vez, los hombres y las mujeres se igualan, pero se observa que las mujeres llevan las riendas de la fiesta y son las protagonistas por excelencia, con una actitud de entrega sin culpa a su hombre escogido. Lo importante es alcanzar la plaza de armas, ahí está el centro del poder polìtico, religioso y policial; además, están las casas señoriales de los mistis quienes se asomaban a sus balcones a observar con desdén y algo de envidia la inmensa alegría que levantaban las comparsas. Los más viejos celebran las ocurrentes letras compuestas especialmente para esa fecha, que critica la mala gestión de alguna autoridad importante o también las letras pueden ser de agradecimiento a la autoridad por alguna obra realizada en bien de la comunidad. En un momento la algarabía intensa del carnaval indio ha contagiado a toda la población, entonces se olvida la distinción entre protagonistas y espectadores y todos viven la fiesta con frenesí. Da la impresión de que las comparsas debido a la ingesta de abundante alcohol, puedan caer en una desorganización y anarquia, pero no, la fiesta tiene una estructura, unos elementos y un orden, que a nuestros ojos son difíciles de demostrar, porque no es un guión explícito y consciente. Siempre quise indagar si existe una reglamentación consciente o conversada, sobre las diversas etapas de la fiesta y no pude hallar nada al respecto, hay cosas que pasan en el fragor de la fiesta y no se sabe por qué, a pesar que tiene un sentido moral, polìtico o religioso, hay algo inconsciente que escapa a nuestra racionalidad, en ese sentido la fiesta deviene en enigmática y extraña a los ojos de propios y extraños. Sobre este aspecto oigamos al autor que nos acompaña en este trayecto: “Esta argumentación nos permite una conjetura, y es que la fiesta sea una formación del inconsciente; esta es su paradoja: si es completamente planeada y colectiva, y no deja lugar a la espontaneidad pierde su carácter de fiesta, para ser solo una exhibición; mientras que, si algo escapa a la consciencia de los participantes, es distinto. Por esta razón al hablar del carnaval y de la fiesta se evoca la locura, el caos, el descontrol la alegría sin límites, y hasta la muerte. Al ser la fiesta una formación del inconsciente su naturaleza es imaginaria, la creatividad emerge; pero también es simbólica, pues las máscaras, el disfraz, cada elemento tiene una significación y devela un real” [1] Podría enumerar los diversos cursos que toma la fiesta en todo su recorrido, como las paradas que hacen en cada esquina; en ellas, las comparsas hacen una ronda y el “cargonte” con su esposa invita a todos para hacer un brindis, se liba licor con graciosas y delirantes palabras, siempre mirando al apu mayor del pueblo y rociando algunas gotas a la pachamama; animados y envalentonados la comparsa marcha decidida a la toma de la plaza de armas, y siempre cantando canciones alusivas al amor, a la muerte, a lo efímero que es la vida en la tierra y a la abundancia de las cosechas. Se paran un momento en los portales de la iglesia matriz, y en un momento sacan de sus kipis [2] manzanas, duraznos, tunas, menbrilos, etc, y comienzan a arrojar con inusual violencia a las puertas de la iglesia, muchos mistis y forasteros miran atónitos y no encuentran una explicación racional de lo que están viendo, dicen: “estos indios se descargan con la casa de Dios, eso es sacrilegio, es una vergüenza, las autoridades debieran prohibir estas salvajadas”, dicen con estupor y cólera. Al sétimo día, después de terminada la fiesta, el párroco de la iglesia la emprenderá desde su púlpito contra el carnaval indio y demás fiestas paganas para que sean prohibidas en el pueblo. Después de este acto, la comparsa sigue su camino sigzagueante, hay satisfacción y alborozo en los rostros, después del acto realizado en la puerta de la iglesia, como si se hubieran liberado de algo extraño que mortificaba sus vidas, toman las diversas calles que los llevaran a sus respectivos barrios. A lo largo de la fiesta, la trasgresión al orden establecido es constante y permitido, nadie se molesta por las bromas pesadas y los insultos procaces que las mujeres y los hombres se endilgan a cada instante; si se entiende que todo ello es en tono de pukllay (juego), las autoridades del pueblo aceptan y celebran a sus anchas las críticas a su gestión, por ello, Freud nos permite señalar mejor este aserto: Una fiesta es un exceso permitido y hasta ordenado, una violación solemne de una prohibición. Pero el exceso no depende del alegre estado de ánimo de los hombres, nacido de una prescripciòn determinada, sino que reposa en la naturaleza misma de la fiesta, y la alegría es producida por la libertad de realizar lo que en tiempos normales se halla rigurosamente prohibido [3] Por otro lado, Montoya en su celebrado libro La Sangre de los Cerros, relata que el carnaval en los andes tiene dos significados importantes. El primero, tiene que ver con las solteras y manzanas , y segundo la triste condición de los casados . En el primero de ellos, afirma que el puqllay o carnaval, es la gran fiesta de los solteros y las solteras, del amor, de la libertad, del canto, del baile, del gozo pleno del amor sin ataduras, Pero “la libertad, el gozo, el placer, el cantar, pasearse y divertirse son fugaces, hay un huayno indio que expresa con extraordinaria belleza este momento fugaz, dice Montoya: Florece manzano/ florece durazno/ este es tu tiempo/ para florecer/ este es tu tiempo para florecer/ . Si florecieras después/ te arrancaria / el viento de agosto/ si florecieras antes/ te aplastaría/ la lluvia de febrero/. A renglón seguido afirma: Creemos pertinente contar aquí lo que nos dijo nuestra amiga Tomasa Sayre cuando cantó estos versos. Nos preguntó: ¿“Han entendido”? Les dijimos que sí. Volvió a preguntar y le repetimos que sí y citamos uno a uno los versos. Ella nos respondió: “Sí claro, eso es lo que dicen las palabras, pero lo que este canto dice es que los jóvenes debemos amarnos ahora, porque la juventud no dura. Ni antes, ni después, ahora”. Con respecto a la segunda característica, este resalta la triste condición de los casados, a través de diversas canciones recogidas en su libro, así, una de ellas dice: “En buena hora/ estoy soltera/ si fuera casada/ estaría al pie del fogón”. “La vida de soltero/ es para bailar/ la vida de casado/ es para llorar sangre”. Una canciòn quechua que siempre escuché en Puquio, Montoya lo recoge de la siguiente manera: “Los que tienen el estado de casados retírense, aléjense/ podríamos pisarlos. “No me encadenes aún/ cadenita del Altar mayor/ preguntaré antes/…/ si estoy ya preparada para casarme”, finalmente, agrega el autor, que los textos son abundantes y lapidarios en contra de la vida de casado. “Condenan al matrimonio, pero lo curioso es que todos los libres y las libres, las manzanas y los muchachos aceptan el matrimonio. No hay una queja sobre el dominio del varón o de la mujer . Hay la aceptación clara de esta etapa de la vida como necesaria”. [4] La plaza de armas hierve de gente y las comparsas se abren paso con fuerza y decisión de entre la muchedumbre y cantan con más fuerza las canciones, hasta que se encuentran dos comparsas de barrios diferentes y empieza una competencia brutal para demostrar la fortaleza de los hombres; esta consiste en que dos rivales de barrios diferentes se golpean las pantorrillas con un látigo hecho de cuero, hasta que uno de ellos decline la lucha, en épocas pasadas esto terminaba con algunos heridos y contusos y cuando manaba la sangre de los rivales, decían que era señal de “buen año”. El tiempo efìmero de la fiesta también tiene que ver con un ajuste social de las familias en la realización de las mismas. Estas de por si son costosas, el “cargonte” tiene que trabajar duro para ahorrar todo el año y luego en una semana gastar todo lo ahorrado con satisfacción en la realización de la fiesta de carnaval de su barrio; aquí hay un contraste clarísimo con la mentalidad capitalista del ahorro, de la mesura. En el fondo, el gasto tiene un sentido social y una regulación de la riqueza en sociedades pequeñas, hace muchos años que la antropología dio cuenta de esta función esencial de las fiestas y las llamó Don [5]. Por otro lado el varón casado de la comunidad tiene varias obligaciones para con ella: desde el momento que toma “estado” (se casa), tiene que tener un excedente de tiempo para servir a la comunidad como autoridad, -a parte de las obligaciones para con su familia- desde el cargo más sencillo hasta el de más jerarquía y cuando llega a este alto cargo, tiene la obligación de ser “cargonte” de la fiesta de carnaval, así, después de este periplo en olor del cariño y respeto de la comunidad, el varón se retira al descanso con el deber cumplido con su pueblo. Pasa a ser un venerable anciano, un altumisayuq, (sacerdote sabio) que aconseja y casa a las parejas de la comunidad, resuelve los problemas de la comunidad y concilia a las familias; en buena cuenta, es la reserva moral del pueblo para que se siga con la tradición y se conserven algunos rasgos identitarios dispuestos al intercambio con los elementos que vienen de la modernidad, en ningún caso para que su cultura se congele en el tiempo, sino este abierta a beber de otras fuentes culturales. Equivocadamente el discurso indigenista, que se gestó por fuera de los propios indios, quizo “esencializar” estas manifestaciones, sin poder lograrlo. Después de 7 dìas de celebraciones, viene la última etapa de la fiesta, “el despacho”; desde muy temprano se eligen a los próximos “cargontes” que pasarán las fiestas el próximo año y las parejas recién formadas, reciben las bendiciones de todos los presentes, y para sellar ese compromiso las mujeres, entre bromas y ocurrencias sarcásticas, sacan de su kipe una hermosa manta, con las que amarran a sus pretendientes, es un momento de gran emoción y tensión, para los hombres, especialmente, porque en este momento las mujeres ejercen el privilegio de ratificar o escoger a un nuevo amado, generalmente se genera una disputa entre ellas, a veces dos mujeres “amarran” a un solo hombre, pero en aras de la armonía entre las familias, los padres de los interesados con la ayuda de las autoridades comunales, se comprometen a resolver más adelante este diferendo. Entonces, por fin, y a ojos de los presentes las parejas se legitiman, hasta que lleguen a casarse en el mes de agosto, en la fiesta grande del agua: el “yarcca aspiy” [6]. Luego, después de un almuerzo reparador, las comparsas salen nuevamente a las calles, pero esta vez, no a las céntricas del pueblo, sino a las afueras, generalmente, a un sitio conocido, a una pequeña montaña que domina el pueblo donde existe una cruz, hecha de eucalipto, donde los forasteros oran un momento para seguir luego su viaje. Este pasaje, es muy conmovedor por la tristeza de la finalización de la fiesta, las canciones ya no son alegres, la mayoría son lamentos por lo efímero de la fiesta, las mujeres entonan canciones con lágrimas en los ojos, mientras los hombres les reprochan por la súbita tristeza que los embarga, pero al final, el llanto es tal que es contagiado a los hombres, quienes también lloran cantando. Después de hecho “el despacho”, ya de noche, las parejas casaderas desaparecen de la escena, cada quién toma diversos rumbos, y se pierden en las chacras, solo los viejos vuelven a la casa del “cargonte” para un último brindis, en ese momento, cesa la fiesta. Finalmente, en Puquio mi pueblo, todos los meses de febrero se escenifica esta fiesta desde tiempos lejanos, nunca es la misma, seria absurdo; la repetición, es considerada como nefasta para la reproducción de la vida. “Esto explica por qué la fiesta, como la felicidad, no puede ser un estado permanente: una y otra corresponden a satisfacciones súbitas de deseos y pulsiones por largo tiempo reprimidas… si fueran un estado permanente, caeríamos en la monotonía y no podríamos reconocerlas como felicidad o como fiesta, porque no tendríamos manera de contrastarlas con el dolor, con el sufrimiento, con el trabajo, con el tiempo ordinario o con el desamor, como dice el poeta Schiller: “no hay nada más insoportable que una sucesión de días hermosos” [7]. Contrariamente, las comparsas de los carnavales de los 4 barrios tienen la sutileza de ser cambiantes, ya sea en las letras de las canciones, la variación de las danzas, la vestimenta o la incorporación de otros elementos que vienen de la modernidad, pero antes de hacerlo lo transforman a su propia racionalidad. Cada mes de febrero, en los dìas de carnaval el pesado fardo de nuestro inconsciente se recrea gozosa y se trasnmuta en risa excesiva, en exceso, así, nos liberamos por un momento de lo trágico que es la vida misma. Datos: [1] Mario Elkin Ramírez, Aporìas de la cultura contemporànea, ed. Univ. De Antioquia, pgs 150 [2] Manta que llevan hombres y mujeres, los primeros amarrados cruzando el pecho, las segundas amarradas a los hombros, en ella, se llevan cosas, el licor, las frutas, etc. [3]Freíd, Sigmund, Tótem y Tabù, (1914), Tomo XIII, Obras Completas, Buenos Aires, Amorrurtu, 1976. [4]Montoya, Rodrigo, La Sangre de los Cerros, (1987 pgs. 30-33). [5] Acto que instaura una relación doble entre un donador y un receptor. Dar es compartir voluntariamente lo que se tiene o lo que uno es. Un don forzado no es un don. Nace del encademiento de tres obligaciones, la de dar, la de aceptar el don y la de devolver cuando uno acepto. Godelier Maurice, Cuerpo, Parentesco y Poder, Ed. PUCE-Q, 1997. pg 173. [6] “limpieza de los canales de regadio” fiesta en honor del agua [7]Ramirez Ortiz Mario, Aporìas de la Cultura Contemporànea ” Ed. Universidad de Antioquia, 2000, pg. 151. |