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Identidad Nacional y Fuerzas Armadas: Picante a la tacneña

José Miguel Florez
Sociólogo
Instituto de Defensa Legal IDL

Una mirada a la identidad militar en escenarios de “integración” .

Chilenos venden armas a Ecuador durante el Conflicto del Cenepa; chilenos pintan muro inca en el Cuzco; chilenos desprestigian al Perú por medio de un video difundido en su línea aérea Lan Perú; chilenos compran modernos aviones de combate F16 y desequilibran la región; chilenos quieren llevarse el gas, el agua... todo.

Peruanos no votan en primera vuelta por candidato chileno en la OEA; peruanos quieren delimitar por fin la frontera marítima con Chile; peruanos se quejan de manera reiterada por actitud chilena durante el conflicto del Cenepa; peruanos dicen que sancionaran a empresa que difundió insultante video en vuelos internacionales; peruanos queman banderas chilenas; peruanos apedrean locales de Lan Perú.

Esa es la coyuntura en la que se me ocurre plantear algunas ideas, a manera de breve ensayo, acerca de temas como la identidad nacional, la integración regional y la fuerza armada. No es el mejor momento, aparentemente, para hablar directamente de relaciones con Chile y de una identidad nacional que se congrega, ante su precariedad para establecer referencias al interior, en definir sus parámetros a partir de la oposición. Una identidad en negativo que es atizada en coyunturas como esta por irresponsables líderes de opinión y mediocres políticos ansiosos de colgar su discurso del más primitivo nacionalismo, exacerbado por ambigüedades mediáticas, torpezas diplomáticas, acomplejados berrinches y soberbias discreciones.

Pero bueno, retomando la idea original de este texto, en un escenario de necesaria integración regional, de manera general ¿están los actores involucrados directamente en la ejecución de procesos de integración preparados para entender la necesidad de tales procesos? Específicamente en el caso de la defensa, actores fundamentales dentro de la dinámica ejecutiva de esta política definida particularmente por las relaciones con los países vecinos, como son los militares ¿están en capacidad de potenciar procesos de integración? ¿pueden entender la necesidad de superar conflictos históricamente intensos para generar propuestas comunes de desarrollo? ¿están dispuestos a pasar de una lógica de la desconfianza y el resentimiento a una de la confianza y la cooperación?

En ese sentido, el tema de este texto es la identidad militar en su relación con la identidad nacional. La identidad militar como capacidad del funcionario castrense frente a un escenario que presenta como necesidad la integración entre países. La pregunta que este breve ensayo intenta dibujar es si las características de la identidad militar soportan un proceso de integración con países vecinos cuyos intereses son históricamente percibidos como contrarios a los nacionales.

Para ello pensamos el proceso de generación de una identidad a partir de dos dimensiones paralelas pero no necesariamente simétricas. Por un lado, tendríamos una “heterogenización”, que hace que los miembros de un colectivo se perciban como diferentes a otro grupo; mientras que un proceso “homogenizador” hace que los miembros del grupo se aglutinen en rasgos comunes que los hacen percibirse como iguales.

El sentido común nos diría que para la identidad nacional, en el caso de “civiles” comunes y corrientes, la homogenización se hace a partir de los rasgos nacionales que una concepción particular de la cultura y la historia hace aparentemente comunes a “todos” los nacidos en una circunscripción estatal que coincide con el espacio nacional territorial compartido por estos “iguales”; mientras que la heterogenización plantearía la diferencia de aquellos que no comparten el hecho de haber nacido en ese territorio, lo cual además les excluye, en principio, de la posibilidad de compartir los elementos comunes que la historia y la cultura dan para los pares nacionales.

En primera instancia, esta simplificada versión del proceso de generación de una identidad nacional no presentaría especificidad particular con procesos similares de identificación profesional, de clase o de cualquier otra institución en la que un “civil” interactúe. Uno puede ser “peruano” y conservar márgenes importantes para identificarse como “médico” o “hincha”, pero, ¿cómo sería este proceso en el caso de los militares?

Lo que pasa es que mientras para un civil es amplia la posibilidad de generar pertenencias a diversos grupos con identidades institucionales más o menos diferenciadas por los espacios de interacción, para un militar dicha probabilidad es menor: a la identificación con el lugar de nacimiento y la posible simpatía por un club de fútbol las subordina la identidad institucional castrense, en la cual se podrían enmarcar, es cierto, las intensas referencias a la promoción y el arma, pero que no trascienden las fronteras de la Institución.

En ese sentido, demos una mirada al proceso de identificación profesional militar, para luego plantear algunas ideas respecto a su relación con la identidad nacional en el caso de los militares.

En un artículo anterior se presentaba la posibilidad de analizar la fortaleza de la identidad militar a partir de las percepciones políticas. [1] Pero, estas ideas quedan más claras cuando se observa el proceso de resocialización a los que son sometidos los militares cuando cadetes de las escuelas de formación, y son estas ideas, además, las que nos traen de vuelta al proceso de identificación heterogenizadora a la que hacíamos mención hace un momento.

Lourdes Hurtado llama la atención acerca de la idea de otredad que es forjada en los institutos armados. Para ella “las distancias y el sentimiento de otredad que separa a civiles y militares se origina en la manera como se construye a los sujetos militares”. [2] Y respecto a ese proceso básico de construcción de la personalidad militar podemos señalar algunas reflexiones.

La educación militar básica se presenta, desde una perspectiva, [3] no como un proceso de formación profesional únicamente sino esencialmente como un proceso de formación de un tipo personalidad particular, funcional y absolutamente identificada con la institución militar. En el extremo caso del Ejército, tras el aislamiento y la eliminación de los referentes culturales ajenos a lo militar, la Institución copa todas los espacios de la vida del cadete, convirtiéndose, ya de oficial, en el prácticamente único referente de trabajo, estudio, [4] esparcimiento e incluso de pasatiempo tras la jubilación.

La cultura del militar, entonces, está marcada por una intensa identificación con la institución, lo cual implica una diferenciación de aquello ajeno a lo castrense y que encaja como “lo civil” en el discurso militar. Según el testimonio de un subteniente recién egresado de la Escuela Militar de Chorrillos EMCH:

“La disciplina hace distintos a civiles y militares. La disciplina es establecer todas las cosas que vas a hacer; orden. Los civiles siguen la vida y lo que viene, viene, y lo que consiguen, consiguen; nosotros establecemos lo que queremos y tenemos que cumplirlo o al menos lo intentamos.” [5]

Como se observa, el militar percibe que su estructura de valores y costumbres es otra frente a la del civil. La identificación profesional militar plantea una diferenciación intensa entre lo castrense y el ámbito no militar. En nuestra matriz, se trataría del proceso de “heterogenización” que define a los “otros” no militares. El proceso paralelo de homogenización incluiría entonces la coincidencia de signos, valores y costumbres que los “militares” poseen y los otros no. Ello se enfatiza cuando se definen las posibilidades de un civil frente a un militar:

“Soy distinto a los civiles, me he demostrado que puedo lograr muchas cosas, los civiles no tienen la posibilidad de experimentar con su capacidad. Las experiencias acá te forman temple.” [6]

Al valor de la disciplina para los militares se le suma la identificación institucional como pilares de su cultura. Sin embargo, damos cuenta que estos dos valores se relacionan directamente con la razón de ser que los militares dan a su carrera:

“Ser militar es una carrera, de brindar tu vida por la soberanía del Perú, de tu tierra, la tierra es la base para ti. Nosotros cuidamos la soberanía de lo que es de todos.”

“Ser militar es un profesional preparado para la guerra, el militar se preocupa por el desarrollo de todos los peruanos, por el cuidado de nuestra soberanía. Sin un militar yo creo que no hay nación. La misión del militar es proteger nuestra soberanía, nos preparan para ello, la preparación física, mental, completa es para la guerra.”

La separación entre civiles y militares, desde la perspectiva militar estaría marcada la misión última de estos últimos de entregar la vida por la Patria. Ello, en última instancia, los haría militares y los diferenciaría de los que no lo son. El proceso de homogenización de la identificación profesional estaría marcado por esta comunión de valores patrios.

En ese sentido, revisemos algunos símbolos que provocan la emoción y apelan al sentimiento de unidad militar, en el caso del Ejército. La idea es indagar en torno a los rituales que generan y reproducen los sentimientos homogeneizadores que integran al individuo al colectivo; las ceremonias son parte de ellos y en ellas los himnos, escudos y patronos son íconos sensibles que intensifican la pertenencia.

Así, un primer punto es observar la identificación que el Ejército establece con la historia y la permanencia nacional. En su himno la mención es explícita, “El Ejército unido a la historia”, pero esta referencia, que en principio podría pensarse republicana, va más allá cuando el mismo himno evoca “un pasado glorioso del incario su antiguo esplendor”, o cuando en el caso del escudo del arma de Artillería, la presencia del sol añade el “símbolo del Perú como continuación del imperio de los Incas”. [7] La idea de una institución de “larga duración” [8], cuya trascendencia sólo alcanza la historia y rebasa la coyuntura y el corto plazo tiene determinante influencia respecto al tipo de personalidad que identifica, como veremos en un instante.

Otro elemento a tomar en cuenta es, como ya mencionáramos, la idea del sacrificio y la entrega por la Patria que serían virtudes inherentes al status militar, pero esta vez reflejadas en los símbolos propios del Ejército. Estos valores además definirían el tipo de relación que establece el Ejército con su “pueblo” y porque no decirlo con el Estado:

Las fronteras altivo defiende
cual guardián del Honor Nacional.
De su Pueblo recibe las armas
y es bastión de Justicia Social.
Soy Soldado que en filas milito
y un deber tengo yo que cumplir,
a la Patria vivir consagrado
y por Ella luchar o morir.

La glorificación de la entrega por la Patria queda aún más explícita cuando en el Himno de Artillería se canta que:

Es muy hermosa y bella la suerte
de morir por la Patria feliz.
Por la Patria se encuentra la muerte
que aún supera tan noble matriz.

Como se observa, y ya se adelantaba cuando revisábamos el comentario del subteniente del Ejército, la identificación hacia adentro está referida a una serie de valores como la disciplina, el honor, el sacrificio y la lealtad que se resumen en la entrega de la vida por la Patria. Todos aquellos y sólo aquellos que compartan estos rasgos pueden acceder a la “identidad militar”.

En este punto, insistimos, hay algo interesante de señalar respecto a la relación entre identidad profesional e identidad nacional. El proceso de homogenización dentro del Ejército se da a partir de la apropiación de valores nacionalistas. En el Ejército, instancia profesional, se da un proceso de identificación en el que la igualación institucional incluye la diferenciación nacional: son parte de la institución los que están dispuestos a dar la vida por la patria y sacrificarse por el servicio al Perú.

Entonces, desde la matriz planteada, en la cual se señalaba la diferenciación y la igualación como parte de un mismo proceso de identificación, tenemos que respecto a la identidad nacional el caso del militar es muy distinto al caso de un no militar. Como simplificáramos anteriormente, si al hablar de identidad nacional para un civil la igualación es con sus pares nacionales y la diferenciación es con los “otros” extranjeros, en el caso de los militares la situación es por lo menos confusa: la diferenciación es frente a nacionales no militares y la igualación es con pares profesionales que comparten valores patrióticos militares. La diferenciación profesional se basa en la identificación institucional y esa identificación institucional incluye la igualación nacional. El militar reconoce como diferentes a los no militares, y a la vez reconoce que sus pares militares son los que son patrióticamente peruanos. Habría, entonces, en estos procesos un cruce de planos entre la identificación profesional y la identificación nacional.

La característica que creeríamos está en la base de esta confusión es el hecho de que la militar no es sólo una identidad profesional sino se es más bien de una personalidad particular, definida integralmente por su pertenencia a una institución particular: la fuerza armada y su característica de defender la Patria. Esta trascendencia atribuida a la misión militar la encumbraría por encima de la las dinámicas seculares de otras profesiones, y le otorgaría el sustento para arrogarse el ser tutela y reserva moral de la sociedad.

Esta enredada idea implica, entre otras cosas, que el militar -y los no militares que reconocen las características del “otro” militar- asumen el status superior de la vocación militar. En palabras de otro subteniente:

“El Ejército es la carrera que más se asemeja al sacerdocio. Cuando eres sacerdote entregas tu vida por tus ideales. El militar, en un momento determinado, va a dar la vida por su institución. El militar va a dejar su familia, sus hijos por un pedazo de tierra” [9]

La idea de que el militar es como el sacerdote nos demuestra el status que se confiere a la profesión militar. No se trata de un servicio público tangible y concreto de defensa del Estado y de los ciudadanos sino de un sacrificio trascendente por valores compartidos esencialmente por militares. La visión de institución tutelar y de reserva moral de la sociedad es la conclusión de este imaginario que sella tradicionalmente las relaciones civiles y militares a lo largo de nuestra historia.

Pero ¿qué significa esto desde nuestras preguntas iniciales referidas a las posibilidades de integración con nuestros vecinos?

Un dato adicional respecto a los símbolos dentro del Ejército. De los nueve patronos de la Institución, de las armas y de los servicios del Ejército, siete están vinculados directamente a su accionar en la Guerra del Pacífico entre Perú y Chile. La Jura de la Bandera se conmemora en el aniversario de una batalla librada en la misma guerra, en la cual además muriera el patrono de la Institución, Crl. Francisco Bolognesi; en los himnos del Ejército, de la Escuela Militar de Chorrillos y del Arma de Infantería las referencias a eventos de la Guerra con Chile son recurrentes.

Tal vez resulte “natural” que con una guerra como la de hace ciento cincuenta años los íconos heroicos de las instituciones militares tienen que estar referidos a dicha tragedia. Algún libro de Historia Militar le dedica un tomo entero al estudio de la misma; es más, la educación escolar nacional está marcada por esta guerra y una interpretación particular de la misma, [10] y los feriados o días festivos peruanos incluyen por lo menos un Ocho de Octubre conmemorando el Combate de Angamos y un Siete de Junio como Jura de la Bandera y desfile escolar.

La identidad militar es un proceso intenso que incluye la identificación nacional en su dimensión “homogenizadora”; pero a la vez esa igualación patriótica está referida directamente en oposición a enemigos anteriores. Lo que se pretende en este texto es señalar que el tipo de identidad militar-nacional que se genera, no sólo en los cuarteles, está marcado por la diferenciación de entre militares y civiles, pero también a partir de la clara oposición a los “otros” enemigos de la Patria como elemento aglutinador de la identidad corporativa militar. La importancia de ello es mayor cuando damos cuenta además de que en una sociedad de precaria identidad la institución castrense se convierte en el referente sólido de identidad nacional para muchos.

Para concluir, retomando las preguntas iniciales, la profesión militar se sienta en la necesidad de ubicarse fuera de la civilidad, pero a la vez se define en una lógica que parte de la desconfianza frente a anteriores países agresores . ¿Es posible plantear procesos de integración regional con importantes actores no capacitados para entender la necesidad de ello? ¿Se puede generar ”confianza mutua” con actores escépticos frente a procesos de acercamiento por temor a la agresión? ¿Podemos intentar algo así, cuando la opinión pública sólo puede asumir una lógica de amigo-enemigo con parámetros de resentimiento de más de un siglo y medio? El objetivo de este texto no era responder alguna pregunta, sino plantearla.

En un artículo de 1996 se decía “creemos necesario reiterar nuestra óptica acerca de que hoy las identidades nacionales deben verse más en función de proyecto futuro en común, que de pasado común”. [11] La coyuntura en que escribo este texto (abril de 2005) imprime cierto sarcasmo a esta cita, pero no por ello podemos dejar de señalar que la búsqueda de proyectos comunes de desarrollo es algo fundamental en lo que el Perú y nuestros países vecinos deben trabajar juntos. Un punto de partida necesario es la preparación y formación de profesionales encargados de implementar políticas públicas, este texto pretende llamar la atención sobre el punto, dejando la tarea no sólo en las manos de políticos y líderes de opinión sino incluyendo en la propuesta y el debate a cualquiera que se anime a hacerlo.

Datos:

[1] Florez, José Miguel. De botas locas y heterogeneidades: la fusión de distintas culturas en una sola identidad militar. Lima, 2004. www.interculturalidad.org

[2] Hurtado, Lourdes. Cultura, representación y otredad. Reflexiones sobre el colectivo militar peruano. Lima, Instituto de Defensa Legal, 2002.

[3] Florez, José Miguel. La educación militar en el Perú. El proceso educativo, los valores miñitares y la democracia . En: Felipe Agüero, Lordes Hurtado y José Miguel Florez Educación Militar en Democracia. Aproximaciones al Proceso Educativo Militar . Lima: Instituto de Defensa Legal, 2005.

[4] Para acceder a ideas sobre la influencia de los institutos armados en las especializaciones a los que sus miembros tras su formación básica, se puede revisar el trabajo de Lourdes Hurtado en el texto de Agüero, Hurtado y Florez citado anteriormente.

[5] Florez, José Miguel. La educación militar en el Perú. El proceso educativo, los valores militares y la democracia . Op cit. p. 145.

[6]Todos los testimonios registrados en este texto son parte de la investigación que sustenta las ideas vertidas en La educación militar en el Perú. El proceso educativo, los valores militares y la democracia .

[7] Ver la página referida a la Heráldica en www.ejercito.mil.pe

[8] Hurtado, Lourdes. Una reflexión sobre la fuerza armada peruana a partir del Informe Final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación . En: Lourdes Hurtado y otros Los nudos de la Defensa. Enredos y desenredos para una política pública en Democracia . Lima: Instituto de Defensa Legal, 2005.

[9]Florez, José Miguel. La educación militar en el Perú. El proceso educativo, los valores militares y la democracia . Op cit. p. 149-149.

[10] Al respecto, recientemente El Mercurio de Chile publicó un reportaje acerca de algunas ideas que historiadores peruanos tiene sobre la forma en que la historia peruana ha enfrentado la Guerra del Pacífico. La guerra, el nacionalismo y el origen de una nación: enemigos íntimos . Por Marcelo Somarriva Q. EL Mercurio, Domingo 17 de abril del 2005.

[11] Tomado de una editorial de la revista de Ser 2000, escrita por Edmundo Pedro Vaca, Identidad nacional e integración regional . www.ser2000.org.ar/articulos-revista-ser/revista-2/edit2.htm

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