| > Portada > Encuentros y Des-encuentros Cambios socio-culturales, vivienda y urbanización en Lima Juan Tokeshi G.S. [2]
Arquitecto y urbanista.
Juantokeshi@interculturalidad.org Los barrios populares miran el cielo de la ciudad. [1]  La literatura es una fuente inagotable de memorias que da cuenta de los cambios en la textura de la ciudad. Recordemos sino al pequeño personaje de Alfredo Bryce, Julius, cuando recorre la Lima de los cincuenta. Julius observa los cambios que se producen en su viaje desde Miraflores al Rímac, las casas que se hacen cada vez más pequeñas y de otra apariencia. Esos ojos infantiles se sorprenderían si recorrieran hoy distritos como San Juan de Lurigancho, Villa El Salvador o Los Olivos, como puntos cardinales de una nueva Lima. Son casas de mil colores: “las sin piel” de ladrillos expuestos, o la expresión del cartón, la madera o el plástico, siempre a medio construir o a medio acabar; éstas se combinan o se contagian en la continuidad de la calle con “las de piel”, tarrajeadas o enchapadas de tonos chirriantes, con ventanas y puertas, con techos inclinados y tejas. Conforme al signo de los tiempos, las casas “con piel” tienen formas de artefactos y de cristal templado, y reflejan en los fierros de construcción que sobresalen en las esquinas del último techo, los deseos de quienes las habitan y sus proyecciones futuras como bienes deseados. Son los barrios populares [3] , autourbanizados (por que se ocupan siguiendo el ciclo: invasión/construcción de la vivienda por etapas /legalización/ dotación de servicios y equipamiento/ crecimiento con una escalera exterior e inventando departamentos) y auto construidos (sin ingeniero o arquitecto, acompañado por un maestro de obra, contando con el ahorro familiar). Se trata de un acelerado proceso de ocupación urbana, donde antes sólo existía el silencio del arenal hoy se levantan más de quinientas mil viviendas que cubren como un manto de ladrillo y cemento los extremos de la ciudad. Es posible afirmar que dos de cada tres viviendas de la capital se asientan en la singular denominación de Pueblos Jóvenes.
Más de tres décadas han transcurrido desde la publicación de Un mundo para Julius, imaginemos por un momento la tierna mirada del personaje que se interroga sobre por qué se dan esas transformaciones en la ciudad popular. Trataremos con el siguiente ensayo, el primero de una serie, de responder a esa interrogante. El paisaje espacial de la ciudad popular
La modernidad, o el sentido común contemporáneo, es difícil de imaginar fuera del paisaje de la ciudad. Actualmente, nuestras ciudades son cada vez más singulares y populares, y se mimetizan con la vida de sus habitantes inmersos en la ola de la globalización, siendo o aparentando ser: múltiples, diversas y en constante(s) transformación(es). Son ciudades que deben comprenderse y tratarse como procesos de construcción, y por tanto en cambio permanente. El urbanismo convencional generalmente deja de lado el hecho de que dichos cambios se pueden generar mediante la expansión o consolidación territorial informal, por los impactantes procesos de inmigración y de autoconstrucción, la especulación urbana, la disminución de pobladores en cientos de centros poblados o la intensidad de usos del suelo, por lo multifuncional que pueden ser sus espacios públicos o lo segmentadas que pueden ser las economías locales, donde priman la comercialización o los servicios; creando así sus habitantes sus propias leyes, donde las dinámicas urbanas resultan lo permanente en un círculo continuo y confuso.
En las grandes ciudades de América Latina se vienen produciendo, en los últimos cincuenta años, una serie de transformaciones sociales y culturales que se expresan en la textura espacial del tejido construido. Nuestras ciudades ya no son hoy ciudades en proceso de crecimiento expansivo, sino en proceso de consolidación. Donde se observa mejor este fenómeno es en sus apreciables barrios populares, surgidos a la vera de los procesos de urbanización convencional en los años cincuenta, y que alojan hoy a porcentajes muy importantes de la población. La primera generación, la constituían familias de jóvenes conquistadores de ciudad y trabajo, que a fuerza de lucha fundaron barrios, construyendo paso a paso un tejido social, económico y espacial hasta transformarlo en ciudades, donde alojan hoy a sus hijos y nietos. Si bien la nueva población pobre tiene como posibilidad seguir fundando nuevos barrios en nuevas periferias urbanas, tiene una mejor oportunidad cuando se aloja en las ciudades ya formadas, con mejores posibilidades de vida y vivienda, “engordando la ciudad”.
El modelo inicial de urbanización caracterizado por lotes unifamiliares, fue premisa tanto de la ciudad oficial como de la formación de la ciudad espontánea, repitiendo desde perspectivas distintas un incipiente proceso de consolidación, transformándose y reciclándose en viviendas tipo edificio, o intentándolo ser, albergando a más de un núcleo familiar y propiciando su uso como fuente económica de ingresos.
Los iniciales barrios populares de las ciudades costeras peruanas, autourbanizados y autoconstruidos, de cuarenta y cincuenta años, han mostrado un gran dinamismo. Los Pueblos Jóvenes, ya no son tan jóvenes. Más importante aún, el signo de la barriada connotando marginalidad, es hoy icono de diversidad, debiendo ser reconocido como otra forma de textura espacial de nuestras ciudades.
La precariedad ha cedido paso a la instalación de servicios y equipamientos, así como la sustitución de las viviendas de material precario por las de material permanente, conocido en el habla popular como “material noble” (signo ideológico que alude más que a un ascenso social, a su resistencia frente a los embates sísmicos). En nuestros días esas viviendas ofrecen espacio a nuevas familias, generalmente relacionadas con aquellas que las edificaron. Ese espacio puede ser adecuado o sumamente restringido, dependiendo del tipo y la ubicación de los barrios en la ciudad; así como de las iniciativas que hayan tomado aquellas familias de primera generación respecto a su uso. En muchos casos, la vivienda que se inició como unifamiliar, ya es al menos bifamiliar, y hasta cuenta con locales productivos y comerciales en la planta baja. Allí donde sólo existían propietarios autoconstructores ahora existen propietarios inmobiliarios, pequeños y medianos, que tienen departamentos o cuartos que ofrecen a sus hijos o en alquiler.
El paisaje social de la ciudad popular
Una segunda constatación es que la ciudad popular, es otra forma de “hacer” ciudad, es allí donde germinan nuevas relaciones sociales, una manera de vida urbana, una identidad de barrio.
En un inicio, el silbido del vacío del arenal convocó las primeras tertulias y los pobladores se identificaron como migrantes, estableciendo las primeras cadenas de socialización: el paisanaje. El esfuerzo diario y las mismas necesidades forjaron en ellos nuevos mecanismos de convivencia y solidaridad, en la urbe son los vecinos y vecinas. El barrio se convirtió en un lugar de afirmación cultural y esparcimiento, se forjaron y cimentaron nuevas identidades en las jornadas comunales de trabajo colectivo (construyendo las veredas y el primer local escolar), así como en las fiestas patronales de procesión con banda, baile y comida. Con los años, el espacio barrial se convirtió también, para muchos de ellos, en su lugar de trabajo, la tienda, el taller o el puesto en el mercado.
Para las nuevas generaciones, nacidos en la geografía del arenal y los cerros, el barrio significa un lugar de encuentro y reconocimiento. Los niños crecen, juegan y se hacen de amigos en el espacio a medio construir. Para los jóvenes, el barrio lo representan la esquina, la calle y el deporte en la cancha de líneas imaginarias. En el improvisado parque se conocen las primeras parejas y un cobertizo del local comunal es una pista de baile. Los mayores, principalmente las mujeres, al estar más tiempo en el barrio, se reconocen en la cola del agua o el comedor, entablando conversaciones sobre las preocupaciones de las familias. Son los espacios de la comunidad que muchas veces se transforman en los gérmenes de la organización social.
La primera generación de conquistadores de ciudad, hoy son abuelos y abuelas. Ellos recrean sus espacios de comunicación ocupando los frentes de las casas, improvisando con sillas y bajo la sombra de árboles pequeñas alamedas. Cuidan de los nietos, recuerdan las primeras conversaciones y se felicitan porque luego de años de sacrificio han construido un espacio de (su) ciudad. El uso colectivo de los espacios diluye la aparente distancia entre el espacio de vida privada de la casa y la vida pública de la calle y parque, inventando con ello una manera muy propia de ciudad.
Dentro de un contexto urbano como el peruano, donde lo diferente es lo común, donde las continuidades temáticas se dan o se quiebran, cuando las características de confusión y aparente caos cobijan a más de la mitad de la ciudad, los principios de una “unidad” postulados por la urbanística tradicional resultan relativos e incomprensibles para interpretar esa “otra” forma de construir ciudad. [4]
Más bien, nuestras ciudades populares, son con seguridad aprehendidas a partir de múltiples versiones, como un todo simplificado e imaginario. Pensar la ciudad o el barrio significa, en principio, observar la realidad a través de un filtro de abstracción orientado por nuestras vivencias, intereses, deseos y carencias. Lo que encontramos dentro de nuestro imaginario colectivo, según intereses individuales o de grupo, son diferentes representaciones respecto a lo que es o debe ser la ciudad o el barrio.
El barrio, en ese sentido, es elaborado a partir de una generalización imaginaria que posibilita la realización de múltiples propósitos, antes que como realidad compleja. Entendido como entorno inmediato del hogar, lugar de la proximidad y reconocimiento, referente espacio-temporal de sueños, eventos y deseos; lo recreamos como unidad de vecindad coherente y armónica. Podemos pensar en todo lo que nunca ha sido y desearíamos que fuese.
El barrio, la vivienda de los sectores populares, migrantes y luego mestizos culturales, se constituyó en aquello que significativamente estuvo al margen de toda consideración, como otra fase de la luna. Adquirió carta de ciudadanía y al construirse a pulso, adquirió la dimensión de quienes lo habitaron, aunque no siempre fue la respuesta más sugerente y adecuada técnicamente. La ausencia de políticas claras dirigidas hacia los sectores pobres de la ciudad, creó la oportunidad de una ciudad alternativa, no convencional.
Los barrios populares han madurado y su imagen es de ciudad, sin duda otra manera de hacer ciudad. Donde mejor se expresa esa singularidad es en Villa El Salvador, suerte de paradigma de ciudad popular en el imaginario de su gente y en los ideales de los estudiosos urbanos. Citemos al sociólogo Carlos Franco que refiere tres características especiales en VES: “…en primer lugar, un modo de organización y distribución del espacio que no encuentra comparación con otras comunidades populares en el Perú; en segundo lugar, la específica modalidad de organización de la población que no se repite en otro lugar del Perú y Latinoamérica; finalmente, el contenido de su proyecto de desarrollo económico y social que es uno de los signos distintivos de la experiencia de la comunidad” [5] .
En los barrios populares donde la memoria colectiva se forjó en la reinvención de un territorio (Villa El Salvador o Huaycán), la idea de barrio adquiere un nombre propio, el de “comunidad urbana”. Esta denominación es la expresión que con mayor propiedad identifica a sus residentes, implicando vínculos con la tradición andina y la comunidad campesina que se resuelven creativamente en la ciudad al fusionarse con otras tradiciones culturales. Argüedas afirmaba que “las tradiciones de la vida social que empezaron a soldarse en las barriadas de Lima eran básicamente dos: la de los serranos y la de los costeños. Entre los serranos predominaba la experiencia rural andina; ellos provenían de comunidades y de haciendas, habían sido parceleros y estaban acostumbrados tanto a los mecanismos asociativos como a la pequeña propiedad. Los costeños pertenecían a una tradición algo distinta, con mayor influencia cultural de la población criolla, así como la negra y la mulata. En esta segunda tradición, la vida asociativa privilegia las redes de parientes, de paisanos o simplemente amigos. Mientras que la tradición serrana, aparte de esos mecanismos, comprende una adicional que está ausente en la costa. Lo que hace singular a la experiencia serrana es la vida en comunidad, donde la vida social se organiza a partir de la posesión colectiva de ciertos bienes, que ofrece la oportunidad para el trabajo común por aumentar esos bienes y administrarlos. Estas dos tradiciones fueron tremendamente útiles en la difícil situación impuesta por la migración y consiguiente urbanización masiva, en condiciones de ausencia de empleo en el sector moderno de la economía” [6] .
El futuro de la ciudad popular
En esta marcha hacia el arenal o ascendiendo los cerros que rodeaban a la primera Lima, se comprueba situaciones límites, la permanente exclusión en el discurso académico y la “vuelta de tuerca” del propio proceso. Son problemas que, sin duda, deben constituirse en retos.
Los años han permitido demostrar que las ciudades populares no son marginales, de aparente periferia son otros centros de continuidad, y de ser minoría son hoy la mayoría de las ciudades peruanas. “Un paso pequeño para un barrio, pero gigantesco para la ciudad popular” es lo conquistado. Lo importante es integrarse, dejar de ser particular, insular y archipiélago. Ser plural sin perder la identidad, generar derechos y deberes con toda la ciudad.
El discurso oficial desde la ciudad formal durante mucho tiempo señaló con cortapisas al “otro lado de la ciudad”, contraponiendo valores y limitándolo en sus derechos de ciudadanía. Falsas dicotomías pretendieron sustentar esas diferencias, contraponiendo calificativos como: espontáneo/planeado, informal/formal, no oficial/oficial. Los barrios populares se convirtieron en una forma de subcategoría que implicó marginación e indiferencia frente a una realidad que el tiempo ha demostrado pujante [7] . Lo ortodoxo no encontró mejor respuesta que la diferenciación. No entendieron los procedimientos de su planificación, que fueron participativos, y si bien supuestamente informales, ya completaron sus “papeles” y el mundo oficial empieza a aceptarlos por sus innovadoras respuestas.
Toda propuesta de política de desarrollo debe considerar en su agenda las apreciables iniciativas implementadas en la ciudad popular, como esbozos de Parques Industriales que agrupan a los pequeños y medianos empresarios, u organizaciones vecinales y funcionales autónomas como Comedores y Vasos de Leche; así como el potencial de inversión de los autoconstructores. Se trata de alternativas para un desarrollo con sostenibilidad social y económica que han conquistado el espacio de la inclusión, y son ejemplo para el conjunto de la ciudad.
¿Es el proceso seguido por los barrios pupulares generalizable para toda ciudad popular? Se puede afirmar que como toda ciudad, organismo y ser, el modelo barriada ha cumplido un ciclo y presenta signos perturbadores de agotamiento. No es posible seguir ocupando más tierras, cambiando usos o alterando el equilibrio ecológico del territorio, al igual que la ocupación de áreas destinadas para uso comunal o de equipamiento. La ocupación de los cerros en las partes más altas no permite accesibilidad y posibilidad de servicios. Los ejemplos más perniciosos se ven cuando se ocupan zonas de riesgo geográfico (laderas o terrenos con compromiso sísmico o problemas en la calidad del suelo) o arqueológicas (sin consideración de la historia del lugar y el derecho de patrimonio cultural que pertenece a todos sus habitantes). En otras ocasiones, un carácter especulativo y de lucro tergiversa los antiguos deseos de vivienda para las familias.
Conceptualmente, cuando la ciudad sigue creciendo hacia sus bordes, persistiendo en el error de una ciudad horizontal, genera des-economías urbanas. Se sigue pensando con hipótesis de barrio y no de ciudad.
Ante esta situación, se plantea la urgencia de trabajar nuevas respuestas y soluciones que intenten preservar y sobretodo mejorar la calidad de vida de los habitantes de la ciudad.
Como afirma el arquitecto Aquiles González, “…hoy en día las notables necesidades y capacidades de evolución del marco físico, hacen urgente y prioritario determinar aquello que puedan tener de específico los grandes proyectos de transformación del espacio construido, tanto en lo que respecta a los parámetros de análisis, a los métodos de aproximación a los proyectos, como a todo lo que se refiere a las especificaciones técnicas y la integración de los distintos saberes y sensibilidades necesarias” [8] .
Una alternativa es la construcción en altura o la subdivisión de lotes, creando más viviendas sobre el mismo terreno, que en genérico es un proceso de densificación habitacional.
La alternativa de la densificación habitacional
En Lima Metropolitana, según estimados del Censo de 1993, de un total de 370,000 lotes en Pueblos Jóvenes, alrededor de 200,000 han superado ya las etapas iniciales de crecimiento y se proyectan de manera espontánea e incontrolada hacia segundos pisos. Los Pueblos Jóvenes iniciales ya tienen importantes niveles de desarrollo urbano. Allí priman la diversidad en los medios de transporte, los núcleos comerciales y un sinnúmero de tiendas, talleres y colegios privados, de ruidos y colores chillones, cual moderna Babilonia. Esto último es sólo el reflejo de una de las dos caras de la moneda. En su interior se cobija también la heterogeneidad de los pobres, allí están -entre otros- los que habitan en cuartos hacinados o todavía a medio construir luego de décadas, así como las nuevas familias que optan por formar un nuevo asentamiento precario en la periferia de la primera ciudad, pretendiendo repetir sin éxito el resultado que obtuvieron los barrios ahora consolidados.
Nos encontramos frente al reto de cómo brindar cobijo a las futuras generaciones de limeños desde una perspectiva integral y en un horizonte de tiempo. El modelo clásico de invadir y crecer horizontalmente es una respuesta que ya cumplió su ciclo. Mientras tanto, crecer en la ciudad existente consolidando los esfuerzo de sus primeros pobladores, es la alternativa de los tiempos presentes. Entonces, observamos la densificación urbana no como problema sino como real posibilidad.
La apuesta por una ciudad compacta para la capital supone la capacidad de brindar servicio e infraestructura en condiciones de equidad. Los poco más de cien habitantes por hectárea que en promedio alberga hoy Lima, la convierten en una de las capitales Latinoamericanas de más baja densidad. A la vez, Lima se caracteriza por la desigual distribución de los bienes preciados de toda ciudad, como son la inversión en transporte, espacios públicos, agua y energía. Los estudios de pobreza indican que los mayores bolsones de familias jóvenes y con menores posibilidades de mejoras en su calidad de vida se ubican en la periferia de la ciudad de Lima, se trata de pequeños núcleos con mínimas condiciones de habitabilidad viviendo en las fronteras de los primeros barrios populares.
En los pueblos jóvenes de ayer se observan respuestas que, apelando a la imaginación en la autoconstrucción de las viviendas, plantean el cobijo a los hijos de los primeros ocupantes. Los casos exitosos muestran soluciones de escalera exterior o subdivisión del lote en la vivienda de los padres. Se trata de una suerte de departamentos, incipientes edificios multifamiliares o pequeñas quintas, mejorando así las condiciones de habitabilidad para la familia ampliada. Este fenómeno de utilizar los aires o remanentes de lotes ya construidos para convertir viviendas unifamiliares en bi- o trifamiliares, no es nuevo. En los años sesenta empezó con las clases medias, y ahora se generaliza a toda la ciudad. En los barrios en proceso de consolidación, se desarrolla la misma actividad de producir más alojamientos dentro del mismo lote.
Pensamos que se trata de generar un cambio cualitativo en la construcción de la ciudad, donde una de las aristas la constituye el proceso de densificación habitacional, que lo entendemos como una manera de reinventar el fenómeno urbano desde los propios actores, sumando las experiencias vividas hasta hoy por los autoconstructores de manera aislada y sin un mayor conocimiento técnico, con el conocimiento académico y la necesaria intervención de las políticas públicas.
Lo novedoso y lúdico en el empeño de imaginar un nuevo territorio supone la construcción de premisas claras: más que un crecimiento hormiga, de uno en uno, vivienda por vivienda, se trata de incentivar prácticas conjuntas con un carácter asociativo en lo espacial y social. Esto último implicaría sumar lotes y perfiles de manzana, así como contar con un servicio de asistencia financiera y técnica que guarde equilibrio con la magnitud de la demanda y sea propiciado por los organismos públicos (Municipalidades y Ministerio de Vivienda). Los servicios en mención pueden incluir crédito, además de asesoría de ingenieros y arquitectos con vocación de servicio y deseos de participación.
Finalmente, una intervención de política pública dirigida a renovar la ciudad y mejorar la vivienda urbana, supone transformar la ciudad a través de acciones integrales que busquen el equilibrio espacial, la distribución equitativa de sus recursos, así como posibilidades de desarrollo para todos sus habitantes. Fotografía: Juan Tokeshi
[1] Una primera versión de este ensayo fue publicada en la revista Bocetos, editada por la Escuela de Arquitectura de la Universidad San Martín de Porres.
[2] Arquitecto y urbanista. Se desempeña como docente universitario, consultor independiente y promotor cultural.
[3] En el Perú se han empleado tres denominaciones para los asentamientos humanos irregulares o espontáneos. Hasta los años setenta se les denominó barriadas. A partir de 1971 su denominación oficial fue Pueblo Joven y como consecuencia de la reunión de Hábitat I, en Vancouver en 1975, pasaron a llamarse oficialmente Asentamientos Humanos. En el presente ensayo los denominaremos barrios populares.
[4] La urbanización, fruto del proceso de industrialización que intentaron las ciudades latinoamericanas, generó unidades de barrio convencional, lotes unifamiliares con servicios e infraestructura que luego son intercambiados por el mercado. El proceso de generación de industrias que atrajo a grandes poblaciones del campo, quedó trunco y desarticulado en la década de los sesenta; la denominada política de sustitución de importaciones originó cinturones de miseria, subempleo y pobreza. Los propios migrantes, viajeros del campo a la ciudad, inventaron sus propios empleos asociando nuevas maneras de ocupar un territorio y construyendo sus propios cobijos. Autoconstruyeron y autourbanizaron tierras con poco valor comercial, en un inicio cerca de las zonas fabriles y luego en los extensos arenales y las pendientes de los cerros. Una invención de barrio que es hoy ciudad.
[5] Carlos Franco, investigador social, en “La experiencia de Villa El Salvador: del arenal a los logros fundamentales a través de un modelo social de avanzada”. En Pobreza un tema impostergable: nuevas respuestas a nivel mundial, México: Fondo de Cultura Económica, 1993.
[6] Arguedas, J.M., El Zorro de arriba y el zorro de abajo. En Obras completas, Volumen V, Lima, 1983: 101.
[7] No debe olvidarse que un 65% del acero de construcción y del cemento formalmente producido se emplea en levantar las viviendas de producción progresiva, localizadas en su gran mayoría en los llamados Pueblos Jóvenes. El 70% del PBI de la construcción de vivienda es realizada por los pequeños y micro empresarios del sector, fundamentalmente por autoconstrucción directa o propiciados en pequeñas sociedades con maestros de obra (Datos ofrecidos por las estadísticas oficiales y la Cámara Peruana de la Construcción-CAPECO).
[8] . En Gonzáles, A. (Ed.), La gran escala- Atenas 2001, Barcelona: Vértigo Publishers, 2002: 6. El arquitecto Aquiles González Raventós es Director del Máster de la Gran Escala de la Universidad Politécnica de Cataluña. |
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