| > Portada > Encuentros y Des-encuentros Por amor a la patria [*] Claudio Lomnitz. PhD ¿En qué se basa la identidad de los estadounidenses? ¿Por qué los hispanos pueden ser una “amenaza” para la identidad norteamericana? ¿Por qué el multiculturalismo es una “ideología anti-occidental”? Estas son algunas de las preguntas que se abordan en el polémico libro de Samuel Huntington: Who we are? The Challenges to America’s National Identity, New York, 2004. Claudio Lomnitz, distinguido profesor de Antropología y Estudios Históricos de la New School University, las retoma críticamente y con un fino humor en el comentario que aquí presentamos.
Habrá quienes se hayan sentido desconcertados al preguntarse por la identidad de los Estados Unidos: Harvard ha llegado para ayudarles. Samuel Huntington, que dirige su Academia para estudios regionales e internacionales, explica que la identidad norteamericana ya no es racial ni étnica, ni se basa en la adhesión a un conjunto de leyes y principios. Quienes pensaran que eran norteamericanos por la simple razón de que tenían pasaporte norteamericano, están equivocados. La identidad norteamericana se define por la cultura y, según lo explica Huntington, los norteamericanos son culturalmente anglo-protestantes. Es decir: si alguien se siente norteamericano, se puede apostar a que es culturalmente anglo-protestante aunque, bajo ciertas circunstancias, también pueden serlo los musulmanes negros.
Algunos anglo-protestantes tienen la vanidosa idea de que son más anglo-protestantes que otros. Se equivocan en eso. No tiene mucho sentido la pretensión de la “supremacía blanca”, porque todos somos bastante supremos en este país. Por eso somos ¡el número uno! (¡Somos el número uno! ¡Somos el número uno! ¡Somos el número uno!) De hecho, la mayoría de nosotros comparte los rasgos básicos de la cultura anglo-protestante, que de acuerdo con Huntington [1] son: “el idioma inglés, el cristianismo, el compromiso religioso, las nociones inglesas de imperio de la ley, responsabilidad de los gobernantes y derechos individuales, y los valores protestantes del individualismo, la ética del trabajo y la creencia de que los hombres tienen la capacidad y la obligación de crear el cielo en la tierra, una ‘ciudad en la colina'”. (p.40)
Los partidarios de la “supremacía blanca” no son los únicos que confunden la cultura con la condición racial y conviene que los negros no se dejen engañar. Pueden verse negros, pero culturalmente son anglo-protestantes. Puede ser cierto que el 44% de los presos en cárceles norteamericanas son negros, siendo que como grupo de población representan sólo el 12% del censo [2] , pero los afro-americanos se sienten interpelados por las nociones inglesas de los derechos individuales, el imperio de la ley y la ética del trabajo, tanto como todos los demás. Se puede tomar el ejemplo de Colin Powell. “Cuando la gente ve a Colin Powell puede ver a un negro, pero también ve a un Secretario de estado, a un general retirado de cuatro estrellas, al comandante del ejército norteamericano en una guerra breve y victoriosa, y quienes tengan preocupaciones internacionales verán al principal defensor en el gobierno de Bush de una política exterior multilateral” (p.309). Es bastante anglo-protestante.
Nada de esto necesitaría decirse, si no fuera por la confusión que se ha introducido recientemente al respecto. A la identidad norteamericana le iba muy bien hasta la década de los sesenta, cuando comenzó a ser atacada por un puñado de mezquinas identidades subnacionales y siniestras y traicioneras identidades transnacionales. “La bandera de las barras y las estrellas estaba a media asta y otras banderas ondeaban más alto en el mástil de las identidades norteamericanas” (p.5). Los sesentas se recuerdan por las orgías, los bailes y la revolución sexual, en medio de todo eso los norteamericanos de aquellos tiempos no pudieron elevar su identidad más allá de la mitad del mástil. Y las cosas no han hecho más que empeorar desde entonces.
El fin de la Guerra Fría dejó a los Estados Unidos sin un enemigo común. Como consecuencia, sus elites se han vuelto cosmopolitas y multinacionales. Haber ganado una guerra y tener una elite mundana son de por sí cosas bastante malas; pero hay otro motivo de alarma más inmediato, otra amenaza para la identidad norteamericana, aún más apremiante: la actual invasión “hispana”.
Mucha gente piensa que no hace falta explicar por qué los hispanos son un problema (¡Si ya los conocen!). Hay que dejar de lado los prejuicios y hablar con franqueza: la cruda verdad es que los hispanos no hablan inglés. Al menos hasta que lo aprenden. Es verdad, pueden parecer casi tan anglo-protestantes como Colin Powell, Condi Rice o Clarence Thomas, pero no lo son. De hecho, los asiático-americanos y los afro-americanos son auténticos anglo-protestantes en un sentido en que los meseros del restorán de la esquina no podrán serlo nunca. La razón es la siguiente.
Hay un malentendido frecuente que consiste en suponer que Estados Unidos es una nación de inmigrantes. No lo es en absoluto. Los padres fundadores de la nación no fueron inmigrantes, dice el profesor Huntington: eran colonos. “Los colonos y los inmigrantes son fundamentalmente distintos. Los colonos abandonan una sociedad anterior, normalmente en grupos, con la intención de crear una nueva comunidad, una ciudad en una colina, en un territorio nuevo y con frecuencia también distante. Están imbuidos de un sentido de propósito colectivo. Implícita o explícitamente suscriben un contrato o una constitución que define las bases de la comunidad que van a crear, así como su relación colectiva con su patria de origen.” (p.39)
Lo que trajo a América a los colonos no fueron los intereses políticos británicos ni la búsqueda de provecho económico, no había entre ellos ni siervos ni aventureros. “Los colonos de los siglos XVII y XVIII vinieron a América porque era una tabula rasa. Aparte de las tribus indias, que podían ser aniquiladas o desplazadas hacia el oeste, no había ninguna otra sociedad...” (p.40) Está clarísimo. Aparte de la sociedad que había allí, no había allí ninguna sociedad… La situación de los inmigrantes es enteramente distinta. Sus ideales colectivos no suelen ser tan elevados y normalmente no pueden matar a todos los que viven en el territorio al que llegan, de modo que no pueden convertirse en padres fundadores. ¡Hace falta una guerra para enarbolar una bandera! Pero resulta que los inmigrantes no pueden llegar a eso: ¿cuándo se ha visto a una aglomeración de miserables construir “una ciudad en una colina”? Los inmigrantes no hacen otra cosa más que adaptarse a una cultura preexistente (a menos que sean mexicanos).
Con frecuencia nos quejamos de que las ciencias sociales no consigan establecer leyes generales; Samuel Huntington puede: incluso se las ha arreglado para elevar su idea al estatus de “Doctrina”. El ciudadano común y corriente que tiene la impresión de que la cultura norteamericana es un proceso cambiante e indefinible, es que no ha tomado en cuenta la “Doctrina del Primer Asentamiento Efectivo”. Es una idea que Huntington toma de la obra de un geógrafo llamado Wilbur Zelinsky. Hasta donde sé, no tiene ningún parentesco con el señor Zelinsky de la película “Querida, encogí a los niños”, pero la Doctrina del Primer Asentamiento Efectivo parece tener la misma capacidad para encoger la historia cultural de la Modernidad y reducirla al tamaño que tenía Jamestown en 1620. Por lo visto, Zelinsky argumenta que “en términos de la duración de su impacto, las actividades de unos pocos cientos o incluso de un puñado de colonos iniciales puede significar mucho más para la geografía cultural de un lugar que las contribuciones de decenas de miles de nuevos inmigrantes, algunas generaciones más tarde” (citado en p.41).
La idea puede parecer fácil de ridiculizar. Después de todo, si la cultura norteamericana fue creada en el siglo XVII, ¿por qué la gente no usa pelucas, jubones y enaguas? ¿Por qué no corta leña ni colecciona cabelleras indias ni quema brujas ni nadie lleva cosida una letra escarlata? ¿Cómo es que esa sabia y antigua cultura anglo-protestante nos ha llevado a los modernos a usar consoladores y a contemplar a Jerry Springer? Hay respuestas para todo eso. La cultura tiene sus flecos exteriores (como arrancar cabelleras y usar consoladores) y tiene su núcleo básico (como Jerry Springer, seguramente). El núcleo es como una semilla y todo crece a partir de ella. Así lo dice Samuel Huntington: a partir de la cultura anglo-protestante “los colonos desarrollaron en los siglos XVIII y XIX el Credo norteamericano, con sus principios de libertad, igualdad, individualismo, gobierno representativo y propiedad privada” (p.41).
El principio de libertad religiosa fue propuesto por los muy-británicos-y-muy-protestantes padres fundadores como un mecanismo para evitar que la religión fuese contaminada por el Estado. “La ‘separación de la iglesia y el Estado' es el corolario de la identidad entre religión y sociedad. Su propósito, como lo ha dicho William McLoughlin, no era hacernos libres de la religión, sino hacernos libres para practicar la religión (p.85).” Es decir: para Huntington hay una identidad entre “religión” y “sociedad” en los Estados Unidos; atrapados por esa astuta maniobra, tipo Catch-22, caemos en la cuenta de que la separación entre la iglesia y el Estado es precisamente una prueba de esa identidad, porque una sociedad que es de verdad religiosa no quiere tener nada que ver con el Estado (Huntington dixit). Será por eso que la sociedad medieval española mezclaba las cosas: era una sociedad tan notoriamente secularizada que instituyó el Tribunal del Santo Oficio, con todo el apoyo de la monarquía.
Las consecuencias prácticas de todo lo anterior son para quedarse pasmado. Lo fundamental es que la Doctrina del Primer Asentamiento Efectivo permite a Samuel Huntington una operación ideológica similar a las adquisiciones corporativas ventajistas: con sólo un 16% de las acciones, los anglo-protestantes consiguen ser los Estados Unidos. Si alguien piensa que ser norteamericano significa la posibilidad creer en lo que cada quien quiera creer, está equivocado: la gente podrá creer en cualquier cosa, es verdad, pero sólo gracias a que comparte la cultura anglo-protestante. Quien no lo reconozca más vale que vaya a verificar sus niveles de lealtad patriótica (o que acuda a la Oficina de Seguridad Interior más cercana).
Tomemos por ejemplo a los comunistas. Alguna gente cree que hay (o hubo) tal cosa como un comunismo norteamericano. De ninguna manera. La expresión “comunismo norteamericano” es un oximoron: no se puede ser culturalmente norteamericano y ser ateo, no se puede ser norteamericano sin suscribir “el Credo”. Los ateos, según lo explica Samuel Huntington, “son ‘extraños' en la comunidad estadounidense” (p.82). No hay que dejarse engañar por lo que digan las elites cosmopolitas. Desde la independencia, “los norteamericanos no han dudado en perseguir, discriminar y excluir a quienes consideran que no se adhieren a la fe norteamericana” (p.48).
A estas alturas, los asiáticos, negros, judíos, budistas, comunistas o ateos que tengan pasaporte norteamericano sentirán seguramente que la bandera de su orgullo nacional está a media asta. No hay que preocuparse demasiado. Huntington tiene también un remedio para eso. Es verdad que todos ellos se lo deben absolutamente todo a los severos puritanos que llegaron a Plymouth, pero aun así pueden tener un consuelo: aquellos puritanos inventaron el Credo norteamericano “con sus principios de libertad, igualdad, individualismo, gobierno representativo y propiedad privada”, ese Credo que es un faro para todo el mundo; los negros, judíos, ateos y demás pueden contarse entre los primeros en reconocer ese hecho y ser apreciados en consecuencia. Como lo dijo el juez Antonin Scalia: “Ante los ojos del gobierno, sólo hay una raza aquí. Es norteamericana” (citado aprobatoriamente en p.155).
Con todo, la teoría puede tener sus inconvenientes. Una pequeña dificultad de la Doctrina del Primer Asentamiento Efectivo se refiere precisamente al origen del “Credo norteamericano”. La idea de la separación del Estado y la Iglesia, tal como se desarrolló en Francia e Inglaterra, no fue un producto de la religión protestante sino de las guerras de religión entre protestantes y católicos y de los protestantes entre sí. Para dar un ejemplo, Thomas Hobbes construyó el edificio conceptual del absolutismo fundándolo no en la voluntad de dios, sino en la idea del estado de naturaleza como guerra permanente; el Soberano debía situarse por encima de las partes en conflicto, elevándose precisamente como un dios. Las ideas de Juan Bodino, en Francia, conducían igualmente a la separación entre la soberanía y la iglesia. John Locke (que tampoco se menciona como posible fuente de inspiración para las ideas “norteamericanas” de libertad, propiedad, individualismo e igualdad) pensaba que el comercio era demasiado importante para la riqueza y el poder de las naciones, como para permitir que fuese estorbado por las diferencias religiosas. Todos esos eran seguramente asuntos menores y sin importancia para los Padres Fundadores, porque no les interesaba construir una república poderosa, sino crear un espacio para la religión.
Parece un detalle insignificante. Ahora bien: un pequeño defecto como éste puede tener enormes consecuencias cuando se trata de poner en operación un programa tan ambicioso como el Programa de Primer Asentamiento Efectivo, versión 2.0, de Samuel Huntington. Este minúsculo estorbo tiene la virtud de atribuir la separación de la iglesia y el Estado al conflicto entre distintas religiones, en lugar de conceder la totalidad de los derechos de autor a la cultura anglo-protestante norteamericana. Debido a esto, los especialistas han identificado el mecanismo como una variante del virus “Otros-También”. Generalmente, el virus “Otros-También” aparece con un inocente saludo, diciendo “¿Me recuerdas?” o “¡Co-responsabilidad!”, pero si se abre el archivo adjunto puede dejar bloqueado el sistema operativo durante meses.
Los cristianos son especialmente vulnerables a los ataques del virus “Otros-También”, porque apela a la modestia y a la responsabilidad. Por esa razón, según parece, el departamento de Estado ha publicado una advertencia al respecto: “Prestar atención al virus ‘Otros-También' implica el riesgo de amar al prójimo”. Hace falta leer el libro de Samuel Huntington para darse cuenta de que eso es mucho más peligroso de lo que se podría creer. “Las teorías de fines del siglo veinte de la distintividad y la identidad social, la sociobiología y la teoría de la atribución, todas apoyan la conclusión de que el odio, la rivalidad, la necesidad de enemigos, la violencia personal y colectiva arraigan ineluctablemente en la psicología y la condición humana” (p.27). Ahora bien: aparte de ocasionar confusión y oscurecer esas realidades básicas de la condición humana, el virus “Otros-También” tiene efectos acaso menos espectaculares pero más inmediatos. El “Otros-También” puede hacer que se pierdan todos los beneficios, regalías y pagos por derechos de autor que legítimamente pueden reclamar los Estados Unidos por el uso de los términos Libertad ®, Igualdad ®, Propiedad Privada ® o Imperio de la Ley ®. Cada victoria de los Estados Unidos y cada signo de adhesión o simpatía implica suscribir y adoptar la cultura anglo-protestante. Los norteamericanos no pueden limitarse a manifestar su admiración de dientes afuera por los Padres Fundadores, como Benjamin Franklin, y permitir que haya vagos y gorrones que se aprovechan de su legado, sin darles el debido crédito (parafraseando al viejo Ben: “Libertad ® es dinero”).
El Departamento de Estado ha manifestado su confianza en la eficacia del producto diseñado por Samuel Huntington y cuenta con que tenga un efecto saludable sobre la mayoría de los lectores norteamericanos; sería lo más lógico, puesto que “a lo largo de la historia de los Estados Unidos, gentes que no eran blancos, anglosajones ni protestantes se han convertido en estadounidenses porque han adoptado la cultura anglo-protestante y los valores políticos de los Estados Unidos. Esto ha sido benéfico para ellos y para este país” (p.61). A pesar de todo, podría haber quienes todavía guardasen algún rencor poco cristiano contra el núcleo anglo-protestante de la nación; a ésos les recuerda Samuel Huntington que también la lucha contra la discriminación racial y sexual–un gran logro estadounidense- fue posible sólo “porque varias generaciones sucesivas de norteamericanos mantuvieron su apego a la cultura anglo-protestante y al Credo de los colonos fundadores” (p.xvii). Como todas las ideas verdaderamente grandes, el principio básico del patriotismo huntingtoniano es muy simple: consiste en no reconocer nunca que nada importante pueda tener otro origen, sino el genio de la cultura anglo-protestante.
Esto nos lleva de nuevo al problema de los mexicanos. Uno podría preguntarse por qué razón alguien de la estatura de Samuel Huntington, que hasta ahora se había ocupado de la epopeya del choque de las civilizaciones, viene a fijarse en algo tan bajo e insignificante como la población mexicana. La actual situación migratoria de los Estados Unidos ¿implica una amenaza así de grave? ¿Algo que no puede manejarse con los métodos tradicionales, con programas clásicos como el de Preservación de Fluidos Corporales Preciosos, versión 1.0 (Dr. Strangelove ®)?
La respuesta es que sí. Debido al volumen de la nueva inmigración mexicana, a la calidad de las nuevas tecnologías de telecomunicaciones y al apoyo de una elite antipatriótica, multiculturalista y cosmopolita, los hispanos ya no tienen necesidad de adoptar los grandiosos valores de la cultura anglo-protestante. El problema con los hispanos es que de verdad son diferentes y además hay muchos. Resulta particularmente ofensivo y humillante que los hispanos hablen español, pero además se resisten a la ética del trabajo anglo-protestante y son más leales a su país de origen que a los Estados Unidos. Los hechos son elocuentes y todos apuntan en esa dirección.
El nivel educativo de los mexicanos es relativamente muy bajo cuando llegan a Estados Unidos (¡no es fácil conseguir médicos y abogados mexicanos para la recolección de uvas!). Huntington no hace mucho escándalo por eso, pero señala que el aumento de escolaridad de una generación a otra es bastante lento, y explica que se debe a la cultura mexicana que es muy fuerte y también (seamos francos) bastante estúpida. Huntington tiene la suficiente discreción y prudencia para no meterse a discutir este asunto, que podría ser tan bochornoso. Yo que soy un poco mexicano puedo atreverme a ser más explícito, podría incluso añadir a las ansiedades del profesor Huntington el espanto que me inspira la posibilidad de ver a esta gran nación invadida por el kitsch mexicano. Ahora bien: con toda su discreción, Huntington no puede dejar de manifestar su preocupación por el hecho de que los mexicanos efectivamente aprecian el español, que les preocupa de verdad lo que sucede en México y que además se dejan llevar sistemáticamente por el impulso antipatriótico de enviar dinero a sus familiares que viven del otro lado de la frontera, en lugar de invertirlo en Estados Unidos (como hacen todas las compañías norteamericanas).
Hay algo más: pagar por toda clase de cosas bilingües resulta muy caro y los contribuyentes norteamericanos no tienen por qué cargar con ello. Según nos recuerda Huntington, en el año 2001 el Congreso destinó 446 millones de dólares a los programas bilingües; es verdad que se gastaría mucho más si se quisiera invertir en educación pública de calidad en los barrios de inmigrantes de escasos recursos, pero ¡aún así! Después de haber tirado por el desagüe en Irak varios cientos de miles de millones de dólares, es lógico que el público norteamericano se tome un respiro; bien mirado, ¿por qué tenemos que pagar toda esa publicidad, carteles y mensajes en español para invitar a los jóvenes a incorporarse al ejército? [3] .
Pero me he desviado un poco. El punto es que resulta muy caro. Y eso no es lo peor, sino que es dinero gastado para dar alas al multiculturalismo. El multiculturalismo, según lo explica Huntington de forma lapidaria, “es básicamente una ideología antioccidental” (p.171). Como todos sabemos, Occidente ha defendido siempre los derechos individuales y sólo con la moda del multiculturalismo ha visto aparecer “derechos colectivos”. Los británicos, por ejemplo, no tuvieron nada que ver con la organización legal de las castas en la India colonizada; las compañías estadounidenses que trabajan en México y Centroamérica nunca le han pagado más a los empleados que son ciudadanos de los Estados Unidos; el apartheid sudafricano, si vamos a ésas, fue inventado por los zulúes. Pero volvamos al problema de la educación. La elite multiculturalista de los Estados Unidos ha abandonado por completo la idea de una educación occidental, al grado de que en los libros de texto de educación básica en California y Texas “no hay ningún relato en que figuren Nathan Hale, Patrick Henry o Daniel Boone, o en que se hable de la cabalgata de Paul Revere” (p.174). ¿Podemos permitir semejante ultraje a nuestro Partenón?
Sin educación –es decir: sin una educación occidental- ¿qué podemos esperar de los mexicanos? Trabajan como tortugas y se reproducen como conejos. A diferencia de los norteamericanos, que “trabajan un mayor número de horas, tienen menos vacaciones, reciben menos compensaciones por desempleo, incapacidad o retiro y se jubilan mucho más tarde que la población de sociedades comparables” (p.30). ¿Por qué? Es obvio, por supuesto: por la vieja cultura anglo-protestante. Si alguien no está de acuerdo con las condiciones de su empleo en los Estados Unidos, más vale que corrija su actitud (también puede acudir a la Oficina de Seguridad Interior más cercana). “En otras sociedades la herencia, la clase, la jerarquía social, el origen étnico y la familia son las principales fuentes legítimas de estatus. En Estados Unidos es el trabajo” (p.71). Por eso se explica que el actual presidente de los Estados Unidos sea hijo de un presidente de los Estados Unidos. Los mexicanos son otra cosa.
Para hablar sobre la actitud hacia el trabajo de los mexicanos Huntington recurre a unos cuantos notables mexicanos que son ampliamente reconocidos por su experiencia en trabajos manuales: Carlos Fuentes, Jorge Castañeda y unos pocos más. Con ese apoyo puede resumir la cultura laboral de los mexicanos en los siguientes términos: “el filósofo mexicano Armando Cíntora ha explicado las deficiencias de la población mexicano-americana en la educación y en otros muchos campos a partir de un conjunto de actitudes que pueden expresarse en tres frases: ‘Ahí se va', ‘Mañana se lo tengo' y el ‘valemadrismo'.” (p.254) Seguramente los meseros del Club de Harvard no dan el ancho, pero a fin de cuentas ¿quién los necesita? La verdad es que los estadounidenses han estado paseándose por el mundo por demasiado tiempo y ya es hora de que vuelvan a vigilar bien sus fronteras.
La preocupación de Huntington por los hispanos se refiere finalmente a dos asuntos: su dudosa lealtad hacia los Estados Unidos y el efecto que pueden tener sobre la cultura norteamericana, por su cantidad. Todo lo cual se resume en la noción de “seguridad societal”: “La seguridad nacional tiene que ver sobre todo con la soberanía, mientras que la seguridad societal remite sobre todo a la identidad, a la capacidad de un pueblo para mantener su cultura, sus instituciones y su modo de vida” (p.180).
Los hispanos son actualmente la mayor de las minorías en los Estados Unidos y en algunas regiones del país llegan a ser una mayoría. Dada su lealtad hacia sus países de origen, su obstinado apego al español y sus hábitos inferiores de trabajo, son una amenaza para la cultura y la identidad de los primeros pobladores (y no me refiero a los indios Hopi). Verdaderamente es injusto que los norteamericanos tengan que ocuparse de imponer paquetes de reformas económicas en México y de organizar golpes de Estado en Guatemala y que además tengan que recibir inmigrantes de esos países. ¡Debe haber un límite incluso para la carga del hombre (o la mujer) culturalmente anglo-protestante! En vista de todo eso, Huntington ha decidido unirse a la Iglesia de los Spenglerianos del Último Día:
Todas las sociedades se enfrentan de modo recurrente a amenazas que ponen en riesgo su existencia, y en algún momento acaban por sucumbir. Sin embargo, algunas sociedades, incluso ante amenazas semejantes, son capaces de aplazar su desaparición deteniendo y revirtiendo los procesos de decadencia y renovando su vitalidad y su identidad. Creo que Estados Unidos puede hacerlo y que los norteamericanos deben renovar su compromiso con la cultura anglo-protestante, con las tradiciones y los valores que por tres siglos y medio han sido asumidos por norteamericanos de todas las razas, etnias y religiones, y que han sido la fuente de su libertad, su unidad, su poder, su prosperidad y su liderazgo moral como fuerza del bien en el mundo (p.xvii).
Quisiera concluir este comentario en un tono un poco más serio. Los norteamericanos tienen todo el derecho de preocuparse por los cambios que se están produciendo en su sociedad y en sus costumbres, y tienen el mismo derecho que cualquier otro país, ni más ni menos, para tratar de regular la inmigración. No es razonable, sin embargo, que supongan que su sociedad es la única que está cambiando, ni lo es tampoco que se olviden de que su país ha influido considerablemente para producir los cambios del mundo actual.
La sociedad mexicana ha cambiado por la influencia de los Estados Unidos mucho más de lo que ha cambiado la sociedad norteamericana por la influencia de México; las consecuencias negativas de esos cambios han sido al menos tan importantes en México como pueden haberlo sido en Estados Unidos. Igualmente, ambos países se han beneficiado con la relación y han favorecido cambios positivos en la otra parte. Los norteamericanos hoy tienen que aprender español para hablar con sus jardineros en California o para hacer negocios en Miami, lo mismo que los mexicanos en México tienen que aprender inglés. Samuel Huntington tiene razón cuando dice que hace falta poner más atención y hacer un mayor esfuerzo para impulsar la educación de los inmigrantes, pero esa educación no puede reducirse al juramento de lealtad, Paul Bunyan y los recuerdos de El Álamo. Por otra parte, si los norteamericanos están de verdad interesados en detener esa oleada de gente que intenta desesperadamente migrar a los Estados Unidos, no sería mala idea que se uniesen con otros países ricos que tienen la misma preocupación –Europa, Japón- y con los países de los que salen los migrantes para hacer algo en serio por mejorar la situación del mundo.
Samuel Huntington dice que su solución para el dilema identitario de los Estados Unidos es una solución nacionalista. Sin duda lo es. Pero también es una solución imperialista. A pesar de todos sus coqueteos con la derecha cristiana, Huntington es sobre todo un estratega político, una especie de pequeño Maquiavelo en traje de predicador: su libro está pensado para un mundo de imperios en lucha y no para las sesiones de lectura de la Biblia en los Ozarks.
El imperialismo de Huntington funciona como sigue. Más allá de los discursos sobre la cultura, lo que define en el fondo la identidad norteamericana es la ciudadanía y el territorio. Quienes han nacido en los Estados Unidos son norteamericanos. Eso no tiene vuelta de hoja, aunque Huntington pretenda restar importancia a la dimensión territorial, hasta hacerla casi insignificante: “La identidad norteamericana ha tenido varios componentes. Históricamente, sin embargo, el territorio no ha sido uno de ellos” (p.49). ¡Como para decírselo a la Patrulla Fronteriza! La ciudadanía y el territorio son centrales para su definición; eso es lo que permite a Huntington identificar un problema mexicano, eso es lo que lo lleva a escoger a los mexicanos: sería impensable que intentara hacer algo parecido con los afro-americanos, a pesar de que ellos también han ocupado una posición relativamente estable como clase marginada en la sociedad norteamericana.
Ahora bien: la pretensión de definir la identidad nacional a partir de un contenido concreto y fijo (esa serie de generalizaciones y abstracciones que el profesor Huntington llama “cultura anglo-protestante”) es una maniobra para conformar lo que el Juez Scalia llamaba, con expresión muy reveladora, una “raza norteamericana”. Una vez hecho eso, una vez que se ha definido quién está dentro y quién está fuera, una vez que se llega a estar embriagado con ese sentimiento de superioridad moral y esa conciencia de privilegios colectivos, entonces es posible dedicarse a gobernar el mundo.
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Publicado en: ¿Quienes somos? Crítica a Samuel Huntington, Fernando Escalante Gonzalbo (Ed.), México: Paidós, 2004. |
[1] |
Las citas de Huntington remiten a la edición en inglés del libro: Samuel P. Huntington, Who we are? The Challenges to America's National Identity. New York: Simon and Schuster, 2004, 428pp. |
[2] |
“Incarcerated America”, Human Rights Watch Backgrounder, April 2003, http://www.hrw.org/usa/incarceration/. |
[3] |
http://www.goarmy.com/spanish/index.htm |
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