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Cultura y sociedad
multiculturalidad y cuestión nacional
Nelson Manrique Gálvez
Profesor del Departamento de Ciencias Sociales de la PUCP.
Estudios de Doctorado en Historia y Civilización,
École de Hautes Études en Sciences Sociales, París.
Magíster en Sociología de la PUCP. Lima , Perú.
La voluntad declarada del presidente Alejandro Toledo de reivindicar las culturas tradicionalmente marginadas por el Perú oficial, ha puesto en el orden del día la cuestión de la multiculturalidad. Para un historiador, este tema no puede plantearse independientemente de la cuestión nacional.
Estado y diferencia cultural
La existencia de las diferencias culturales ha sido una constante en la historia de la humanidad y antes de la emergencia de la sociedad moderna no constituía un problema de la envergadura que adquiriría luego de la aparición del estado-nación. Por cierto, los imperios antiguos -ya fuera el imperio romano o los imperios prehispánicos de América- imponían determinados elementos culturales a los pueblos que conquistaban, como la lengua latina, o el quechua imperial, así como los cultos religiosos imperiales (el culto a Apolo, al Sol). Pero éstos se sumaban a los elementos culturales propios y por debajo de las linguas francas y los cultos oficiales las antiguas creencias y las lenguas maternas seguían viviendo vigorosas. No se esperaba que los conquistados renunciaran a su propia cultura. Es por eso que el culto solar incaico murió con la caída del Tahuantinsuyo (no conozco una comunidad en los Andes que lo mantenga), mientras que el culto a los apus, mallkus y wamanis, los dioses tutelares de carácter local, anteriores a la expansión incaica, continúa vigoroso al comenzar el siglo XXI.
Similarmente, el quechua imperial hablado por la elite cusqueña no logró erradicar las diferentes lenguas andinas, a pesar de la homogeneización lingüística a que durante la colonia empujó el trabajo de los curas doctrineros, predicando en las viejas lenguas principales del imperio.
Es con la emergencia del estado-nación que la diferencia cultural se convierte en un problema. Aunque la ideología nacionalista cree que el origen de las naciones se pierde en la noche de los tiempos, en realidad las naciones -en la acepción moderna del término- nacieron hace relativamente poco; en nuestro caso hace apenas 180 años, con la Independencia. Y si se cree que éste es un fenómeno excepcional, baste recordar que Alemania e Italia nacieron medio siglo después que las naciones hispanoamericanas, y
que buena parte de las naciones de Europa Oriental nacieron cerca de un siglo después (es de señalar que varias de ellas desaparecieron a fines del siglo XX, luego del estallido de la URSS y la fragmentación de las sociedades que ella controlaba).
Capitalismo, evolucionismo y cuestión nacional
El horizonte histórico del estado-nación corresponde gruesamente con la expansión del capitalismo a nivel mundial y, sobre todo, con la fase industrial del desarrollo capitalista. Sabemos que el capitalismo se originó en Europa y desde allí se lanzó a la conquista del mundo. El horizonte mental de la época está fuertemente influido por las ideas evolucionistas que culminarían en los célebres estudios de Charles Darwin. Pero la idea de
que el motor de la historia es la lucha por la supervivencia, y que la selección natural consagra la natural supremacía de los más aptos, pretendía explicar no sólo los fenómenos naturales sino también los sociales.
Se suele olvidar que Darwin tomó la formulación de su célebre ley literalmente de uno de los padres fundadores de la Sociología , Herbert Spencer, que la había enunciado para explicar la historia (social) de la humanidad. Inclusive, Carlos Marx no consideró necesario formular una teoría de la cultura (a pesar de su propósito declarado de construir una teoría capaz de explicar la totalidad social), posiblemente porque creyó que la expansión de la forma-mercancía a nivel mundial, desapareciendo los modos de producción precapitalistas, a medida que el capitalismo se imponía, iría acompañada de la homogeneización cultural en torno a la cultura más avanzada, la europea.
Con semejante horizonte mental, no es de extrañar que Occidente considerara su cultura como la culminación de una larga historia evolutiva. La idea de civilización (que no accidentalmente está ligada a civis, ciudad, por oposición al campo, al que aún en América Domingo Faustino Sarmiento consideraba el reino de la barbarie) alude a esta cultura superior, que constituye la cumbre natural del desarrollo humano.
No es de sorprender, pues, que todo proyecto colonial (y el colonialismo en la periferia constituye la otra cara del desarrollo capitalista metropolitano) considerara su papel como eminentemente civilizador. Frente a la civilización, portada por los europeos, las culturas de los pueblos conquistados constituían a lo más estadíos incipientes de desarrollo ya superados, cuando no representaban simple y llanamente la no-cultura. Por el propio bien de los nativos, era necesario ganarlos a la verdadera cultura: civilizarlos. Todo proyecto colonial es eminentemente civilizador.
Cultura y resistencia
Pero la cultura es un componente capital de la existencia de los pueblos. Ella permite forjar un "nosotros", que nos constituye en una colectividad organizada. La pérdida de la propia cultura equivale a desaparecer en tanto colectividad diferenciada, y no hay que sorprenderse de que los colonizados opusieran una firme resistencia a su desaparición cultural. Asimilaron los elementos de la cultura conquistadora que podían ser refuncionalizados en función de la preservación de su propia cultura, sin renunciar a aquellos factores especificativos que les permitían mantener el control de su entorno natural y social. Es por eso que las habas, la cebada, las ovejas, llegados con los conquistadores, pasaron a formar parte del patrimonio cultural andino; el toro llegó aún más allá, a incorporarse a su panteón religioso, como una de las encarnaciones del amaru (que originalmente era sólo la serpiente). La vestimenta andina tradicional actual tiene más relación con la ropa de los campesinos españoles, traída a través de los repartos de mercancías impuestos en el período colonial tardío, que con la ropa prehispánica, y el eucaliptus (Eucaliptus globulus) es hoy un elemento insustituible del paisaje andino, a pesar de que llegó de Australia en un momento tan tardío como 1870.
La República heredó el horizonte mental colonial y en la forma como pensaba su rol histórico la elite criolla que asumió el poder, la tarea de construir la nación pasaba por la desaparición de los indios, en unos casos biológica (ya fuera por el exterminio o, dominantemente, por el mestizaje biológico con "razas superiores", cuya atracción debía ser asegurada por sabias políticas de inmigración), o cultural, la desindigenización, que debía impulsarse a través de la educación y la evangelización.
Postmodernidad y diferencia cultural
Es con el reconocimiento de los límites del horizonte mental de la modernidad (ya sea proclamando su cancelación o la necesidad de refundarla) que el horizonte civilizatorio ha entrado en crisis. El reconocimiento del valor de todas las culturas (que era reclamado ya por algunos de los padres fundadores de la Antropología ) se ha impuesto como un nuevo sentido común. ¿Es esto el resultado de una revolución en la filosofía? Más bien creo que tal revolución filosófica ha seguido al fin del capitalismo industrial de masas. Éste requería la homogeneización (masificación) de todos los factores productivos; no sólo mercancías producidas y consumidas masivamente sino productores y consumidores masificados, tanto por la educación masiva como por los medios de comunicación de masas. La emergencia de la Sociedad de la Información ha roto el collar de hierro impuesto por las formas productivas que han entrado en crisis y los nuevos paradigmas tecnoproductivos permiten combinar la producción masiva (por la cantidad) con la total heterogeneidad en la forma de lo producido.
Ser viables en la nueva fase de desarrollo que se ha abierto no exige renunciar a la heterogeneidad cultural. La multiculturalidad, por el contrario, constituye un valioso caudal de innovación y, con una política acertada, que sepa ver a la cultura no como un gasto, sino como una inversión (simplemente con plazos de maduración distintos a los de las inversiones de corto plazo) puede constituirse en un elemento fundamental para una exitosa reinserción de nuestra economía en el nuevo orden mundial. Promover la multiculturalidad no es una política romántica, sino una apuesta realista para los tiempos que vienen.
Nelson Manrique Gálvez. |