Yo formé parte de un ejército
loco, tenía veinte años y el pelo muy
corto.
Pero mi amigo hubo una confusión, porque para
ellos el loco era yo
Sui Generis
El presente artículo desarrolla
la hipótesis según la cual en el Ejército
se logra una sólida cultura militar sobre la
base de un conjunto de individuos que no necesariamente
poseen antecedentes socioculturales comunes, sino
por el contrario provienen de lugares, hogares y culturas
diversas.
La cita que abre este artículo
podría ser sólo el estribillo de una
canción asidua a fogatas y "guitarreadas"
adolescentes y no tan adolescentes. Sin embargo, aquellas
frases sirven aquí de ilustración y
excusa para abrir el tema que se propone en estas
líneas.
El desencuentro entre los códigos
manejados en espacios distintos, como el militar y
el no militar, llega en la cita al límite de
la total incomprensión y de la ruptura extrema
del entendimiento. Todo indica que ni el recluta ni
sus interlocutores militares son capaces de entender
el comportamiento uno del otro, así como tampoco
llegan a entender los valores que orientan y sostienen
las acciones del otro.
Frente a ello, la única manera
de salvar la propia identidad y la estabilidad que
los principios culturales brindan al comportamiento
de los actores, es, por parte de uno, establecer la
"locura" del otro. Sólo asegurando
el sin sentido del comportamiento del otro es que
el comportamiento del uno queda seguro y a salvo de
toda inestabilidad.
Por cultura se puede entender al conjunto
de valores y normas que orientan las acciones de las
personas en el mundo. Frente a la debilidad de los
instintos para orientar el comportamiento humano en
un mundo complejo, las personas construyen códigos
que a su vez permitan un entendimiento del mundo que
brinde parámetros de comportamiento y que sea
además reproducible y modificable.
Este conjunto de valores y normas que
orientan la conducta humana es interiorizado a partir
de los procesos de socialización a los cuales
son sometidas las personas a lo largo de toda su vida.
El proceso de "construcción" de una
persona implica una socialización por la cual
el individuo interioriza las pautas culturales que
orientarán su conducta cotidiana.
Así, en nuestro estribillo los
patrones y normas que orientan el comportamiento de
los actores colisionan entre sí y dejan desvalidos
de parámetros a los individuos. Es por ello
que ambos optan por establecer la locura uno del otro,
deslegitimando y desvirtuando con ello la coherencia
de los principios opuestos, pues esta resulta siendo
la única forma en la que la estabilidad propia
queda a salvo.
En la canción el recluta llega
al cuartel con una serie de patrones culturales que
han ordenado su vida hasta ese momento, patrones que
sin embargo ya no le sirven para su vida militar pues
en ella los parámetros son otros, demasiado
distintos e incomprensibles. Aparece allí el
desencuentro entre dos culturas, desencuentro irreconciliable
porque al terminar la canción el recluta es
incapaz de asumir los criterios y parámetros
que rigen la vida en el cuartel y es finalmente expulsado
del mismo.
El desencuentro entre ambas culturas
nunca se supera, estableciendo ante ello sólo
dos alternativas: (a) la asimilación de la
cultura no militar a la militar, o (b)
la salida del no militar del cuartel. Eso quiere
decir que el recluta o bien asume los criterios militares
o sale del recinto militar. Con ello la reconciliación
entre ambas culturas se vuelve inviable.
La otredad
no militar y la identidad militar
Con la introducción anterior
se ha pretendido graficar como es que entre militares
y no militares se perciben serias diferencias respecto
a los valores y normas que orientan sus comportamientos.
Estas diferencias en códigos y significados
redundan en el establecimiento de grupos que se perciben
distintos entre sí, donde los miembros del
grupo "C" definen como los otros a los miembros
del grupo "M".
Esta hecho hace referencia a un concepto
recurrente entre antropólogos y sociólogos
de la cultura. El concepto de otredad establece
la idea de que existe una serie de características
que nos permiten percibir a personas y grupos como
distintos a uno mismo o a nuestro grupo. En ese sentido,
Instituciones Armadas como el Ejército aparecen
como espacios interesantes para la revisión
del establecimiento de la otredad(3).
Dentro de nuestra sociedad, frente a
los otros no militares, los unos militares han logrado
construir una identidad tan sólida que por
momentos hace pesar que se tratara de individuos que
formaron una cultura común durante todas sus
vidas. Pareciera así que los códigos
que orientan las conductas dentro del Ejército
son compartidos por personas cuya socialización
fue desarrollada siempre en espacios y tiempos comunes.
Sin embargo, como se plantea a continuación,
eso no es correcto.
Heterogeneidad
e identidad en el Ejército
Los miembros de las Fuerzas Armadas
provienen de lugares y culturas completamente distintos,
viven como cualquiera durante 17 o 20 años
y recién se congregan al final de la adolescencia
en un espacio que determinará su vida en adelante.
La diferencia está en el proceso de resocialización(4)
que implica el ingreso a una Institución Armada;
este proceso es tan intenso que logra sobreponer nuevos
principios y parámetros sobre los anteriormente
establecidos. Muchas de esas normas pueden ser comunes
y generales a cualquier persona, pero otras, las más
intensas tal vez, no lo son. Así fue que en
la introducción descubrimos el conflicto del
recluta: el que no se adapta no puede seguir, pero
el que sí lo logra pasa a ser otro, con parámetros,
valores y normas culturales distintos.
El Ejército ofrece tal vez el
mejor ejemplo de cómo una institución
armada logra que individuos provenientes de distintos
espacios culturales a lo largo del país, logren
insertarse y asumir una sólida cultura basada
en principios y valores castrenses. En ese sentido,
dentro de este texto se ofrece un ejemplo de cómo
algunas variables que se podrían entender como
importantes en el proceso de formación de una
cultura, carecen de sentido explicativo al momento
de analizar la valoración común que
un grupo de oficiales del Ejército peruano
tiene de la democracia.
La información que se presenta
es resultado de una encuesta a oficiales de diversos
grados. La muestra es aleatoria mas no probabilística,
por lo que se presenta sólo como una ilustración
y sin ningún tipo de pretensión generalizadora
al total de la población de oficiales del Ejército.
Lo que se intenta es observar cómo personas
que poseen antecedentes culturales distintos son capaces
de manifestarse en una sola tendencia normativa.
Las variables que se utilizan para indagar
en los antecedentes culturales de los encuestados
son el lugar de nacimiento, el colegio donde estudiaron
y la profesión de los padres. La variable que
se trabaja como dependiente de las anteriores es la
cultura política democrática, establecida
a partir de la mayor o menor preferencia de los entrevistados
por la estabilidad o por la democracia, y a partir
de la prioridad que los entrevistados establecen para
los valores de libertad, respeto, participación,
orden y seguridad.
Respecto al origen de los encuestados,
se encuentra que éstos provienen de distintas
partes del país: de la capital y de prácticamente
todos los departamentos del interior. Agrupando las
categorías en sólo dos tipos de origen,
capital y provincia, las proporciones son de 48% y
52% respectivamente.
Sin embargo, el lugar de origen resulta
siendo irrelevante a la hora de tratar de establecer
diferencias en la mayor o menor cultura democrática
a partir de los antecedentes culturales y sociales.
Nótese en los gráficos siguientes cómo
ambos pyes no presentan ninguna diferencia en su composición
a pesar de referirse a orígenes distintos.
El bajo nivel de cultura democrática se da
en la misma proporción, sin diferenciar el
origen que se tenga.
Por otro lado, el análisis de la información
recogida muestra que los estudios escolares de los
encuestados se cursaron en diversos tipo de centros
educativos: colegios nacionales (36%), particulares
(27%), militares (18%), Grandes Unidades Escolares
(12%) y religiosos (8%).
Sin embargo, el análisis de esta variable como
factor explicativo de la cultura democrática
muestra que no existe mayor diferencia en la cultura
democrática a partir del colegio del que se
proviene. En el gráfico siguiente se observa
como no existen diferencias significativas en la mayoritaria
baja cultura democrática a partir del tipo
de colegio del que se provenga.
Con relación a la ocupación de los padres
la situación es similar a los casos anteriores.
En el caso de la ocupación del padre se tiene
que en la muestra existen militares (15%), profesionales
(44%), obreros (1 caso), empleados (16%), comerciantes
(15%) y policías (10%). En el caso de la ocupación
de la madre se tiene un 42% de amas de casa, 35% de
profesionales, 10% de empleadas y 12% de comerciantes.
En este caso, a pesar de los matices
que se observa sobretodo en el caso de las madres,
la capacidad explicativa de la ocupación de
los padres es insignificante(5),
no estableciéndose mayores diferencias en la
cultura democrática de los encuestados a partir
de la ocupación del padre o de la madre.
Como se observa, se han planteado tres factores que
posiblemente sean determinantes para la formación
de los patrones culturales de las personas. Sin embargo,
se ha visto que en ninguno de los casos aparecen diferencias
significativas en la cultura política democrática
a partir de alguna de esas variables. En todos los
gráficos presentados, en las barras horizontales
o los pyes, la proporción del color representante
de la tendencia mayoritaria no varía a lo largo
de las categorías de las variables.
Así, teniendo en cuenta lo señalado
respecto a las variables planteadas, se pude concluir
que, a pesar de que las referencias culturales que
recibieron antes del ingreso al Ejército fueron
diversas, hoy, cuando a un grupo de oficiales se les
pregunta sobre su cultura política democrática,
ellos responden con una tendencia general que no reporta
diferencias o matices importantes a partir de aquellas
distintas fuentes culturales.
Resulta coherente suponer que personas
que se criaron en ciudades distintas, con padres de
profesiones distintas y que asistieron a colegios
de tipo distinto, piensen hoy también de manera
distinta. Ello no sucede en el grupo de oficiales
del Ejército entrevistados. A pesar de tener
referencias culturales distintas, su opinión
respecto al tema concreto de la valoración
de la democracia resulta siendo el mismo. Encontramos
así en los militares una tendencia sólida
y común respecto a su cultura política.
Obviamente este fenómeno no es
exclusividad de las fuerzas armadas. Los partidos
o las iglesias pueden generar culturas comunes sobre
la base de grupos distintos. Sin embargo, en tiempos
en que las identidades se tornan precarias y efímeras,
resulta interesante encontrar culturas tan sólidas
como la militar, sobretodo cuando éstas se
construyen sobre la base de individuos tan heterogéneos
en sus antecedentes sociales, económicos y
culturales.
La solidez
de la Cultura Militar
La solidez cultural militar obedece
a mi entender a dos razones. La primera es un conjunto
de características vinculadas a la formulación
de los parámetros culturales militares, y la
segunda está más bien vinculada a la
reproducción de dichos parámetros culturales.
La formulación
de los valores
En el primer caso, la cultura militar
posee, a mi entender, tres características
que la hacen sumamente sólida: es simple en
relación con los enunciados de sus principios,
es efectivamente normativa, y también es compartida
ampliamente por los miembros de la institución.
La idea es que estas tres características se
complementan entre sí en una secuencia parcialmente
lógica pero no necesariamente consecutiva.
Por simplicidad entiendo la sencillez
y poca ambigüedad de los principios militares;
eso los hace fácilmente comprensibles y con
pocas posibilidades de diversidad en sus interpretaciones.
Definitivamente no estoy calificando el significado
de los valores militares, mas sí el alto nivel
de concreción de sus enunciados: lo que es
es, y lo que no es no es; en esta cultura no hay medias
tintas ni tibiezas.
La segunda característica está
referida al nivel de coerción que ejercen estos
principios. El hecho de que sean fácilmente
comprensibles y nada ambiguos hace que las normas
culturales militares posean un alto grado de efectividad
en su capacidad normativa; son principios que logran
concretamente su función de pautar el comportamiento
de quienes los comparten.
Las dos características anteriores permiten
a su vez que, como en cualquier cultura, todos los
miembros que comparten los valores y normas sean agentes
permanentes de sanción y control, potenciados
ampliamente por la claridad de la línea divisoria
entre lo correcto y lo incorrecto establecido por
la cultura militar(6).
Así, respecto a los principios
culturales militares, su alta capacidad de sanción
se debe a que su simplicidad establece claramente
lo que obedece la norma y lo que no, permitiendo así
que la cultura se reproduzca sólidamente entre
todos los individuos que la comparten, aumentado con
ello la capacidad de sanción y aplicación.
Tal vez sea necesario insistir en que
no se está calificando desde ningún
punto de vista el contenido de los valores militares,
solamente se está analizando su definición.
Además, no se está hablando de normas
y reglas en sentido positivo (leyes, reglamentos),
sino más bien de una cuestión general
de valores y normas culturales.
Entonces, la solidez que muestra la
cultura política militar tiene características
particulares que le brindan estabilidad. Sin embargo,
dicha solidez también se basa en el proceso
de reproducción de dichos códigos culturales,
a través de una re-socialización que
reconstruye al individuo, el cual interioriza el conjunto
de principios, valores y normas que ordenarán
las conductas de él y de su grupo dentro y
fuera del espacio militar.
La reproducción
cultural: resocialización
La identidad dentro de la institución
militar es tan intensa que termina absorbiendo la
integridad de la personalidad de los individuos que
la conforman. A través de una resocialización
los roles sociales del individuo militar son copados
casi íntegramente por su rol de militar. Todo
el proceso de formación del militar es un proceso
de supresión de los antecedentes no militares
que posee(7) y de creación
de una identidad que engloba la integridad del individuo
y sus relaciones. Este proceso redunda en la reproducción
de una cultura militar que implica la aceptación
y apropiación de los códigos militares
que ordenan la vida de los oficiales dentro y fuera
del cuartel.
En su etapa inicial, como cadetes, su
ingreso a la Escuela Militar implica un período
de ruptura con el exterior marcado claramente por
un período de varios meses en el que se les
aísla de todo contacto con sus familiares o
amigos fuera del recinto militar. Los cuatro años
de estudios en la Escuela de Oficiales son cuatro
años de vida común dentro de la Escuela,
es un periodo en el que el cadete es formado en la
ciencia militar pero sobretodo es socializado en un
conjunto de normas y valores que pautarán su
comportamiento a lo largo no sólo de su vida
profesional como oficiales del Ejército sino
también de una vida social y familiar que es
asimilada a la institución a través
de los grupos de pares militares y los espacios de
esparcimiento comunes también pertenecientes
a la Institución.
A lo largo de la vida del militar se
dan una serie de rituales que establecen la pertenencia
a la Institución castrense y definen la otredad
frente a los no militares. La carga simbólica
de los himnos y ceremonias refuerzan la pertenencia
del individuo a la Institución, apelando al
orgullo y estableciendo claramente que existen valores
que sólo ellos poseen. Las presentaciones personales,
como uniformes, cortes de cabello o modales, son símbolos
indudables de la "personalidad" de un oficial
que, a la vez que marcan las distancias frente a lo
no militar, absorben la individualidad, asimilando
la integridad social del individuo a su pertenencia
a la Institución(8).
Los grupos de pares o de amigos son
otra de las maneras como la institución militar
asimila la integridad de la personalidad del oficial.
Las instituciones armadas generan entre sus miembros
afectividades muy sólidas a partir del aislamiento
práctico de otras alternativas no militares
y a partir de la intensidad de las relaciones forjadas
en situaciones extremas.
La posibilidad de conocer otras personas y de entablar
relaciones con las mismas está directamente
asociada a los espacios que frecuenta. Los varios
meses sin contacto con los amigos de colegio o de
barrio que no optaron por la carrera militar es un
evento que cerca al individuo en las relaciones con
sus pares cadetes, en cuyo caso los espacios se reducen
a la Escuela Militar, de la cual sólo salen
los fines de semana durante cuatro años. Las
alternativas frente a tal circunstancia son las de
reforzar fuera de la Escuela los lazos establecidos
dentro de la misma. Las opciones amicales del cadete
se reducen así a sus compañeros en la
Escuela, a quienes comúnmente llaman promociones.
Pero, además, la intensidad y
el rigor de la disciplina, y los aún lamentablemente
presentes excesos y abusos dentro de la Escuela Militar,
fomentan el desarrollo de relaciones afectivas muy
fuertes. Las situaciones extremas a las que se enfrentan
los cadetes y los oficiales durante su preparación
son circunstancias que generan lazos de confianza
y lealtad que afianzan más las relaciones entre
pares(9). Es difícil
no entablar vínculos sólidos con quienes
están al lado cuando se sufre el rigor de las
agotadoras marchas de campaña, o cuando se
pone en peligro la vida en misiones, operaciones o
ejercicios de alto riesgo.
Por otro lado, los roles que asume un
individuo son los lineamientos de comportamiento esperado
en situaciones particulares y diferentes. Sin embargo,
en el caso de los militares se dan características
especiales que hacen que muchos de sus roles sean
poco diferenciados entre sí. Las posibilidades
de frecuentar espacios fuera de la institución
militar son muy pocas para los oficiales. Las Fuerzas
Armadas poseen clubes y casinos en los que el esparcimiento
de sus miembros está asegurado. El ahorro económico
que implica la visita a estos centros y el encuentro
que dichas visitas suponen con los pares militares,
hacen de estos lugares los más idóneos
para la diversión de los oficiales. La exclusividad
de estos espacios para militares ahonda los sentidos
complementarios de otredad frente a lo no militar
y de identidad de la cultura militar con la personalidad
social del oficial. Dichos lugares serán frecuentados
permanentemente por los oficiales, pero también
por sus familias, lo cual implica nuevas confusiones
respecto a los roles y a los espacios, pues inclusive
los roles de padre y esposo se estructurarán
en situaciones estrechamente vinculadas a la institución
militar.
La naturaleza de la profesión
militar exige un constante desplazamiento geográfico
del oficial, y por ende de su familia. El continuo
cambio de lugar de residencia no permite el establecimiento
de lazos fuertes entre el oficial y su familia con
agentes externos no vinculados al Ejército.
Por cuatro años el oficial y su familia viven
en un lugar que abandonarán luego para residir
en espacios talvez extremamente distintos. El desarraigo
que esta dinámica implica inhibe las relaciones
hacia fuera de la institución pero fortalece
aún más las relaciones que ya no sólo
el oficial sino también su familia entabla
hacia adentro dentro del Ejército.
Un evento sumamente intenso en este
proceso permanente de copamiento de la vida social
del militar es la vida en la villa militar. La precariedad
económica y el permanente cambio de residencia
hacen que el Ejército o cualquier otra institución
armada posea grupos de viviendas en las cuales aloja
a los oficiales y a sus familias. Este hecho implica
la casi total asimilación de la vida social
del individuo militar a institución castrense:
ahora es su casa la que queda en urbanizaciones militares
con entradas restringidas para los no militares y
con bazares, policlínicos y hasta colegios
dentro de ellos. El momento de vida en villa podría
ser el punto extremo de la asimilación de la
vida social y familiar a la Institución Armada.
Los hospitales militares se suponen
como espacios necesarios de atención en circunstancias
extremas de gran magnitud de miembros de las fuerzas
armadas heridos. Sin embargo, por el apoyo que significan
para el oficial y su familia, terminan siendo una
manera más de limitar la vida social y los
roles del individuo militar a su rol profesional como
hombre de armas.
La alternativa de contar con el apoyo
de un colegio para hijos de militares es una opción
que pocos oficiales desaprovechan por el ahorro que
significa. Sin embargo, ese hecho es otra manera de
cercar completamente al oficial y a su familia dentro
de un espacio militar que trasciende los cuarteles.
Los colegios terminan por reproducir en muchos aspectos
la cultura militar a través de símbolos
que refuerzan la identidad de la familia militar y
por reducir cada vez más la diversidad de los
roles sociales de los individuos militares a su rol
de militar.
Como se ve, existe una serie de circunstancias
que permiten el copamiento de la vida social del individuo
militar por parte de su rol de oficial. Dicho copamiento
implica la apropiación absoluta de los códigos
y parámetros culturales militares por parte
del individuo y el reemplazo de los valores y normas
no militares anteriores a su ingreso a la Institución.
El individuo de deja de ser lo que fue para pasar
a ser militar.
Resumiendo, la resocialización
a la que son sujetos los militares es un elemento
importante para la solidez de la cultura militar.
Dicha característica, sumada a las características
atribuidas a la formulación de sus normas,
permite encontrar en la cultura militar una gran eficacia
no sólo como parámetro de comportamiento,
sino también como factor creador de identidad.
La cultura militar no sólo ordena la conducta
de sus miembros sino que también los agrupa
en un colectivo que se reconoce como uno sólido
y distinto a otro, uno sólido que comparte
normas y valores, uno sólido que posee símbolos
y significados, y uno sólido que se reproduce
en rituales y discursos.
Conclusión
En un país que está plagado
de diferencias que lo dividen, las Fuerzas Armadas
se convierten en espacios que logran construir identidades
sólidas a pesar de las heterogeneidades. Sin
embargo, resulta curioso que no siempre los valores
que se interioriza tan sólidamente dentro de
las instituciones militares son los que nuestra sociedad
requiere. El autoritarismo y la intolerancia son ejemplo
de principios que son sólidos dentro de las
instituciones armadas pero que resultan poco saludables
para la alicaída cultura política democrática
nacional.
Lamentablemente está bastante
lejos el momento en que no necesitemos ejércitos
en nuestra sociedad, sin embargo, hoy no puede caber
ni la resignación de aceptar militares siempre
marginados de todo valor cívico o humanitario,
ni la resignación ante procesos cíclicos
de golpes militares, represión y violaciones
a derechos humanos. Es necesario entonces preguntarnos
acerca de qué tipo de valores se puede fomentar
en nuestras Fuerzas Armadas y qué tipo de valores
queremos formar entre nuestros oficiales.
Frente a ello y para terminar, se presenta
una pregunta - o contradicción - que este artículo
deja abierta. A lo largo de este texto se ha planteado
que la solidez de la cultura militar se basa en la
rigidez de una resocialización que establece
diferencias claras con lo no militar. Por otro lado,
hacia el final se ha señalado que es necesario
un cambio en el tipo de valores que fomenta dicha
cultura militar. Sin embargo, las características
que permiten la solidez de la cultura militar son
precisamente las que fomentan principios alejados
de los valores cívicos y la democracia. La
verticalidad e inflexibilidad de las normas militares
son las que otorgan regularidad a los comportamientos
a la vez que afianzan la identidad al exacerbar la
separación entre las esferas militares y no
militares.
Entonces, la superación de los
valores no democráticos de la cultura militar
supone una flexibilización de las normas militares
y de los linderos entre lo militar y lo no militar.
Pero el problema está en que estos cambios
podrían generar a su vez una relajación
de la solidez de la cultura militar, que era la característica
que permitía la generación de identidad
sobre la heterogeneidad, y que era una virtud de la
cultura militar frente a la precaria identidad nacional.
La pregunta está planteada y
es con ella que concluye este texto: ¿cómo
fomentar valores democráticos en una cultura
sólida cuya firmeza se basa en valores no democráticos?
¿cómo aprovechar para la democracia
la solidez de una identidad forjada sobre la no democracia?
La respuesta a estas preguntas tiene especial importancia
para las relaciones entre militares y no militares,
pero también la tiene para los procesos políticos
y culturales de nuestra región. Es por ello
que la intención de este trabajo más
que responder esas preguntas fue plantearlas y someterlas
al debate, un debate que en el Perú se ofrece
a tiempo y con relevancia frente a la reforma iniciada
en nuestras Fuerzas Armadas.
Magdalena, septiembre del 2003.