De Botas locas y heterogeneidades: la fusión de distintas culturas en una sola identidad militar (1)(2)

José Miguel Florez

 
[artículo original] [setiembre 2003]

Yo formé parte de un ejército loco, tenía veinte años y el pelo muy corto.
Pero mi amigo hubo una confusión, porque para ellos el loco era yo

Sui Generis

El presente artículo desarrolla la hipótesis según la cual en el Ejército se logra una sólida cultura militar sobre la base de un conjunto de individuos que no necesariamente poseen antecedentes socioculturales comunes, sino por el contrario provienen de lugares, hogares y culturas diversas.

La cita que abre este artículo podría ser sólo el estribillo de una canción asidua a fogatas y "guitarreadas" adolescentes y no tan adolescentes. Sin embargo, aquellas frases sirven aquí de ilustración y excusa para abrir el tema que se propone en estas líneas.

El desencuentro entre los códigos manejados en espacios distintos, como el militar y el no militar, llega en la cita al límite de la total incomprensión y de la ruptura extrema del entendimiento. Todo indica que ni el recluta ni sus interlocutores militares son capaces de entender el comportamiento uno del otro, así como tampoco llegan a entender los valores que orientan y sostienen las acciones del otro.

Frente a ello, la única manera de salvar la propia identidad y la estabilidad que los principios culturales brindan al comportamiento de los actores, es, por parte de uno, establecer la "locura" del otro. Sólo asegurando el sin sentido del comportamiento del otro es que el comportamiento del uno queda seguro y a salvo de toda inestabilidad.

Por cultura se puede entender al conjunto de valores y normas que orientan las acciones de las personas en el mundo. Frente a la debilidad de los instintos para orientar el comportamiento humano en un mundo complejo, las personas construyen códigos que a su vez permitan un entendimiento del mundo que brinde parámetros de comportamiento y que sea además reproducible y modificable.

Este conjunto de valores y normas que orientan la conducta humana es interiorizado a partir de los procesos de socialización a los cuales son sometidas las personas a lo largo de toda su vida. El proceso de "construcción" de una persona implica una socialización por la cual el individuo interioriza las pautas culturales que orientarán su conducta cotidiana.

Así, en nuestro estribillo los patrones y normas que orientan el comportamiento de los actores colisionan entre sí y dejan desvalidos de parámetros a los individuos. Es por ello que ambos optan por establecer la locura uno del otro, deslegitimando y desvirtuando con ello la coherencia de los principios opuestos, pues esta resulta siendo la única forma en la que la estabilidad propia queda a salvo.

En la canción el recluta llega al cuartel con una serie de patrones culturales que han ordenado su vida hasta ese momento, patrones que sin embargo ya no le sirven para su vida militar pues en ella los parámetros son otros, demasiado distintos e incomprensibles. Aparece allí el desencuentro entre dos culturas, desencuentro irreconciliable porque al terminar la canción el recluta es incapaz de asumir los criterios y parámetros que rigen la vida en el cuartel y es finalmente expulsado del mismo.

El desencuentro entre ambas culturas nunca se supera, estableciendo ante ello sólo dos alternativas: (a) la asimilación de la cultura no militar a la militar, o (b) la salida del no militar del cuartel. Eso quiere decir que el recluta o bien asume los criterios militares o sale del recinto militar. Con ello la reconciliación entre ambas culturas se vuelve inviable.

La otredad no militar y la identidad militar

Con la introducción anterior se ha pretendido graficar como es que entre militares y no militares se perciben serias diferencias respecto a los valores y normas que orientan sus comportamientos. Estas diferencias en códigos y significados redundan en el establecimiento de grupos que se perciben distintos entre sí, donde los miembros del grupo "C" definen como los otros a los miembros del grupo "M".

Esta hecho hace referencia a un concepto recurrente entre antropólogos y sociólogos de la cultura. El concepto de otredad establece la idea de que existe una serie de características que nos permiten percibir a personas y grupos como distintos a uno mismo o a nuestro grupo. En ese sentido, Instituciones Armadas como el Ejército aparecen como espacios interesantes para la revisión del establecimiento de la otredad(3).

Dentro de nuestra sociedad, frente a los otros no militares, los unos militares han logrado construir una identidad tan sólida que por momentos hace pesar que se tratara de individuos que formaron una cultura común durante todas sus vidas. Pareciera así que los códigos que orientan las conductas dentro del Ejército son compartidos por personas cuya socialización fue desarrollada siempre en espacios y tiempos comunes. Sin embargo, como se plantea a continuación, eso no es correcto.

Heterogeneidad e identidad en el Ejército

Los miembros de las Fuerzas Armadas provienen de lugares y culturas completamente distintos, viven como cualquiera durante 17 o 20 años y recién se congregan al final de la adolescencia en un espacio que determinará su vida en adelante. La diferencia está en el proceso de resocialización(4) que implica el ingreso a una Institución Armada; este proceso es tan intenso que logra sobreponer nuevos principios y parámetros sobre los anteriormente establecidos. Muchas de esas normas pueden ser comunes y generales a cualquier persona, pero otras, las más intensas tal vez, no lo son. Así fue que en la introducción descubrimos el conflicto del recluta: el que no se adapta no puede seguir, pero el que sí lo logra pasa a ser otro, con parámetros, valores y normas culturales distintos.

El Ejército ofrece tal vez el mejor ejemplo de cómo una institución armada logra que individuos provenientes de distintos espacios culturales a lo largo del país, logren insertarse y asumir una sólida cultura basada en principios y valores castrenses. En ese sentido, dentro de este texto se ofrece un ejemplo de cómo algunas variables que se podrían entender como importantes en el proceso de formación de una cultura, carecen de sentido explicativo al momento de analizar la valoración común que un grupo de oficiales del Ejército peruano tiene de la democracia.

La información que se presenta es resultado de una encuesta a oficiales de diversos grados. La muestra es aleatoria mas no probabilística, por lo que se presenta sólo como una ilustración y sin ningún tipo de pretensión generalizadora al total de la población de oficiales del Ejército. Lo que se intenta es observar cómo personas que poseen antecedentes culturales distintos son capaces de manifestarse en una sola tendencia normativa.

Las variables que se utilizan para indagar en los antecedentes culturales de los encuestados son el lugar de nacimiento, el colegio donde estudiaron y la profesión de los padres. La variable que se trabaja como dependiente de las anteriores es la cultura política democrática, establecida a partir de la mayor o menor preferencia de los entrevistados por la estabilidad o por la democracia, y a partir de la prioridad que los entrevistados establecen para los valores de libertad, respeto, participación, orden y seguridad.

Respecto al origen de los encuestados, se encuentra que éstos provienen de distintas partes del país: de la capital y de prácticamente todos los departamentos del interior. Agrupando las categorías en sólo dos tipos de origen, capital y provincia, las proporciones son de 48% y 52% respectivamente.

Sin embargo, el lugar de origen resulta siendo irrelevante a la hora de tratar de establecer diferencias en la mayor o menor cultura democrática a partir de los antecedentes culturales y sociales. Nótese en los gráficos siguientes cómo ambos pyes no presentan ninguna diferencia en su composición a pesar de referirse a orígenes distintos. El bajo nivel de cultura democrática se da en la misma proporción, sin diferenciar el origen que se tenga.

Por otro lado, el análisis de la información recogida muestra que los estudios escolares de los encuestados se cursaron en diversos tipo de centros educativos: colegios nacionales (36%), particulares (27%), militares (18%), Grandes Unidades Escolares (12%) y religiosos (8%).
Sin embargo, el análisis de esta variable como factor explicativo de la cultura democrática muestra que no existe mayor diferencia en la cultura democrática a partir del colegio del que se proviene. En el gráfico siguiente se observa como no existen diferencias significativas en la mayoritaria baja cultura democrática a partir del tipo de colegio del que se provenga.

Con relación a la ocupación de los padres la situación es similar a los casos anteriores. En el caso de la ocupación del padre se tiene que en la muestra existen militares (15%), profesionales (44%), obreros (1 caso), empleados (16%), comerciantes (15%) y policías (10%). En el caso de la ocupación de la madre se tiene un 42% de amas de casa, 35% de profesionales, 10% de empleadas y 12% de comerciantes.

En este caso, a pesar de los matices que se observa sobretodo en el caso de las madres, la capacidad explicativa de la ocupación de los padres es insignificante(5), no estableciéndose mayores diferencias en la cultura democrática de los encuestados a partir de la ocupación del padre o de la madre.

Como se observa, se han planteado tres factores que posiblemente sean determinantes para la formación de los patrones culturales de las personas. Sin embargo, se ha visto que en ninguno de los casos aparecen diferencias significativas en la cultura política democrática a partir de alguna de esas variables. En todos los gráficos presentados, en las barras horizontales o los pyes, la proporción del color representante de la tendencia mayoritaria no varía a lo largo de las categorías de las variables.

Así, teniendo en cuenta lo señalado respecto a las variables planteadas, se pude concluir que, a pesar de que las referencias culturales que recibieron antes del ingreso al Ejército fueron diversas, hoy, cuando a un grupo de oficiales se les pregunta sobre su cultura política democrática, ellos responden con una tendencia general que no reporta diferencias o matices importantes a partir de aquellas distintas fuentes culturales.

Resulta coherente suponer que personas que se criaron en ciudades distintas, con padres de profesiones distintas y que asistieron a colegios de tipo distinto, piensen hoy también de manera distinta. Ello no sucede en el grupo de oficiales del Ejército entrevistados. A pesar de tener referencias culturales distintas, su opinión respecto al tema concreto de la valoración de la democracia resulta siendo el mismo. Encontramos así en los militares una tendencia sólida y común respecto a su cultura política.

Obviamente este fenómeno no es exclusividad de las fuerzas armadas. Los partidos o las iglesias pueden generar culturas comunes sobre la base de grupos distintos. Sin embargo, en tiempos en que las identidades se tornan precarias y efímeras, resulta interesante encontrar culturas tan sólidas como la militar, sobretodo cuando éstas se construyen sobre la base de individuos tan heterogéneos en sus antecedentes sociales, económicos y culturales.

La solidez de la Cultura Militar

La solidez cultural militar obedece a mi entender a dos razones. La primera es un conjunto de características vinculadas a la formulación de los parámetros culturales militares, y la segunda está más bien vinculada a la reproducción de dichos parámetros culturales.

La formulación de los valores

En el primer caso, la cultura militar posee, a mi entender, tres características que la hacen sumamente sólida: es simple en relación con los enunciados de sus principios, es efectivamente normativa, y también es compartida ampliamente por los miembros de la institución. La idea es que estas tres características se complementan entre sí en una secuencia parcialmente lógica pero no necesariamente consecutiva.

Por simplicidad entiendo la sencillez y poca ambigüedad de los principios militares; eso los hace fácilmente comprensibles y con pocas posibilidades de diversidad en sus interpretaciones. Definitivamente no estoy calificando el significado de los valores militares, mas sí el alto nivel de concreción de sus enunciados: lo que es es, y lo que no es no es; en esta cultura no hay medias tintas ni tibiezas.

La segunda característica está referida al nivel de coerción que ejercen estos principios. El hecho de que sean fácilmente comprensibles y nada ambiguos hace que las normas culturales militares posean un alto grado de efectividad en su capacidad normativa; son principios que logran concretamente su función de pautar el comportamiento de quienes los comparten.
Las dos características anteriores permiten a su vez que, como en cualquier cultura, todos los miembros que comparten los valores y normas sean agentes permanentes de sanción y control, potenciados ampliamente por la claridad de la línea divisoria entre lo correcto y lo incorrecto establecido por la cultura militar(6).

Así, respecto a los principios culturales militares, su alta capacidad de sanción se debe a que su simplicidad establece claramente lo que obedece la norma y lo que no, permitiendo así que la cultura se reproduzca sólidamente entre todos los individuos que la comparten, aumentado con ello la capacidad de sanción y aplicación.

Tal vez sea necesario insistir en que no se está calificando desde ningún punto de vista el contenido de los valores militares, solamente se está analizando su definición. Además, no se está hablando de normas y reglas en sentido positivo (leyes, reglamentos), sino más bien de una cuestión general de valores y normas culturales.

Entonces, la solidez que muestra la cultura política militar tiene características particulares que le brindan estabilidad. Sin embargo, dicha solidez también se basa en el proceso de reproducción de dichos códigos culturales, a través de una re-socialización que reconstruye al individuo, el cual interioriza el conjunto de principios, valores y normas que ordenarán las conductas de él y de su grupo dentro y fuera del espacio militar.

La reproducción cultural: resocialización

La identidad dentro de la institución militar es tan intensa que termina absorbiendo la integridad de la personalidad de los individuos que la conforman. A través de una resocialización los roles sociales del individuo militar son copados casi íntegramente por su rol de militar. Todo el proceso de formación del militar es un proceso de supresión de los antecedentes no militares que posee(7) y de creación de una identidad que engloba la integridad del individuo y sus relaciones. Este proceso redunda en la reproducción de una cultura militar que implica la aceptación y apropiación de los códigos militares que ordenan la vida de los oficiales dentro y fuera del cuartel.

En su etapa inicial, como cadetes, su ingreso a la Escuela Militar implica un período de ruptura con el exterior marcado claramente por un período de varios meses en el que se les aísla de todo contacto con sus familiares o amigos fuera del recinto militar. Los cuatro años de estudios en la Escuela de Oficiales son cuatro años de vida común dentro de la Escuela, es un periodo en el que el cadete es formado en la ciencia militar pero sobretodo es socializado en un conjunto de normas y valores que pautarán su comportamiento a lo largo no sólo de su vida profesional como oficiales del Ejército sino también de una vida social y familiar que es asimilada a la institución a través de los grupos de pares militares y los espacios de esparcimiento comunes también pertenecientes a la Institución.

A lo largo de la vida del militar se dan una serie de rituales que establecen la pertenencia a la Institución castrense y definen la otredad frente a los no militares. La carga simbólica de los himnos y ceremonias refuerzan la pertenencia del individuo a la Institución, apelando al orgullo y estableciendo claramente que existen valores que sólo ellos poseen. Las presentaciones personales, como uniformes, cortes de cabello o modales, son símbolos indudables de la "personalidad" de un oficial que, a la vez que marcan las distancias frente a lo no militar, absorben la individualidad, asimilando la integridad social del individuo a su pertenencia a la Institución(8).

Los grupos de pares o de amigos son otra de las maneras como la institución militar asimila la integridad de la personalidad del oficial. Las instituciones armadas generan entre sus miembros afectividades muy sólidas a partir del aislamiento práctico de otras alternativas no militares y a partir de la intensidad de las relaciones forjadas en situaciones extremas.
La posibilidad de conocer otras personas y de entablar relaciones con las mismas está directamente asociada a los espacios que frecuenta. Los varios meses sin contacto con los amigos de colegio o de barrio que no optaron por la carrera militar es un evento que cerca al individuo en las relaciones con sus pares cadetes, en cuyo caso los espacios se reducen a la Escuela Militar, de la cual sólo salen los fines de semana durante cuatro años. Las alternativas frente a tal circunstancia son las de reforzar fuera de la Escuela los lazos establecidos dentro de la misma. Las opciones amicales del cadete se reducen así a sus compañeros en la Escuela, a quienes comúnmente llaman promociones.

Pero, además, la intensidad y el rigor de la disciplina, y los aún lamentablemente presentes excesos y abusos dentro de la Escuela Militar, fomentan el desarrollo de relaciones afectivas muy fuertes. Las situaciones extremas a las que se enfrentan los cadetes y los oficiales durante su preparación son circunstancias que generan lazos de confianza y lealtad que afianzan más las relaciones entre pares(9). Es difícil no entablar vínculos sólidos con quienes están al lado cuando se sufre el rigor de las agotadoras marchas de campaña, o cuando se pone en peligro la vida en misiones, operaciones o ejercicios de alto riesgo.

Por otro lado, los roles que asume un individuo son los lineamientos de comportamiento esperado en situaciones particulares y diferentes. Sin embargo, en el caso de los militares se dan características especiales que hacen que muchos de sus roles sean poco diferenciados entre sí. Las posibilidades de frecuentar espacios fuera de la institución militar son muy pocas para los oficiales. Las Fuerzas Armadas poseen clubes y casinos en los que el esparcimiento de sus miembros está asegurado. El ahorro económico que implica la visita a estos centros y el encuentro que dichas visitas suponen con los pares militares, hacen de estos lugares los más idóneos para la diversión de los oficiales. La exclusividad de estos espacios para militares ahonda los sentidos complementarios de otredad frente a lo no militar y de identidad de la cultura militar con la personalidad social del oficial. Dichos lugares serán frecuentados permanentemente por los oficiales, pero también por sus familias, lo cual implica nuevas confusiones respecto a los roles y a los espacios, pues inclusive los roles de padre y esposo se estructurarán en situaciones estrechamente vinculadas a la institución militar.

La naturaleza de la profesión militar exige un constante desplazamiento geográfico del oficial, y por ende de su familia. El continuo cambio de lugar de residencia no permite el establecimiento de lazos fuertes entre el oficial y su familia con agentes externos no vinculados al Ejército. Por cuatro años el oficial y su familia viven en un lugar que abandonarán luego para residir en espacios talvez extremamente distintos. El desarraigo que esta dinámica implica inhibe las relaciones hacia fuera de la institución pero fortalece aún más las relaciones que ya no sólo el oficial sino también su familia entabla hacia adentro dentro del Ejército.

Un evento sumamente intenso en este proceso permanente de copamiento de la vida social del militar es la vida en la villa militar. La precariedad económica y el permanente cambio de residencia hacen que el Ejército o cualquier otra institución armada posea grupos de viviendas en las cuales aloja a los oficiales y a sus familias. Este hecho implica la casi total asimilación de la vida social del individuo militar a institución castrense: ahora es su casa la que queda en urbanizaciones militares con entradas restringidas para los no militares y con bazares, policlínicos y hasta colegios dentro de ellos. El momento de vida en villa podría ser el punto extremo de la asimilación de la vida social y familiar a la Institución Armada.

Los hospitales militares se suponen como espacios necesarios de atención en circunstancias extremas de gran magnitud de miembros de las fuerzas armadas heridos. Sin embargo, por el apoyo que significan para el oficial y su familia, terminan siendo una manera más de limitar la vida social y los roles del individuo militar a su rol profesional como hombre de armas.

La alternativa de contar con el apoyo de un colegio para hijos de militares es una opción que pocos oficiales desaprovechan por el ahorro que significa. Sin embargo, ese hecho es otra manera de cercar completamente al oficial y a su familia dentro de un espacio militar que trasciende los cuarteles. Los colegios terminan por reproducir en muchos aspectos la cultura militar a través de símbolos que refuerzan la identidad de la familia militar y por reducir cada vez más la diversidad de los roles sociales de los individuos militares a su rol de militar.

Como se ve, existe una serie de circunstancias que permiten el copamiento de la vida social del individuo militar por parte de su rol de oficial. Dicho copamiento implica la apropiación absoluta de los códigos y parámetros culturales militares por parte del individuo y el reemplazo de los valores y normas no militares anteriores a su ingreso a la Institución. El individuo de deja de ser lo que fue para pasar a ser militar.

Resumiendo, la resocialización a la que son sujetos los militares es un elemento importante para la solidez de la cultura militar. Dicha característica, sumada a las características atribuidas a la formulación de sus normas, permite encontrar en la cultura militar una gran eficacia no sólo como parámetro de comportamiento, sino también como factor creador de identidad. La cultura militar no sólo ordena la conducta de sus miembros sino que también los agrupa en un colectivo que se reconoce como uno sólido y distinto a otro, uno sólido que comparte normas y valores, uno sólido que posee símbolos y significados, y uno sólido que se reproduce en rituales y discursos.

Conclusión

En un país que está plagado de diferencias que lo dividen, las Fuerzas Armadas se convierten en espacios que logran construir identidades sólidas a pesar de las heterogeneidades. Sin embargo, resulta curioso que no siempre los valores que se interioriza tan sólidamente dentro de las instituciones militares son los que nuestra sociedad requiere. El autoritarismo y la intolerancia son ejemplo de principios que son sólidos dentro de las instituciones armadas pero que resultan poco saludables para la alicaída cultura política democrática nacional.

Lamentablemente está bastante lejos el momento en que no necesitemos ejércitos en nuestra sociedad, sin embargo, hoy no puede caber ni la resignación de aceptar militares siempre marginados de todo valor cívico o humanitario, ni la resignación ante procesos cíclicos de golpes militares, represión y violaciones a derechos humanos. Es necesario entonces preguntarnos acerca de qué tipo de valores se puede fomentar en nuestras Fuerzas Armadas y qué tipo de valores queremos formar entre nuestros oficiales.

Frente a ello y para terminar, se presenta una pregunta - o contradicción - que este artículo deja abierta. A lo largo de este texto se ha planteado que la solidez de la cultura militar se basa en la rigidez de una resocialización que establece diferencias claras con lo no militar. Por otro lado, hacia el final se ha señalado que es necesario un cambio en el tipo de valores que fomenta dicha cultura militar. Sin embargo, las características que permiten la solidez de la cultura militar son precisamente las que fomentan principios alejados de los valores cívicos y la democracia. La verticalidad e inflexibilidad de las normas militares son las que otorgan regularidad a los comportamientos a la vez que afianzan la identidad al exacerbar la separación entre las esferas militares y no militares.

Entonces, la superación de los valores no democráticos de la cultura militar supone una flexibilización de las normas militares y de los linderos entre lo militar y lo no militar. Pero el problema está en que estos cambios podrían generar a su vez una relajación de la solidez de la cultura militar, que era la característica que permitía la generación de identidad sobre la heterogeneidad, y que era una virtud de la cultura militar frente a la precaria identidad nacional.

La pregunta está planteada y es con ella que concluye este texto: ¿cómo fomentar valores democráticos en una cultura sólida cuya firmeza se basa en valores no democráticos? ¿cómo aprovechar para la democracia la solidez de una identidad forjada sobre la no democracia?
La respuesta a estas preguntas tiene especial importancia para las relaciones entre militares y no militares, pero también la tiene para los procesos políticos y culturales de nuestra región. Es por ello que la intención de este trabajo más que responder esas preguntas fue plantearlas y someterlas al debate, un debate que en el Perú se ofrece a tiempo y con relevancia frente a la reforma iniciada en nuestras Fuerzas Armadas.

Magdalena, septiembre del 2003.

Notas

  1. Título de una canción de Charly García grabada con Nito Mestre y Sui Generis.
  2. Este trabajo se desarrolla en el marco de mi tesis de licenciatura en Sociología en la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
  3. Cultura, representación y otredad. Reflexiones sobre el colectivo militar peruano de Lourdes Hurtado, publicado el 2002 por el Instituto de Defensa Legal ofrece una interesante aproximación al tema de la creación de identidad dentro del Ejército Peruano a partir de la diferenciación con los "otros".
  4. Irving Goffman ofrece análisis pertinentes respecto a los procesos de resocialización dentro de las que él denomina "Instituciones Totales". Internados es una muestra de este enfoque que es relevante revisar.
  5. La asociación estadística entre las variables ocupacionales y la cultura democrática es nula, y la hipótesis que establece diferencias en la cultura democrática a partir de la ocupación del padre o de la madre es rechazada estadísticamente.
  6. Frente al proceso de corrupción que se ha observado dentro de las Instituciones Armadas Peruanas y las manifestaciones de diversos sectores respecto a la necesidad de ciertos cambios éticos en dichas instituciones, es interesante observar como para algunos oficiales esas reformas no son necesarias pues los reglamentos militares claramente establecen lo correcto y lo incorrecto de manera coincidente con cualquier código o norma no militar. Entonces, si los principios militares ya lo establecen, la lista de oficiales corruptos que no respetaron la línea entre lo correcto y lo incorrecto podría contradecir lo señalado aquí acerca de la verticalidad y eficacia de los principios militares. Sin embargo, el carácter excepcional con el que es percibida esta anomia por varios oficiales y el rechazo que manifiestan respecto a los delitos de peculado cometidos podrían servir para capear esa supuesta contradicción.
  7. HURTADO, Lourdes. Cultura, representación y otredad. Reflexiones sobre el colectivo militar peruano. Lima: Instituto de Defensa Legal, 2002.
  8. Puede resultar curioso, pero no puedo dejar de recordar la ocasión en la cual visitaba un establecimiento militar a medio día y en pleno verano limeño, cuando al salir y optar por la salida más cercana de una explanada que no ofrecía ningún resquicio de frescor, fui forzado a dar media vuelta y retomar el camino más largo y más caliente por no poseer el uniforme verde obligado para circular por esa vía.
  9. Ver las referencias que sobre el tema hace Lourdes Hurtado. Op. Cit.
 
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